Diez momentos de la política española dignas de House of Cards

Toc-toc, dos golpecitos en la mesa. A cada acción, decisión o movimiento del ya icónico personaje interpretado por Kevin Spacey en ‘House of cards’, le sigue el gesto casi ceremonial de chocar los nudillos, puño cerrado. Trato cerrado, toc-toc. Encantado de utilizarte, toc-toc. Eres hombre muerto, toc-toc.

La política española tiene ahora mismo mucho de ficción televisiva. No ya por esta oleada de guapocracia (filtrado en boca de un cargo socialista andaluz), populismo (dicho por muchos de los partidos tradicionales) y platós diversos. Que nuestra realidad institucional actual parezca sacada del guión de una serie es más bien por el argumento: inquietante, inesperado, casi exagerado y de final misterioso.

Además de todo eso, una ficción televisiva que se precie necesita otros elementos: humor, absurdo, terror y hasta sangre. Y de todo eso y más tiene mucho nuestra política, no ya la actual, sino también la más reciente.

La dimisión truncada por una huelga

El 29 de diciembre de 1981 Adolfo Suárez anunciaba, en un discurso grabado horas antes, que dimitía de su cargo como presidente del Gobierno y de su partido, la ya extinta UCD. Aquello, que después se interpretó como una respuesta a la presión de algunos sectores, alentaría un mes después el intento de golpe de Estado de los militares.

El anuncio llegaba justo cuando se suponía que tenía que empezar un congreso de su partido en el que Suárez daría explicaciones sobre su decisión y se marcaría el rumbo del futuro -entonces no lo sabían, pero más bien breve- de su formación política. Sin embargo, el congreso no pudo celebrarse en esos días por culpa de la huelga de controladores aéreos.

Aunque los huelguistas negaron que su paro perjudicara a la organización de tan importante cita, lo cierto es que la convocatoria era en Palma de Mallorca, lo cual dificultó enormemente que el cónclave se llevara a cabo. Una semana después, y ya sin huelga mediante, el partido pudo encerrarse a dilucidar su futuro.

El agente que publicó su obituario

La historia de Francisco Paesa es casi más propia de Ibáñez que de Underwood. Fue un agente del servicio secreto español que acabó pasándose al lado oscuro, si es que hay un lado más oscuro que el de ser agente del servicio secreto. Tras ayudar al Estado en diversas operaciones contra el terrorismo, y quizá después de verse identificado y señalado por la Justicia, acabó por ofrecer un último servicio que le sirvió para desaparecer: localizó y entregó al prófugo Luis Roldán, que había saqueado las arcas públicas mientras dirigía la Guardia Civil, pero consiguió quedarse con su dinero y desaparecer.

No contento con el ‘logro’, intentó dar el golpe final para borrar sus huellas: envió su propia esquela a la prensa española, falsificando su certificado de defunción y orquestando una operación para desaparecer que hasta su familia pareció creer. Sin embargo, acabó siendo descubierto muchos años después en París. Se supone que siguió participando en operaciones por su cuenta como mercenario de Inteligencia, y se ignora con exactitud su paradero y situación actual.

González y los presos

El expresidente Felipe González sigue teniendo un poder enorme. Tanto es así que bastó una declaración suya para que la federación andaluza del PSOE diera un golpe de Estado contra su secretario general hace apenas unos días. Pero, en el fragor de todo eso, unas palabras de González llamaron la atención: “Nunca hemos tenido peores resultados en el País Vasco, a pesar de las cosas que hicimos”. ¿Qué hicieron?

En España hay dos grandes misterios políticos: el papel de la Casa Real en el golpe del 23F y el papel de Felipe González en la actividad del GAL, el grupo terrorista pagado con fondos públicos que detuvo, torturó y asesinó a decenas de personas acusadas de supuesta pertenencia a ETA. Ese “cosas que hicimos” sonó a confirmación para muchos.

Pero mucho antes de esa cita, allá por el año 2003, con Aznar ya agotando su tiempo en La Moncloa, González tuvo otro de esos gestos que levantó suspicacias: el expresidente del Gobierno acompañó a pie y abrazó a las puertas de la prisión al exministro José Barrionuevo y el exsecretatio de Estado Rafael Vera, dos de los máximos responsables según la Justicia de la guerra sucia contra ETA.

El ‘tamayazo’

Posiblemente, uno de los mayores escándalos jamás vividos en nuestra política. Corría el año 2003 y el PP madrileño había llevado a cabo una jugada arriesgada: había colocado al presidente madrileño, entonces Alberto Ruiz-Gallardón, como candidato a la alcaldía de la ciudad, para dejar sitio así a la exministra y expresidenta del Senado, Esperanza Aguirre.

Los comicios no fueron tan bien como esperaba un PP que empezaba a notar el desgaste de dos legislaturas en el gobierno central: Aguirre ganó, pero con un margen mucho menor de lo que Gallardón había hecho, y eso posibilitaba que un pacto entre PSOE e IU le diera la presidencia al candidato socialista.

