Escribir no es vomitar palabras

Muchos escritores, entre los que egoístamente me voy a incluir por hoy, empezamos a escribir para desahogar nuestros sentimientos inconfesables en el papel. Inventamos historias, ya sea porque estamos tristes o alegres, de las que emanan emociones que de otro modo no se pueden explicar.

Esto crea la falsa idea en algunos casos de que escribir es “vomitar” un puñado de palabras que más o menos representan la procesión que llevamos por dentro. Cuando utilizo esta expresión entecomillada me refiero a unir vocablos sin ton ni son, sin respetar lo más mínimo una norma gramatical o sin intentar de modo expreso romper dichas normas en pos de la originalidad.

La tarea de escribir es como una noble artesanía. Todos los escritores somos aprendices de mayor o menor grado, pues incluso a Oscar Wilde, al que considero un genio tanto en contenido como en estilo, se le pueden encontrar fallos. Nunca dejamos de mejorar y de aprender. Por eso si cualquiera os dice que no tenéis ni una pizca de talento porque su vara de medir es su propia perfección, tomadlo a pitorreo.

Para que lo veáis algo más claro, un libro es como un animal preservado por un taxidermista. Tiene una estructura artificial que le hace de base, de algún tipo de resina o alambre, y la piel estirada por encima. Un texto tiene su estructura discursiva y su capa externa, lo que vemos, que aúna la historia y el estilo. Si el alambre que compone al animal está deformado, da igual lo hermosa que sea la piel, que queda deslucida por el fondo. También puede resultar al revés, que tenga una estructura inmejorable y una piel reseca, incompleta y desgastada que quede lejos de hacerle justicia al animal. Sucede igual con un relato. Si la parte discursiva cojea, está mal hilada, con ortografía y gramática desastrosas e inintencionadas, ya puede la historia ser material de best-seller que será ilegible. Del mismo modo, puedes ser un redactor de primera pero con ideas carentes de estilo y de sentido, con frases perfectamente estructuradas y que invitan a la facilidad lectora pero sin esencia.

Así pues, no se trata de escribir y punto. Es un trabajo como dirían, aunque ahora lo llamen políticamente incorrecto, “de chinos”. Requiere mucho esfuerzo y atención además de inspiración y talento, siendo este último únicamente la base sobre la que construir un universo imaginario, o no, de nuevas experiencias.

La solución a este malentendido es pues alentar a los nuevos narradores y poetas que se inician en los andares de esta noble labor, a trabajar en todas sus facetas, sin descuidar ninguna. La práctica hace al maestro y, en este oficio, el maestro es el que nunca cesa de intentar mejorar.

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