Navegantes a 20 mil millones de km

-¡40 años del lanzamiento de las Voyager! ¡Extra, Extra! ¡Los artefactos humanos que más lejos han llegado en el universo! ¡Extra! — grita con fuerza el muchacho de suéter gris y rojo algo deshilachado de la cintura.

Compro el periódico como hacía antes y camino hacia una banca, debajo de una sombra. Leo con curiosidad y observo la imagen impresa que muestra un disco dorado con círculos, rayas continuas y discontinuas y puntos que no comprendo. Leo con atención el pie de foto. Me maravillo y mi alrededor se vuelve negro. En la distancia veo una de las navecitas, que se aleja a toda velocidad. Volteo a mi izquierda, a mi derecha, arriba y abajo y veo uno montón de puntitos blancos que se enciman unos con otros delante de un telón muy oscuro.

Hay un destello dorado en un extremo de la nave, debe ser el disco que incluye saludos en muchos idiomas, lenguas y dialectos. Pienso en un saludo en español, en inglés, en alemán, chino, vietnamita, francés… “bonjour a tous!”, “hello from the children of planet Earth” “amigos del espacio, ¿cómo están? ¿ya comieron?” y escucho lenguas que no conozco pero que quizás sea el bengalí, el armenio, el latín, griego o persa; palabras y frases de buena voluntad que en algún lugar ignoto saludarán a otros seres. Y reflexiono en lo mucho que necesitamos aplicar esas fases de buena voluntad en nuestro propio planeta, en nuestro propio país, en nuestra ciudad.

Imagino entonces que un ser de otro planeta, a cientos o miles años luz, en una hermosa noche, a la luz de tres lunas logra descifrar y reproducir el disco. Observa primero con asombro la imagen de control de un circulo que tal como el grabado en oro le indica, es la primera imagen contenida. Pienso en la curiosidad que siente, en los muchos seres que quizás le acompañan y toman notas, hacen observaciones y murmuran; quien sabe si con sonidos o un murmuro eléctrico de ondas cerebrales. Los veo viendo números arábigos terrestres, fórmulas matemáticas sencillas, y luego la hélice del ADN junto a notaciones químicas. Luego, una silueta humana, un hombre y una mujer, al final un óvulo fertilizado por un espermatozoide. ¡Hey extraterrestres así es la vida acá! Luego animales de todos los continentes, delfines, peces, águilas, cocodrilos e insectos. Otros diagramas y entonces, fotografías de humanos, humanos estudiando, humanos comiendo, bebiendo agua, atorados en el tráfico automovilístico citadino; después el lanzamiento de cohetes, un microscopio, un telescopio y una partitura musical. Ojalá todos los humanos, estudiaran, comieran, bebieran y no sufrieran en el tráfico.

Me acerco mas a la nave y toco con mis manos el relieve donde se dan las indicaciones para tocar el disco de oro, hoy sería un antiguo disco de acetato, un LP o long play. Y veo a esos seres atónitos reproducir el LP. Con la primera nota, uno de los mas curiosos salta de asombro al escuchar el concierto de Brandenburgo de Bach. Su piel cambia de color al interesarse más y más en la música. Escucha percusiones africanas de Senegal, cantos de iniciación de Zaire y canciones de aborígenes australianos. Yo pienso en el son veracruzano de El Cascabel, en las flautas y quenas peruanas, en Beethoven o Stravinsky. ¿y si ellos no pudieran escuchar? ¿si no tuvieran un sentido del oído? ¿Cómo sabrían el sonido grabado de un volcán, de la lluvia o el viento, de los grillos, del ferrocarril o del beso de una madre a su hijo?

  • ¡Goool! ¡Golazo Gonzalo! — gritos infantiles cambian el negro telón del fondo por uno verdoso, encima del que flotan velozmente puntos azules, rojos y amarillos que rápidamente pasan de la difuminación a la nitidez. Son niños mexicanos que corren con energía tras de una pelota. Salgo de mi trance matinal y me levanto de la banca, al tiempo que unas hojas caen de las copas de los arboles arrebatadas de sus ramas por un ligero aire otoñal. Sonrío.

En 1977, la NASA envió dos naves llamadas Voyager 1 y 2, a recorrer el universo; ambas llevan “un disco de cobre enchapado en oro de 30 centímetros” (Tec Review, 2016) que contiene imágenes, sonidos y diagramas a manera de mensaje intergaláctico con la esperanza de que alguna civilización lo encuentre. El comité encargado del contenido del disco fue el astrónomo Carl Sagan. Cuando este texto se terminó de escribir, la Voyager 1 estaba a 20,470,929,884 kilometros, mientras que la Voyager 2 a 16,816,523,077 kilómetros, ambas distancias contadas desde la Tierra (JPL, 2016). El viaje de nuestro personaje hacia la nave le hubiera tomado 37 horas con 56 minutos, ida y vuelta viajando a la velocidad de la luz.

Fuente:

- Tec Review (2016). Música para extraterrestres: el Voyager golden record. Ten Review sección innovación. Recuperado de: http://tecreview.itesm.mx/musica-para-extraterrestres-el-voyager-golden-record/?hootPostID=165b46c66394d216809263af38f4b6e2

- JPL (2016). Voyager, the interstellar mission. NASA. Recuperado de: http://voyager.jpl.nasa.gov/index.html

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