Relatos domésticos

Hace un tiempo ya escribí un relato acerca de cómo las narraciones pueden ser la liberación o las cadenas, pero si hay algo a lo que le he dado muchas vueltas últimamente es ¿cómo hablar de lo personal, lo íntimo, de los sentimientos? ¿Cómo construir un relato útil y valioso, creíble, sobre la esfera doméstica y personal a la que muchos de nosotros nos vemos aún relegados? Los sentimientos siempre están bajo sospecha; son el campo de las fabricaciones, el campo de las manipulaciones, ese falso opuesto a la razón (¡todavía!) que nos convierte en animales, son el yugo que nos domina y del que muchos opinan que debemos liberarnos para ascender en la escalera evolutiva. ¿Cuántas veces habré oído aquello de que no hay nada más manipulable que los sentimientos? Quienes esto arguyen se olvidan de que la razón, si es que se puede separar del cuerpo y de las emociones como quien amputa limpiamente un miembro, también es manipulable. Que se tergiversan argumentos, hechos y razonamientos a diario. La emoción es lo más puro y menos falso que hay. Eso no significa que sea siempre la mejor consejera, pero acusarla de falsa es tan erróneo como decir que el cuerpo es falso. Hay cosas que simplemente son y a las que no se aplican las categorías de mentira o verdad.

Lo que ocurre es que estas cosas, lo personal, lo público, lo emocional, lo instintivo, lo individual, lo múltiple, lo racional, lo irracional, se mezclan siempre y es casi imposible separarlos, diseccionarlos, aislarlos. La escritura — digo por temor a llamarlo literatura — siempre es una mezcla de fabricación y verdad hasta el punto de que ni el escritor es capaz de distinguirlas. Las obsesiones se convierten en relato y el relato sustituye a los hechos, pero nunca por completo: si se es hábil en el arte de la arqueología se pueden encontrar restos aquí y allá de unas cosas y otras. Lo personal, lo emocional, son sin duda monedas de cambio. Hace tiempo que no veo la televisión, pero antes estaban de moda estos programas en los que se utilizaban los sentimientos como reclamo: primeros planos de gente llorando, discusiones airadas en horario de máxima audiencia, lacrimógenos discursos acompañados de una música que viene a decirte que igual, igual la lágrima no es suficiente para convencerte, que necesitas un empujoncito. Porque, en el fondo, eso no son sentimientos sino la simulación de los sentimientos. No hay nada de auténtico en ellos y sin embargo son muchos los que toman ese sucedáneo de emoción como argumento de que emoción equivale a manipulación. Así que, con todo eso en mente, me preguntaba: ¿qué puedo hacer yo si quiero contar mi historia y quiero recalcar que esa historia no es simplemente «personal» sino que está ineludiblemente tejida con otras historias globales, apuntalada con estructuras, discursos y creencias de lo que llamamos sociedad, cultura, educación? ¿Qué puedo hacer si sé que solo tengo estas palabras y sé que son insuficientes? ¿Cómo romper el muro de sospecha? ¿Cómo convencerme yo de que lo íntimo y personal tiene valor aunque no sea una «gran narrativa», de que lo doméstico es causa de vergüenza y oprobio? Porque cuando una mujer cuenta cosas es porque está dominada por sus sentimientos, como es propio de las mujeres. Supongo que es lo que les ocurre, grosso modo, a las minorías: personal quiere decir en estos casos «no hegemónico» y en muchos casos se usa como insulto, como sinónimo de delirio.

Así que os voy a contar una historia, y en esta historia que se vale de palabras habrá fabricación, necesaria, habrá una intención que la guía, pero no mentiras.

