Las Nubes

Siempre que iba a un aeropuerto me atrapaba, aunque solo por minutos, una imagen en la que veía nubecitas-cuenta-historias sobre la cabeza de todas las personas que llegaban o se iban. Así, las nubes contaban cuentos de hijos que se reencontraban con sus padres, de hombres de negocios a punto de abordar el avión que los llevaría a otra aburrida conferencia, de empresarios en expansión con cara de nueva sucursal, de parejas enamoradas que saltaban el charco por primera vez, de amantes furtivos que disimulaban muy mal su travesura, de mochileros con una servilleta de adrenalina por mapa…

Ya no. Ahora esas historias me asaltan en mi trabajo cada vez que debo traducir la hoja de vida de los que se van. Ahora las nubes que se me dibujan casi siempre son gris lluvia: unas, harto conocidas por cualquiera que lea la prensa y se entere de cuántos ya no están porque otros los fueron con violencia; otras, aplastadas en la prisa de la huida, the leap in the dark, la fuite. Atrás quedó el plan trazado con ilusión. Para muchos, ya no se trata de búsqueda sino de escape. Ahora la cosa es apremio, plazo, apostilla, parto, angustia, lo que sea y pa’donde sea, con tal de. Gente rota, fotos incompletas, viejitos tristes y condenados a la enfermedad en soledad, historias inconclusas, familias marcadas por la ausencia, amores de la vida vueltos imposible, horarios que no cuadran, azar y lotería. Mucha la gente que estudiará lo que no le gusta porque “es una carrera prioritaria”, según otros con prioridades trastocadas, y mucha más la que trabajará en lo que tampoco, “por la locha, pa’la leche, pa’la familia”.

También están aquellas que se me antojan de gente que abrirá nuevos libros llenos de cosas bonitas, que impregnará la mezcla de razas del venezolano en otros vientres, dando forma a otras mezclas. Están, porque lo confiesan, las de aquellos que se van por un rato porque no “se ven” viviendo para siempre en otro país y porque no hay divisa que, para ellos, convierta la esporádica experiencia de “caminar por la calle a las tres de la mañana sin que te pase nada” a un minuto con los suyos. Están las de quienes nunca pertenecieron realmente a esta tierra y se hallarán, por fin, en el lugar correcto. Están las de quienes romperán esquemas, quemarán puentes y darán valor a otras cosas de la vida, en modo “awareness”, “aquí y ahora”, o a ritmo de salto cuántico o de expansión de conciencia.

Y, aunque usted no lo crea, están las de los que se regresan porque no aguantaron tanto invierno en la piel y en el corazón, de los que calcularon mal, de los que prefieren la habituación a la tristeza, y las de esos — los más insólitos — que se devuelven a apostar por este estupor de país y su cotidianidad bipolar.

[Hay otras que no traduzco. Esas de los que no tienen con qué ni pa’dónde; de los hijos únicos que no pueden abandonar a sus viejos, aunque no les guste el país en el que les toca vivir; de los que nunca han pensado abandonar este barco porque claudicar es la última opción en sus listas y están creando ese país real que no vemos porque nos lo impide el peso de la bota que nos nubla la mirada. A esos, los acompaño en el sentimiento.]

En fin… Sepan todos que los traduzco con esmero y con afecto porque, de alguna manera, son como hojas de mi árbol, y que, al terminar mi trabajo, estampo mi firma y sello con el deseo de que en sus nubecitas-cuenta-historias se lea un final feliz, en cualquier idioma, aquí o donde sea.

(Escrito el día 30 de septiembre de 2014 en Caracas, Venezuela)

Yazmine Livinalli