La hora naranja.

Foto propia.

Catalina y Leandro saben que cuando el sol se pone, se buscan.

Con ganas de platicarse por horas, o lo que dure el alquiler del recinto de amor pasajero. Lo seleccionan dependiendo de lo temprano o lo tarde que puedan llegar a sus casas.

Las palabras se disipan entre humo de cigarro y el encuentro de dedos y cabello, sobre lo que los acongoja, sobre lo que desean, sobre el día y también si encontraron un lugar nuevo donde sirven el café en jarritos de barro. No es necesario acurrucarse, ni siquiera escuchar sus suspiros a media noche; posterior a la entrega de energías toman su ropa del suelo, ella busca sus aretes, el se abrocha la camisa, y con un beso cerca de los labios (pero nunca en el centro de ellos), se despiden. Y así pasan las semanas y a veces el mes entero, siguen sus direcciones, norte y sur.

Pero esta vez fue diferente, Catalina le llevó a Leandro el libro del que siempre le habla y del que saca las frases que a él le producen cierto encanto (su favorito), para que lo lea de una vez por todas y «puedan hablar de él, pronto».

Leandro ahora no solo está comprometido con devolvérselo, si no también con conocer otra arista de Catalina, a pesar de ya haberle conocido hasta los lunares que ni ella misma se conoce.

Catalina sabe que Leandro es confiable, que le devolverá su libro, pero sobre todo que lo leerá. Que implícitamente le ha entregado algo más que 4 horas de su piel.

Saben que están comprometidos a verse mas pronto que antes, que probablemente no haya que esperar a otro ciclo incierto.

Con el mismo beso en ritual se despiden; Y que aun sin estarlo saben que a esa hora del sol, se pertenecen.