Así estaba todo dispuesto cuando dos diputados autonómicos del PSOE, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, se ausentaron de la votación, impidiendo la elección del líder de su partido. Ante la situación de bloqueo, se convocaron nuevas elecciones que, meses después, ganó Aguirre ya con mayoría absoluta. Los tránsfugas fueron acusados de haber sido sobornados a cambio de su abstención, extremo que negaron diciendo que únicamente estaban en contra de pactar con IU. Aguirre mantuvo su puesto hasta casi una década después.

El viaje a escondidas de Mas y Maragall

El Estatut de Catalunya fue uno de tantos polémicos proyectos políticos malogrados en nuestra historia reciente. De hecho, y cuando aún no se sabía que sería parcialmente tumbado y finalmente reformado, antes de nacer ya estuvo en riesgo de morir. Podría decirse que las negociaciones estaban estancadas porque el tripartito catalán estaba poniéndolo difícil, no el PSC, tampoco ICV, pero sí Esquerra, que quería mucho más.

Así las cosas, se dio la cuadratura del círculo: Zapatero necesitaba sacar adelante el texto sin arriesgar el tripartito, y Artur Mas, el hombre que sucedió a Pujol y perdió las elecciones, necesitaba ganar peso político. Por aquel entonces, mucho antes de la tensión separatista, Mas era un hombre menos conocido y tenía que hacerse un hueco.

La solución pasó por una reunión secreta en la que los socialistas acordaron con su enemigo natural aprobar el texto. Artur Mas y Pasqual Maragall viajaron en sus propios coches, sin escoltas y de madrugada, desde Barcelona a La Moncloa. Nadie, ni siquiera Pujol o Duran i Lleida, supieron de aquella operación secreta hasta unas horas antes. Finalmente en Madrid se rubricó el pacto y el Estatut, en su primera versión, salió adelante.

La amistad imposible entre Rubalcaba y Zaplana

Eduardo Zaplana fue alcalde de Benidorm, presidente de la Comunidad Valenciana, alumno aventajado de Aznar y su ministro portavoz. Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido ministro, vicepresidente y candidato fallido del PSOE. Fueron los mascarones de proa de sus respectivos líderes -Aznar y Zapatero- en distintos momentos, primero siendo uno ministro y luego siéndolo el otro.

Cuesta imaginarlo, especialmente porque parecen polos opuestos en lo político e ideológico, pero a fuerza de las diferencias ambos labraron una honda amistad. “Ustedes, o montan el GAL o negocian con los terroristas”, le espetaba en una ocasión Zaplana a su amigo socialista en una de las legislaturas más tensas que se recuerda. “Su papel de oposición se basa en la desmesura”, le contestaba en esa misma reunión Rubalcaba al popular.

Una pareja improbable, pero real, en uno de los momentos más convulsos de nuestra política. “Quién me lo iba a decir a mí hace unos años, estoy feliz de cederle la tribuna a Alfredo Pérez Rubalcaba”, diría Zaplana, ya estando ambos retirados de la vida política, cuando coincidieron en un acto público.

Por cierto, no es la única amistad imposible que ha vivido nuestra política contemporánea: Zapatero enfadó en reiteradas ocasiones al Grupo PRISA, además de por la creación bajo su ala de Mediapro, por las filtraciones y cercanía que mantenía con el entonces director de El Mundo, a la postre uno de sus mayores críticos. Como el propio periodista confesó recientemente, Zapatero, a quien definió como “el mejor ser humano que ha pasado por La Moncloa”, cenaba ocasionalmente en su casa.

El viaje en ascensor más largo del mundo

En el invierno de 2008, meses antes de que Rajoy fuera derrotado por segunda vez en las urnas, se vivió una de esas reuniones que marcan época. Gallardón y Aguirre, enemigos públicos dentro del partido, se sentaban en la mesa junto al líder popular y Ángel Acebes, uno de los últimos representantes del aznarismo en Génova. Gallardón esperaba ser confirmado en las listas electorales, tal y como había deseado públicamente. Lo que no sabía es que Aguirre, como parte de su batalla interna, había hecho esa misma petición a través de Arenas y Acebes tras un partido de golf.

La decisión de Rajoy fue muy de su estilo salomónico: no decantarse. La opción más fácil para él fue mantenerlos a ambos en sus puestos, asegurando sus bastiones en Madrid, y así no soliviantar a Aguirre ni tampoco darle voz en el Congreso. La reacción de Gallardón fue airada, decepcionado como estaba y humillado como se sentía. Intentaron pactar un comunicado y se comprometieron a no ventilar el asunto, pero los detalles aparecieron publicados en todos los medios de comunicación poco rato después del cónclave.

