Argentina nunca termina de colapsar. Las sucesivas crisis (81, 89, 2001–2002…) han tenido profundos impactos socioeconómicos y la tríada anteriormente mencionada nos dio una certeza de la que recién ahora estamos cayendo: no somos un país primermundista, lógicamente, pero tampoco somos un país 'en desarrollo’. Somos un país pobre, completamente tercermundista e incapaz de generar riqueza. Un tercio de la población es pobre y otro tercio es vulnerable y susceptible según los contextos a entrar y salir en lo que abstractamente denominamos pobreza.
Soy un convencido de que estamos a la puerta de una gran crisis. La deuda, la altísima carga impositiva, el rumbo macroeconómico, la inflación incorregible y sostenida desde hace once años, el estancamiento y otros factores conducen indefectiblemente a ella. ¿De que tamaño será? No lo sé. Tal vez lo suficiente para una muy sufrida restauración.
Espero que la nueva Argentina que emerja de los escombros sea ya no de aspiraciones europeas sino a lo vendedores africanos: sin pagar impuestos, comerciando lo que tienen a la mano, abriéndose al juego capitalista clásico del regateo y precios que se pactan en función de la necesidad, del volumen de la venta o de lo que sea.
Pero eso no es estrictamente africano. Así es en Perú por ejemplo, casualmente uno de los países de la región que más viene creciendo y que más ha fortificado su moneda.
El modelo del Estado forzando contribuciones a todas las actividades ha tenido como consecuencia el fin de la actividad y la iniciativa privada. Cuando colapsemos y debamos buscar un nuevo modelo de desarrollo vayamos a lo que funciona: que los sujetos sean libres de hacer las actividades que deseen en contextos de libertad absoluta. Permitamos vender en la calle, UBER, comercio vía web. No rompamos las pelotas y dejemos a la gente ganarse el sustrato. Qué reinviertan en lo que les plazca.
Para fracasar con las mismas recetas ya hemos tenido tiempo de sobra. Pero somos reincidentes. Veremos hasta cuándo.
