El burro por delante: selfies y consumo cultural en los museos

¿Quiénes somos? ¿En dónde somos lo que somos? La importancia de ambas preguntas, radica en la afirmación del sociólogo francés Zygmunt Bauman: “Hoy en día, nuestras vidas están repartidas entre dos mundos, el online y el offline”. Según él, como miembros de las redes sociales, existimos para compartir alegrías, pasatiempos y otros intereses: el mundo online llega simplemente a ser una prolongación del YO.

Este sería el único modo posible de comprender el lugar que las selfies ocupan en nuestras formas actuales de acercarnos al arte y la cultura en los museos. Sí, la selfie, ese ojo que me pertenece, a través del que me miran los otros y que me permite solidificar mi megalomanía sobre el terreno de lo que erijo como interesante y que me distingue de los demás. En el museo y con la selfie, “soy el protagonista de mis propias películas, me fotografío incesantemente, basta un clic y una máquina me confirma mi sensación de dominio”, como lo asegura Jonathan Franzen[1].

Es el show del yo –como lo llama la escritora Paula Sibilia– porque aunque la obra de arte está conmigo en la foto, su papel se reduce a un mero instrumento que refuerza mi relato sobre mí mismo, que atestigua quién soy yo. Soy yo quien se exhibe. Soy yo el protagonista. Por lo tanto, la obra de arte, ese artificio otrora objeto de culto, siempre aparecerá detrás de mí, en último lugar, relegada al fondo. No importa si se trata de la Mona Lisa, de El David o de Las Meninas, soy yo el centro del relato, y por lo tanto, puedo hacer en él lo que quiera: mofarme, posar de irreverente, aparecer como experto, decir que estuve allí.

De esta forma, resulta interesante advertir cómo la selfie reasigna el lugar de la obra de arte no sólo en términos de composición y narrativa fotográfica, sino en términos de consumo: ya no es ella el bien cultural en sí misma, el producto depositario de capital cultural a razón de su valor simbólico y estético, que merecía ser contemplado, admirado, puesto en el centro. No. En la sociedad de consumidores descrita por Bauman, el bien de consumo soy yo, y también el encargado de vender ese bien: soy su agente de marketing. Por lo tanto, para el sociólogo francés, en esta sociedad “consumir no significa tanto los deleites del paladar como invertir en la propia afiliación social (…): obtener cualidades para las que ya hay una demanda de mercado o reciclar las cualidades que se poseen en productos para los que se puede crear una demanda”.

En consecuencia, estas narrativas sobre mí, construidas y relatadas desde las selfies, se adecúan a la necesidad de posicionarnos como interesantes ante los demás, son esfuerzos con los que buscamos asegurarnos la atención de los otros, pertenecer a redes de afinidades compartidas en las que puedo llegar a tener un lugar y hasta una considerable influencia.

Como podrá notarse, se trata de una compleja revolución cultural, basada no sólo en la amplia difusión de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, sino también en su hábil capacidad para combinar nuestra mencionada necesidad de vendernos (en tanto bienes de consumo), con nuestra necesidad de socializar y sentirnos acompañados (en tanto personas). En este sentido, podemos definir el espacio online como la plataforma que me permite mostrarme, ser megusteado, compartido, viral; y a la selfie como el despliegue de una estrategia que me permitirá gozar de “incidentes dispersos de proximidad offline en la masiva diversidad online”, como lo diría Bauman.

Perpleja ante este “torbellino de novedades”, Paula Sibilia afirma que “no es fácil comprender hacia dónde apunta esta extraña coyuntura que, mediante una incitación permanente a la creatividad personal, la excentricidad y la búsqueda de diferencias, no cesa de producir copias descartables de lo mismo”. Por ahora, lo que sabemos es que las prácticas que nos posibilitan habitar ambos espacios al tiempo, vivir offline y online a la vez, han reconfigurado nuestras formas de consumir arte y cultura en los museos.

Los museos, aquellos escenarios pensados desde la sacralidad del conocimiento y la investigación en los que no se podía ni siquiera hablar, hoy reciben a millones de personas ávidas por fotografiarlo todo y por auto–fotografiarse junto a todo, motivadas casi que exclusivamente, por el deseo de llenar sus muros virtuales con las fotos–trofeos en las que se exhiben triunfantes, como aquellos cazadores que exhibían en las paredes de su casa, las cabezas de los animales a los que previamente habían dado muerte con un certero disparo.

Fernando Travesí sostiene que “los museos llevan observando con preocupación el fenómeno desde hace tiempo y preguntándose cuál es la mejor manera de promocionar y difundir el arte que encierran y, a la vez, controlar a las multitudes desenfrenadas que recorren sus pasillos con afán de posesión fotográfica y mentalidad de consumidor”. Algunos de ellos han optado por prohibir los palos extensibles que facilitan la realización de selfies, mientras muchos usuarios aprovechan programas orientados al fortalecimiento del consumo museográfico como ocasiones imperdibles para la cacería.

[1] FRANZEN, Jonatha (2012), Discurso de graduación en Kenyon College. En BARRIOS, Francisco (2013), “La más decisiva de las batallas: el amor en tiempos de Internet”. Revista Arcadia [on line]. 12 de septiembre de 2013 [citado 26–09–2016]. Disponible en: http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial/articulo/la-mas-decisiva-batallas-el-amor-tiempos-internet-zygmunt-bauman/33198.