Brevísima historia de mi tierra.

Primero como en todo, fue la sustancia vital y salina. Fue el tiempo de la guerra acuosa contra una tierra que se extendía lenta y torpe para sumergirse en someras profundidades.

Después, en el tiempo remoto fue el polvo. Un polvo primigenio que bajaba de las montañas. Eones pasaron, eras enteras la moldearon y extendieron. Una eterna y profunda llanura que moriría en el mar.

Entonces llegó el verde y las raíces, los bichos y los animales. La vida como ahora la llamamos corrió entre las verdes llanuras, las incipientes sabanas estériles y las selvas profundas e inexpugnables.

La muerte llegó desde el oriente. Siempre hubo de estar allí, pero esta vez corrió con locura terrible y sometió a la vida por un tiempo.

El hombre moldeó a la tierra a su imagen y semejanza. Llegó la era de la sal, el río y el cacao. La tierra prometida donde nada podía no crecer y donde nada podía fenecer. La bendita maldición del trópico.

Y llegó el oro negro, resultado de la vida arrebatada tan súbitamente a miles de animales de otras épocas lejanas e incomprensibles. Albor innecesario de la necromancia.

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