Cuando el lenguaje se pone en modo ‘vintage’

Nos preocupamos mucho de estar a la última en todo: en tecnología, en moda, en tendencias… Sin embargo, conservamos en nuestro lenguaje expresiones que, si lo pensamos bien, ya no tienen mucho sentido. No porque sean incorrectas, sino porque hacen referencia a realidades, objetos o acciones que ya no existen o hemos dejado de realizar.

Por ejemplo, ¿quién tira de la cadena en el váter de su casa? A no ser que te hayas metido de okupa en algún piso abandonado desde el año de la tos, ni tu abuela tiene ya en su hogar un inodoro del que tengas que tirar -literalmente- de una cadena para vaciar la cisterna.

Si alguien nos pide algo suelto por la calle, que levante la mano quien no haya dicho sin pensar eso de “lo siento, majo, pero no llevo ni un duro”. En nuestra actual economía del euro, pensar en este tipo de monedas ya desechadas queda más bien anacrónico. Sin embargo, quizá porque aún no ha transcurrido el suficiente tiempo desde que desapareció la peseta como moneda oficial o porque la echamos de menos más que a los tuppers de nuestra madre cuando estamos lejos, lo cierto es que seguimos diciendo que «la pela es la pela» cuando la economía se pone seria, o de que «nadie vende duros a cuatro pesetas», si sospechamos de algún intento de estafa.

Esa tontusa y ñoña manera de finalizar una llamada telefónica entre enamorados, ese «cuelga tú primero», «no, tú» tampoco tiene ya demasiado sentido (si es que alguna vez lo tuvo). ¿Acaso nuestro smartphone tiene auricular que colgar o descolgar para hacer una llamada? Ni siquiera el teléfono inalámbrico de tu casa, ese que apenas usas ya pero que tienes que mantener porque tu abuela prefiere llamarte al fijo, lo tiene ya. Y no, no vale el teléfono de góndola que había en el dormitorio de tus padres y que exhibes orgulloso ahora en la estantería de tu salón junto a tu Cinexin.

Buscamos con ahínco las llaves del coche por toda la casa, pero aunque muchos de nuestros vehículos ya no funcionan con ellas, seguimos llamando así a esos artilugios que permitirán arrancar su motor o abrir sus puertas.

Si encendemos un cigarrillo, usamos mecheros. Pero ¿alguien ha visto la mecha que les dio origen? A nuestras abuelas les sigue gustando sentarse junto al brasero, a pesar de que el último que compraron es eléctrico y no conserva las brasas de ninguna hoguera en su interior.

Tenemos neveras sin nieve dentro. Coleccionamos o usamos plumas para escribir, si es que los teclados no se han convertido en una extensión más de nuestros dedos. Pero no queda en ellas ni rastro de aquellas que visten a las aves. Y los hombres son caballeros, a pesar de que ya no montan a caballo.

Entonces, si los objetos o acciones que designan ya no existen o han cambiado, ¿por qué, entonces, seguimos empleando estas expresiones? La razón es que están lexicalizadas. El referente (el objeto) cambia, pero no su significado. Es cierto que ya no tiramos de la cadena, ni las neveras tienen nieve ni colgamos el teléfono. Pero las acciones siguen teniendo sentido, siguen realizándose. Son cambios semánticos por razones históricas, en muchos casos.

El tiempo convertirá a muchos otros objetos y situaciones que hoy nos parecen tan actuales y modernas en pedazos de historia que luciremos en las vitrinas vintage del diccionario del futuro.


Originally published at Yorokobu.