Carta I: River 2012

De la serie Cartas a Perla. Textos de desahogo, reflexiones y cariño.

Desde los albores de este año, esperamos con avidez el arribo de junio, como símbolo de llegada hacia el final de nuestra pesadilla. Por superstición, por cábala, por miedo… por tantos motivos, dicha expresión fue la metáfora que omitía el descaro que nos significaba anunciar “el ascenso de River”, con antelación. Para qué anticiparse a los hechos, si todo iba a (tenía que) salir bien. Pero quién nos aseguraba que aquella hipótesis iba a ser la correcta. ¿Los mismos incompetentes, mal denominados periodistas, que presagiaban un futuro jamás tan alejado del que nos tocó vivir? ¿Los mismos que desde lecturas superficiales y anémicos de información exponían “análisis” del equipo, más dignos de señoras de peluquería que de profesionales del deporte? ¿Los mismos que ocuparon horas de su vida, espacios en sus diarios-radio-tv, columnas y columnas en un total desperdicio de tinta para hablar pestes, violentar la ilusión e insultar al amor de los hinchas? Si. Los mismos que rinden pleitesías a Sir Passarella, los que se arrodillan ante Don Dinosaurio Grondona, los que besan su anillo de “todo pasa”. Y eso es lo peor. Todo pasa y nada queda. O los que quedan son los bien denominados “cagatintas”. Pero bien — para nuestro bien — en el epílogo de este libro de 30 hojas, al que algunos llaman simplemente Junio, llegó el tan ansiado momento. Un hito. Uno importante. Uno que marca un final y un comienzo. El cese y el inicio. Un morir, para renacer. Un 23 de Junio, para Resurgir.

Y ahí me pongo a pensar. ¿Por qué escribo esto ahora? No sé. ¿Por qué te escribo esto a vos? Esa si la sé. Porque en realidad tenía ganas de escribirte lo siguiente:

“¡Me debes un festejo en lo de Narda!”.