Cansado, muy cansado…

Estás cansado, muy, muy cansado. Avientas todo, y junto con ello, te echas a un lado. Te preguntas si vale la pena, y qué es la pena, y qué es lo que vale. ¿Qué estás haciendo? No sabes. No sabes de qué estás cansado, sólo sabes que lo estás. Y te pesan los hombros, y te pesan los párpados, y los ojos se te cierran ante la menor provocación, pero no de sueño; es otra vez ese maldito cansancio.

Duermes un par de horas y es suficiente para estar despierto un día completo, pero no quieres estarlo, porque estás cansado, muy, muy cansado. Todos te miran y te dicen que “le eches ganas”, “¿Cuáles ganas? ¿Y adónde las echo? ¿Y por qué?”, te preguntas sin decir realmente nada. Una leve sonrisa basta para deshacerte de largas charlas para las cuales también ya estás cansado.

Afuera la gente habla, dice cosas; formalismos extraños que ya todos nos sabemos, cosas sociales que todos usamos. Afuera la gente hace ruido, y todo eso se revuelve con el otro ruido que hay en tu cabeza. Las palabras en las libretas de pronto son borrosas, de pronto son incomprensibles, como si no entendieras tu propia letra, como si no entendieras tu propio idioma.

Te da miedo preguntarte las razones y los porqués, porque sabes que entonces sentirás el vacío de siempre, y es mejor entonces ser más como un robot. Es mejor hacer las cosas como se supone, que hacerlas por algún motivo personal, porque ya estás cansado de eso también. Un día quieres ser uno de esos tiburones con traje, al otro quisieras estar explorando montes con tu mochila en hombro. “¿Quién te entiende?”, te vuelves a preguntar mientras comes muy a fuerzas el cereal cada mañana.

Llegas a “hogar, dulce hogar” y te encierras en ti mismo, en tu habitación. Te recuestas con un sol quemante entrando por la ventana, pones esas canciones que al menos te distraen un rato y apagan todo ese bullicio del exterior; descansas un poco después de estar cansado otro tanto. Y piensas entonces, en esos minutos de paz mental, que puede haber algo bueno de entre todo, que los porqués no son tan malos, que no está tan mal cuestionar, que sí tienes ganas y que sí las vas a echar.

Y cierras los ojos, aprietas los párpados lo más fuerte que puedes. Recuerdas esa serie en donde la protagonista podía regresar a su pasado a remediar sus errores, a cambiar su presente y, por ende, su futuro; tratas de hacer lo mismo. Recuerdas entonces muchas cosas; épocas de sol en donde el cansancio sólo venía después de gritar y correr toda la tarde en el colegio. Recuerdas los años en los que no podías esperar a despertar para ver qué hacer del día, en los que comías el cereal de prisa y con la mente en blanco porque ya estabas impaciente por ir con la pandilla.

Recuerdas todo, pero no sabes en dónde empezar a componer las cosas. Ni siquiera sabes en dónde cambiaron los paisajes y la vista. De repente… de repente una imagen borrosa, casi como una foto antigua o una cinta VHS dañada, te dice que ahí es donde debes empezar. Y tu corazón se acelera, tu respiración también. Tratas de controlar a tus emociones, por temor a perder el momento. Sientes un vacío, pero de emoción, de saber que tal vez hay un chance, que tal vez puedes regresar.

Ves la escena casi real, todo muy vívido. Aprietas más los párpados contra tus ojos. Todo se empieza a recrear poco a poco, casi puedes oler las cosas, el ambiente. Escuchas un bullicio a lo lejos, como gente hablando, como melodías que suenan. “¿Qué es, qué es?”, piensas, “¿En dónde me equivoqué?”. La escena se aclara más… y eres tú, acostado, con los ojos cerrados, tratando de regresar al pasado.

Es esto. Eres tú. Es ahora… Y bien, ¿qué vas a cambiar?