Pollo en mayonesa

Voy a tomarme un mes.

Voy a tomarme todo agosto para muchas cosas, pero sobre todo, para una: aprender a hacer la comida que me alimentó cuando era niña.

Me explico.

Mi abuela Mercedes, madre de mi padre, vendía comida para sostenerse. Pero no se imaginen nada fancy. No era un restaurante; ni siquiera una cocinita económica. Hacía comida en enormes ollas de aluminio en la cocina de su casa y los vecinos iban a comprarle. Mi tía Carmen, la quinta de los siete hermanos, hizo lo mismo. Con lo que ganó mandó a la escuela a mis tres primas Sol, Flor y Alhelí. Desde la secundaria hasta la universidad. Apenas alcanzaba.

Mi abuela y mi tía ganaron algo de fama en las colonias cercanas y estoy llena de recuerdos de los mediodías en que desfilaba gente con sus tuppers mientras mi tía servía con cucharotas de metal que eran –estoy segura– del año del caldo. (Caldo… nunca mejor dicho).

Mi abuela cocinaba pollo en salsa árabe (una preparación rojiza y cremosa hecha, si no recuerdo mal, de cacahuate); sopa de elote (no crema, señores, sopa de elote blanco y no de ese maíz amarillo que ahora nos venden en la lata); entomatadas rellenas de queso con un ligero gusto a ajo y cebolla sofritos que te hacían salivar y comerte otra y otra y otra; chiles rellenos con un capeado tan parejito, dorado e infladito, que estaban para foto de un menú… pero lo que más me gustaba era el pollo en mayonesa.

No me pregunten exactamente qué llevaba ni cómo se preparaba. Sólo recuerdo que sabía un poco a limón, un poco a pimienta, que se cocinaba al horno con papas que quedaban a punto de deshacerse y que la mayonesa, que hacía ella misma, quedaba como una crema acidita que, mezclada con las papas, era más que memorable.

En fin… eso voy a hacer. A eso (y a otras cosas) voy a casa. Desde hace años he querido hacerlo. Mi abuela murió diez días después de que yo cumplí 15 años. El 20 de febrero de 1996 la enterramos y nunca me preocupé por quién iba a preservar sus recetas. Quién las iba a atesorar. Quién las iba a cocinar de nuevo, quién las iba a aprender, así como todas mis primas, menos yo, aprendieron a tejer con ella.

Hice confianza, supongo. Mi tía Carmen conoce los secretos de la cocina de mi abuela Mercedes y creo que por eso nunca me preocupé… pero mi padre se hace mayor, mi tía Carmen se hace mayor, mi tía Julia, que vivió siempre con mi abuela, se hace mayor… y en el orden natural de las cosas (que no hay “orden natural de las cosas”) ellos se irán primero. Y eso de decir “mi abuela hacía…”, “mi madre cocinaba…”, “mi tía Chuchita preparaba…” son puros cuentos. La comida se lleva a la mesa, se degusta, se comparte y alimenta las almas. Lo demás es humo.

Empiezo en agosto. Ya les iré contando.

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