Me educaron para ser la niña buena. No sé si porque, como los pertenecientes a un culto, vieron en mí las cualidades necesarias para ser La Elegida o me las implantaron desde niña porque, bueno, era niña. Imagino que, como vengo diciendo, no hay una respuesta limpia para eso y la verdad sea una mezcla enmarañada de fragmentos. Si bien no tengo problema en hablar de mis intimidades domésticas, no puedo utilizar las de los demás con la misma libertad, así que me disculparéis si no entro en detalles escabroso a la Knausgard. Digamos que mi familia fue azotada por la desgracia de tal manera que es imposible no pensar en la imagen mítica de la peste. De repente nace alguien en ese pesebre que puede traer algo de luz, que puede redimir los pecados, empezar una nueva era. Si leéis algo de narcisismo en esas líneas lo habréis leído bien. ¿Cómo no vas a ser narcisista si te transmiten desde pequeño que eres el salvador, que puedes convertir el agua en vino y hacer que florezcan los desiertos? Pero tiene un lado negativo: fracasas siempre. Porque la tarea que te han impuesto es irrealizable así que una y otra vez tropiezas, las cosas no cambian pero tú creías que podrías conseguirlo, te habían criado para eso. Y eres importante dentro de ese organismo que se alimenta de ti y del que te alimentas, pero fuera, fuera no eres nadie. Así que, aunque sepa a hiel, vuelves porque al menos allí tu vida tiene sentido, importas de una forma tortuosa y dañina, pero importas. Fuera de allí eres reemplazable, pero dentro no y no estás preparado para asumir la insignificancia. Me criaron para ser una niña buena porque era niña. Nadie más que yo fregó los platos o tocó la plancha, ningún varón pisó la cocina. Pero también es cierto que yo tenía un carácter sensible, cariñoso, empático. Pero si coges un rasgo que se expresa espontáneamente y lo amplificas, lo explotas como casi lo único valioso que tienes entonces se convierte en el cuchillo que te amputa. Todo, lo fortuito, lo estructural, lo mítico, se mezcla en el fango. Yo creí que podía salvar a mi familia pero no fue así. Testigos afirman, en cambio, que seguramente hice de su vida algo mejor. Naturalmente, pagué un precio. Recuerdo ir a la doctora de cabecera y que me dijera: no puedes salvar a tu familia, tienes que salir de allí o tú también acabarás mal. Algo de mí sabía que aquello era real, pero también que no podía abandonarlos por completo. Estamos acostumbrados a las historias de buenos y malos, de madrastras y padrastros, porque tranquiliza nuestras conciencias, justifica nuestros actos y simplifica nuestras vidas. Pero la realidad es que la mayor parte de las veces somos tan víctimas como verdugos. No es que no crea en la maldad, claro que existe, pero creo que es una etiqueta que usamos muchas veces por comodidad y pereza. En mi familia, en realidad, todos éramos víctimas, lo malo es que no todas con el mismo poder. Lo frecuente es que un padre tenga más poder que un hijo porque moldea su vida desde sus primeros gateos. Pero esos padres tuvieron padres y también fueron moldeados.

Con el tiempo mi padre enfermó, después mi madre. No había nadie más y si yo los hubiera dejado habrían sido desgraciados. Sé que muchos opinaban que tendría que haberme alejado. La doctora de cabecera, en cambio, por lo visto cambió de parecer: el sistema no se puede hacer cargo de ellos así que, sí, tienes que ser tú. Me regalaron un cuadernito de esos de ayuda al cuidador y tirando del hilo descubrí en las estadísticas que un tanto por ciento elevadísimo de quienes cuidan de personas dependientes son mujeres, y muchas de ellas autónomas. Qué bonito, lo tenía todo. Aquello empezó a arrojar luz sobre los hechos y a formar un patrón. Ya no era solo una cosa de «mala suerte», que también, y mucha, o de «algo personal y no transferible». Lo que saqué en claro es que a las mujeres se las ha educado y se las sigue educando como cuidadoras. Cuando he conocido otros casos de mujeres cuidadoras suele coincidir que en muchos casos los hombres de la familia o se desentienden o juegan un papel secundario. Incluso cuando llegó el momento de buscar a alguien que cuidara de mi madre yo misma jamás habría pensado en un hombre, solo la idea me parecía turbia, casi incestuosa. Lo mejor es que cuando se lo contaba a mi psicóloga ella era de la opinión de que, claro, sí, las mujeres tenemos ese algo especial que nos hace mejores para cuidar del prójimo porque la biología manda. ¿Si la biología manda cómo es posible que mi endometrio esté conspirando contra mí para que sea madre pero yo no tengo ninguna gana? En ese momento me habría arrancado el endometrio y los ovarios y se los habría tirado a la cara, pero probablemente no habría sido bueno para la terapia, así que me limité a estar en cordial desacuerdo y pasar a lo que me había llevado allí, que eran los ataques de ansiedad, la cuasidepresión y el aislamiento social.

