Monumentos

Hola, Gabriel.

Hoy llegué derrotado de la calle y abrí la puerta de mi cuarto, listo para tirarme al abismo que escondo en el armario. Pero no sucedió. Crucé el umbral y descubrí que todo seguía igual a como lo habíamos dejado y no me atreví a moverlo. Tus calzones, esos grises que te quedan pegaditos, descansaban en mi cama. Me pareció una señal. ¿Una señal de qué? Eso no puedo decirlo, pero no me atreví a moverlos, como tampoco me atreví a mover la toalla con la que te habías bañado.

¿Qué va a pasar? Va a pasar que mi cuarto ya se va a quedar así. Nunca voy a mover tus cosas. Nunca voy a mover tus cosas porque no quiero que tu recuerdo se me desvanezca ni que tu olor se me esfume. Quiero que la evidencia de nuestra guerra perdure como un museo
y que mi habitación se quede estática como una fotografía. Quiero que en el futuro las personas se pregunten por qué esa habitación parece como detenida en el tiempo. Ojalá piensen que tus calzones y esa toalla se tratan de algo importante o sagrado, porque estarán en lo correcto. Ojalá den recorridos arqueológicos por la zona y le cuenten a los turistas:

A su izquierda verán una caja de condones, ropa varia tirada en el piso y allá un plato vacío con las migajas de un sandwich. Todo lo que me queda de ti será monumento.

Y las abuelas del futuro le contarán a sus nietos: Se cree que de la batalla entre dos colosos flacos surgió el mundo. Cuenta la leyenda que penetraron el firmamento con la violencia de sus caderas. De las mordidas en el pecho brotó la luz del universo. Sus gemidos de placer iluminaron los soles. De las heridas brotaron arroyos. Los suspiros de Gabriel el fueron la atmósfera del nuevo mundo, su sudor fue el rocío que alimentó a la flora y con su espada llameante hirió al otro, y de su sangre derramada nacieron los continentes.

“Y el corazón de Gabriel se convirtió en nuestro templo”, le contará una abuela alienígena a su nietecito antes de dormir. “Por eso es que sembramos jardines de flores del mismo color de su cabello”.

Y por eso es que no puedo mover tus cosas de mi cuarto, Gabriel, porque si las muevo las ancianas no tendrán qué contarle a sus nietos . Por eso y porque quiero que tengas flores del mismo color de tu cabello.

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