Remedios y el gran homenaje a su nombre

El día que Remedios pasó corriendo en la lluvia afuera de mi casa no se llamaba Remedios ni todavía era mía.

Alvaro y yo pasamos esa tarde discutiendo una y otra vez por los mismos temas que discutimos siempre, enfrascados en una de esas conversaciones que parecen no tener fin en las que a veces alguno levanta la voz y en el aire se queda un dejo de tristeza e incertidumbre.

Así que cuando llegó la hora de irnos a donde teníamos que ir y salimos de la casa sin ganas y medio nublados, combinando con el cielo, no esperábamos que en ese momento nada importante pasara, para bien ni para mal.

En esas estábamos cuando llegó Remedios corriendo a la puerta. Traía un suéter gris viejito, que más bien es un suéter humano cortado para ser de perro, y ambos, sin decirnos nada, fuimos tras ella.

Remedios corrió, corrió muchísimo y rápido, en la lluvia y sin parar. Alvaro y yo no nos decíamos nada pero nos entendíamos, como nos entendemos en el silencio, cuando nos cansamos de pelear o cuando las cosas entran en una calma que se siente tensa.

Al fin, como muy seguido pasa, Álvaro uso su cabeza, porque ya saben que yo siempre uso el corazón, y le cortó el paso, se puso en cuclillas y le llamó a Remedios. Ella, sigilosamente se acercó, y él con su paciencia y calma por fin la pudo sostener.

Yo fui corriendo a tomar una correa apra agarrarla y la llevamos a la casa, le quité el suéter mojado y le puse uno seco y la dejamos en casa sola.

Ese trayecto no peleamos más. Aunque las cosas no estaban del todo bien, ya tampoco estaban mal. La conversación cambió y ahora el tema era de dónde habría llegado ella y a dónde iría.

Casi sin querer, Remedios se convirtió en el remedio de una tarde tormentosa, y vino con los días a volverse un sol y risas en esta casa donde ahora, de nueva vez, somos cuatro.