No era una cosa puntual, era algo que se había ido acumulando con los años y que había estallado con la muerte de uno y la enfermedad de otro. Pero, creedme, mucho antes eso había habido también intentos de suicidio, llamadas a la policía, ambulancias, denuncias de vecinos. No especifico a quién pertenece qué por el respeto a la intimidad de los otros, pero sin estas pinceladas no sé si conseguiré que el relato se asome mínimamente al horror. Hubo un tiempo en el que si llegaba a casa del colegio y veía marcharse una ambulancia pensaba que había pasado algo, que había estallado la violencia. ¿Cómo hablar de esto? ¿Cómo hablar de lo doméstico para que no se relegue a la sección de sucesos, cuando no hallas un discurso compartido, cuando todo se siente casi como una traición? La soledad es que tu relato no coincida con el relato de los demás y que sea señalado como anecdótico. Cuando ves que tu vida no avanza como la de la mayoría, que no haces las típicas cosas de jóvenes, cuando ves que los demás salen y se divierten o tienen tiempo libre que dedicarse o dedicarle a lo que es apetece, pero tú no puedes hacer nada de eso la sensación de aislamiento y soledad crece hasta hacerse insoportable. En esos momentos siempre he procurado pensar que allí fuera había otros relatos, incluso más crudos que el mío, y entonces la soledad era menor. Y no olvidar, para no perder perspectiva, que en otras cosas seguramente seas un privilegiado.

Ser autónomo y cuidador es una mezcla explosiva. Todo el mundo insiste en la suerte que tienes de poder organizarte para cuidar de los tuyos, ir al hospital, hacer los papeles, lo que toque ese día. En realidad eso quiere decir que tienes el doble de carga y casi nadie con quién compartirla. Mi pareja ha estado siempre dispuesta, pero tenía un trabajo normal y no se podía permitir pedir el día tan alegremente, y, bueno, claro, todo el mundo espera que lo hagas tú, es tu deber. Como mujer y como hija. Pero lo que en realidad significa que no sales de casa más que para hacer papeles, cambiar pañales o arreglar trifulcas. Significa que, como trabajas en casa, no hablas con nadie, que la concentración se resiente, el trabajo se resiente y tienes miedo de volverte loco y además quedarte sin empleo. Cuando sacas un poco de tiempo estás tan cansado que apenas puedes salir, con lo que los consejos de «encontrar tiempo para airearte» te suenan robóticos, cuando no desconsiderados; la intención es buena, pero es irrealizable si no tienes en quién delegar. Como no tienes tiempo para quedar la gente termina alejándose y cuando todo eso termina y se calma significa que apenas existes en el esquema de las cosas y que sois extraños unos para otros. Y no hablemos del trabajo. Cuando todo se calma resulta que tienes tanto trabajo que vuelves a no tener tiempo para cuidar de tu salud mental y luchar contra el aislamiento de pasar horas en casa, que es tu prioridad, y que recupera todo lo que habías perdido es casi imposible, y te sientes atado de pies y manos. El concepto del tiempo libre ya no existe, es solo tiempo robado. Es un tiempo que tomas prestado de tus horas de trabajo, de tus obligaciones, y que tendrás que devolver con intereses después. Esa es la autonomía del autónomo, que es un esclavo más y con menos libertades y cadenas más insidiosas. Algunos dirán que es solo cosa de «mala suerte», pero yo digo que hay algo más y es que como sociedad estamos enfermos.

