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De los chilangos para México: ¡mucho ojo con la CDMX!

El Distrito Federal se convirtió en el 32ª estado del país, casi sin que nos diéramos cuenta. Ahora, el jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera, prepara un primer borrador de la Constitución de la Ciudad de México teniendo como sus asesores externos a Sopitas y a Rulo (conductores de radio y estrellas de Twitter). En este espacio discuto lo mucho que estamos dejando sobre la mesa por no discutir más este proceso y seguirle la pista a Mancera.

La creación de CDMX nos importa a todos, no sólo a los capitalinos. Importa porque el DF concentra el 30% de la inversión extranjera que se realiza en este país, y el 21% de todo lo que se produce. Importa, también, porque algunas de sus alcaldías tienen más relevancia económica que varios estados. De acuerdo con el Censo Económico, por ejemplo, Iztapalapa tiene más unidades económicas que el estado de Querétaro (73 mil vs. 69 mil), y si Cuauhtémoc fuera un estado, sería el cuarto con mayor producción económica del país.

Es imperante discutir con mayor fuerza la Constitución que queremos para la CDMX. Por su relevancia económica relativa, atraer la atención al tema de quién y cómo se está diseñando la Constitución del que será el estado más poderoso del país es crítico. Hasta el momento el tema ha permanecido mayormente en la oscuridad mediática, permitiendo enorme discrecionalidad a los que están involucrados en ello.

Lo Constitución de la CDMX, debe ser, es un documento base y amplio, que siente los parámetros para un marco regulatorio más complejo. Es en ese marco regulatorio en el que la CDMX tendrá su gran oportunidad histórica de cambiar la relación que tiene el Estado con sus ciudadanos: en específico, veo cinco áreas de gran oportunidad para que la CDMX siente la agenda legislativa del país:

Primero, debemos exigir mayor transparencia fiscal. La capital es la cuarta entidad con menor transparencia fiscal de acuerdo con el índice presupuestal estatal del Imco. Asuntos básicos como el desglose de plazas públicas, de sus remuneraciones y del pago de sus pensiones son desconocidos. Aún más, a pesar de tener la deuda más grande del país, no se conoce el desglose de sus saldos o los instrumentos de contratación. Segundo, debemos empujar por un sistema fiscal más progresivo. La ciudad recolecta 33% del impuesto predial a nivel nacional.

Mejorar la progresividad de ese impuesto, teniendo cuidado de no generar gentrificación, es fundamental para tener un sistema fiscal más justo a nivel nacional. Aumentar el predial con respecto al valor de mercado del metro cuadrado de propiedad no es suficiente, pues sólo genera “colonias ricas” y “colonias pobres”. Necesitamos un esquema que promueva las “colonias mixtas” porque es probadamente eficaz para evitar el surgimiento del crimen y promover la movilidad económica y a reducción de la desigualdad.

Tercero, es fundamental evitar que la CDMX se vuelva una captura política con mucho gasto corriente. Se ha propuesto que cada una de las 16 alcaldías que la integran tenga un cabildo con al menos diez integrantes. Si bien el cabildo es necesario para evitar la toma de decisiones discrecionales por parte de los alcaldes, es fundamental evitar que se amplíe demasiado la estructura burocrática. No podemos mantener un estado grande, debemos mantener un estado eficiente. Los recursos deben enfocarse en reducir la desigualdad y la pobreza. Lo más importante es evitar, a toda costa, que el grupo redactor del primer borrador convierta a la Constitución de la CDMX en una lista de buenos deseos.

Algunos partidos están planteando que la constitución reconozca que los habitantes de la ciudad tienen todo tipo de derechos, desde la educación, hasta el aire limpio. Tener esos derechos es, sin duda, deseable, pero ponerlos en la Constitución sólo creará una esquizofrenia legal, una situación perversa en la que el documento legal más importante de la Ciudad de México sea violado, sistemáticamente, y ante la vista de todos. Tener una Constitución que promete lo que no puede cumplir no es ser ambicioso, es sembrar la semilla de la impunidad, es permitir la existencia de un sistema legal que se viola a todas luces y todos lo permiten.