Último Domingo.

El sol caía en el horizonte y no pudo más que pensar en tomar su mano. La tarde entonces pareció aún más romántica. El suave ruido del oleaje, los graznidos de las gaviotas que revoloteaban entre las palmeras, las familias que recogían las pequeñas tiendas ceremoniosamente.

La mano de ella lo encontró a medio camino. Buscaban palabras para reconfortarse pero no las encontraban. El mar les arrebataba suspiros muy quedos que se perdían en el viento. La miró de los pies a la cabeza y sonrió.

Una vez más estuvo a punto de decir te quiero, pero no tenía caso, no valía la pena ahondar el dolor, hacer más complicado el final. Ella en cambio comenzó a hablar:

— Este es el último día ¿cierto?

— Sí… debo regresar con mi familia

— Yo también — Y apretó su mano.

La acercó a él y la besó. Fue un beso largo y dulce, como un llanto ahogado.

Se habían conocido hacía apenas unos días en el lobby del hotel. Él era abogado asignado a los asuntos de una pequeña empresa que necesitaba tramitar permisos en la capital. Ella era una asesora de una cadena que debía zanjar los últimos asuntos respecto a una sucursal fallida. Para infortunio de ambos, aquellas eran sus últimas visitas al puerto. Todo estaba finiquitado.

Coincidieron una noche mientras solicitaban las llaves de sus habitaciones. Compartieron elevador e intercambiaron algunas impresiones del pueblo. Rieron un poco. Afuera, el mar impregnaba todo de un aroma salino y antojaba algún refrigerio al amparo de algún ventilador de techo. Decidieron relajarse e ir a la pequeña pizzería sobre el muelle. Rieron más.

Como sucede siempre que no se debe, bebieron mucho. Ella brindó por el fracaso y él por el éxito de los asuntos burocráticos. Ambos estaban felices de visitar por última vez el hotel y el pueblo. Era aburrido hasta el colmo. De regreso al hotel tuvieron que ayudarse para no caer entre las intermitentes banquetas.

Se despidieron en el segundo piso donde ella se hospedaba. ‘Buenas noches’ y él sintió un pequeño vuelco en el corazón. Ella se acercó ligeramente a él, como insinuando un beso. Él cerró los ojos. Pero el beso, se esfumó en el aire. ‘Buenas noches’, después el chirrido de la puerta.

Ya en su habitación, el abogado observó que su vida se parecía mucho a la vida en aquel pueblo. Era gris. Ella pensó lo mismo mientras escribía un mensaje para disculparse por no haber llamado a sus hijos.

Engañándose al creerse buenos amigos repitieron la hazaña, esta vez en el café, luego en la heladería. Una semana da perfecto para redescubrir los lugares comunes de un escenario tan reducido. Hablaban del trabajo, del jefe estúpido y rechoncho de ella, de la jefa vociferante de él, de sus vidas monótonas y de sus hijos. Ambos se supieron absolutamente casados después de un incómodo silencio. Él rozaba su mano con ella en cada oportunidad y ella se mordía los labios. La anonimidad es mala consejera.

No fue el alcohol sino el helado lo que los envió a la misma cama. Y no supieron muy bien por qué luego estuvieron hablando de sus vidas sin ningún remordimiento, sin hablar mal de sus amantes. Supongo, pensó él, que estoy un poco enamorado. Pero a los cuarenta pesa más la hipoteca que el deseo, se dijo.

Los encuentros sucedieron vertiginosamente desde entonces. Como adolescentes, los cuarentones se amaban sin recelos. Gozaban, reían mucho más. Eran felices. Parecía que el puerto les sonreía y el mar los sorprendió el sábado, desnudos en la cama. La geografía de un cuerpo ajeno y novedoso siempre es interesante con un poco de sal.

Los autobuses partían el lunes a las cinco de la mañana y este domingo se moría lenta pero irremediablemente. El corazón se les moría con él. Que absurdo que estos dos adolescentes tuvieran que abandonarse para siempre y tan pronto. Estúpidos ambos que no podían reconocer los límites de una aventura y entregarse al deseo, sin entregarse al amor.

—¿Crees que se pueda amar a más de una persona? — dijo él

— ¿A qué te refieres?

— A que te quiero

Y ella lo besó de nuevo mientras sus lágrimas rodaban reflejando el dramático cielo nocturno.