El lema de las feministas siempre ha sido que lo personal es lo político. Es una forma de decir que estos relatos personales están entretejidos con otros relatos dominantes que son los que conforman la cultura, la historia, la sociedad, que unos se alimentan de otros y que son imposibles de separar. Por eso, cuando se trata de desprestigiar el relato personal se alude al relato hegemónico como explicación cuasidivina de por qué lo tuyo, en realidad, es una tara, un fallo del sistema, o lo que es otra forma de decir que no cuentas, que estás fuera, que no importas. Si no existieran las narrativas personales, divergentes, seríamos incapaces de ver que existe esa cosa llamada relato hegemónico. Pero al mismo tiempo yo sé bien que en este relato muchas de las cosas a las que aludo son excepcionales, no son generalizables, pero eso no quita que crea que hay un caldo de cultivo que permite que experiencias como esta crezcan y se reproduzcan. Que hay muchas niñas buenas, que hay muchas puertas cerradas tras las cuales la violencia está a punto de estallar, que la mala suerte existe pero que unos tienen una red (de personas, de recursos) al caer y otros caen sobre el cemento sin que nadie los oiga. He comprobado a lo largo de los años que la teoría del mundo justo destruye familias, las aísla, porque si te pasa lo que te pasa es que en el fondo te lo has buscado y si estás solo es porque eres malo, algo has hecho (o peor: no has hecho), tienes la culpa. No sé cómo se puede contribuir con el relato de lo doméstico a acallar esas ideas, a darles la vuelta y a señalar la terrorífica obviedad de que las cosas que te ocurren no son una retribución, justa o injusta, a tus actos en la vida. El relato, además, tiene intenciones y alguna de ellas ni las vislumbro. Los relatos nunca son «puros», pero creo que la complejidad es lo que los hace fuertes, los que les da la potencia necesaria para llegar al otro. Los catedráticos sesudos del mundo se reúnen para preguntarse para qué sirve la literatura y la respuesta es siempre la censura de todo aquello que a ellos no les parece bien. Y no me pongáis a hablar de ese desprecio a los estudios poscoloniales y culturales y demás con un «¡pero eso no es teoría de la literatura, ¡es sociología!». No hay nada que guste más al verdadero pensador débil que aparcar las cosas que le resultan incómodas y meter lo que sobra en cómodas cajitas etiquetadas y llamarlo «teoría».

Hemos pasado de buscarnos a nosotros mismos a construirnos. Si serán importantes los relatos que nos contamos a nosotros mismos que incluso una de las cosas que haces en terapia es construir un discurso distinto sobre ti; un discurso, podríamos llamarlo así, empoderador. Los conceptos de verdad o mentira son casi irrelevantes, lo importante es si me sirve ese discurso para enfrentarme a la vida. Mi psicóloga me decía que pocas personas habían pasado por su despacho que fueran tan válidas, tan inteligentes, pero yo jamás me hablo en esos términos. ¿Quién tiene la verdad sobre mí? ¿Y acaso importa esa verdad? Si construyendo un discurso diferente, empoderador, que me haga verme como alguien capaz de afrontar el trabajo y a los demás. Si será, pues, importante el discurso. Puede empoderarnos o convertirnos en víctimas. Hace poco leí la trilogía autoficticia de Coetzee y quedé muy sorprendida, sobre todo por lo bien que retrata cómo se puede llegar a ser víctima de un discurso hegemónico: el discurso hegemónico del propio sexo y del sexo opuesto, el discurso hegemónico del imperio. El hechizo se rompe, con un batacazo en el suelo, al ser consciente de que su experiencia no coincide con el discurso y una de las formas de combatirlo es creando otro discurso nuevo. Quizá el problema ahora sea uno por exceso más que por defecto. Vivimos un momento en el que las narraciones y casi especialmente, las narraciones de uno mismo, lo inundan todo. Tenemos redes sociales para ello y las usamos a diario con fines lúdicos, profesionales, políticos, terapéuticos, y no siempre usamos todo eso por separado. ¿Cómo hacer entonces en este mundo superpoblado que los relatos cuenten (pun intended?), pero que entre su complejidad se mezclen con otros y tejan uno más amplio? Para que los que nos hemos visto solos y sin esperanza podamos construir ese tejido social que no nos haga caer en la desesperanza. Es un primer paso, no el movimiento completo, pero es un paso necesario.