El detalle más kafkiano de todos fue, sin embargo, lo que pasó tras la reunión: los dos rivales tuvieron que compartir ascensor hasta el parking, donde tenían sus coches oficiales. Durante el viaje Gallardón estaba descompuesto. Aguirre, pizpireta y regodeándose en su victoria, animaba a su rival caído. Le faltaban los dos golpecitos en la pared. Toc-toc

Cuando a Rajoy le movieron la silla

La noche del 14 de marzo de 2004 fue especialmente amarga para Rajoy. A la chita callando había logrado, meses atrás, ganarle la carrera a Rodrigo Rato y ser el sucesor elegido por José María Aznar. Venían de una mayoría absoluta y se enfrentaban a un PSOE aún en construcción, con un líder carismático pero desconocido. Todo parecía ir bien, pero nada fue bien: el mayor atentado de la historia de nuestro país no sólo se llevó por delante 192 vidas sino también, en una dimensión muy separada, las expectativas de Rajoy: el PP perdió votos y -sobre todo- el PSOE los ganó. Rajoy pasó a ser líder de la oposición y el PP inició una difícil transición interna.

Aquellos años hubo un combate soterrado entre ‘aznaristas’ y el nuevo equipo, que acabó por estallar cuando Rajoy perdió por segunda vez cuatro años después y tras una legislatura de oposición enconada. El run-run interno era tan intenso que muchos daban por hecho que Rajoy dimitiría. A su espalda Esperanza Aguirre conspiraba para sumar apoyos y se erigía en cabeza visible del legado de Aznar. Con semejante panorama se llegaba al congreso nacional del PP, en el que se debía decidir qué hacer.

El lugar elegido para el congreso acabó siendo clave: la entonces pujante Valencia, comandada por Francisco Camps, importante barón del partido que en una jugada estratégica apoyó a un Rajoy acorralado frente a la vieja guardia. La importancia estratégica de la región era tal que eso bastó para desarticular todo: Aguirre eligió a un hombre de paja, el valenciano Juan Costa, como candidato alternativo. Rajoy arrasó, purgó a los opositores internos y logró presentarse a unas terceras elecciones que finalmente ganaría. El voto en blanco de aquel congreso fue, sin embargo, el mayor registrado en la historia del PP.

La cena del Rey

Durante el verano del año pasado salió a la luz una foto llamativa: el Rey Juan Carlos, sentado en una mesa con los cuatro presidentes del Gobierno democráticos que siguen con vida, a saber González, Aznar, Zapatero y Rajoy. La fotografía es todo un reto semiótico: los gestos, las sonrisas y las conversaciones entre los presentes, todo filtrado gracias a un tuit del presidente del Gobierno

Aquella escena dio para mucho: de qué hablarían, por qué González se fue tan rápido, cómo puede ser que parezca haber mejor relación entre Aznar y Zapatero que entre Aznar y Rajoy… El Rey, por cierto, ya no era Rey en ese momento. Y las encuestas amenazaban con que Rajoy no volvería a ser tampoco presidente. De momento lleva casi un año sin serlo…

El PSOE, todo él

Si uno lo piensa bien, es difícil elegir un solo momento en la historia reciente del PSOE que no sea digno de guión, además de los ya mencionados. Podría arrancar con lo de ‘OTAN, de entrada no’ que acabó siendo un sí como un piano. O con la bicefalia congénita, que empezó con González y Guerra, siguió con Almunia y Borrell, pasó más adelante a Rubalcaba y Chacón y ha acabado con Susana Díaz y Pedro Sánchez. No es que sea un partido dado a la disputa interna, es que siempre parece haber un duelo de ‘aparato’ contra renovación en el que la renovación también acaba siendo el aparato.

La casa de los socialistas da muchísimo de sí para hacer guiones y guiones. Desde la victoria por sorpresa de González en 1993 a la victoria trágicamente inesperada de Zapatero en 2004. Desde las dimisiones de barones forzadas desde Ferraz hasta la máquina de crear gestoras en las federaciones contestatarias. Desde los ‘enviados’ para pacificar una región que acaban renunciando a las primeras de cambio al ver que hay disputas familiares que no se pueden arreglar.

El último caso, todavía abierto, es tan grande que podría directamente acabar con la historia del PSOE. Es el golpe interno orquestado desde Andalucía a la señal de Felipe González. Las consecuencias del intento fallido -al menos al inicio- de derrocar a Pedro Sánchez amenazan con enterrar a unos socialistas en plena lucha por la supervivencia contra Podemos. Hasta el mismo Frank Underwood ha acabado por ofrecer ayuda a Sánchez.

Hasta aquí las diez historias, pero hay muchísimas más: el presidente autonómico que regalaba sardinas en taxi, la exalcaldesa atrincherada en su casa, la ministra que no sabía que su marido tenía un Jaguar en el garaje, el presidente autonómico que paseaba en Ferrari, el excéntrico empresario que se fugó del juzgado en moto y acabó disfrazándose de Superman, el cuñado del Rey al que pillan robando dinero, el Rey que pide disculpas por sus sucesivos escándalos, el ministro que bromea con Gibraltar, el presidente que envía a las fuerzas especiales a un peñasco desierto…

Y así hasta la eternidad. Si España fuera una serie no habría temporadas suficientes para contarlo todo.

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