El templo del tecno pagará impuestos como una filarmónica

Es habitual definir al Berghain, en la antigua parte este de Berlín, como el lugar más sagrado de la música electrónica. Allí acuden los tecnoturistas, esos a los que les encanta la capital de Alemania sólo por sus beats, los que aguantan la interminable cola y el escrutinio de su mítico portero, capaz de dejar fuera del templo a gente que lleva horas esperando pacientemente su turno soportando un más que probable frío. Para aquellos que crean que lo que se cuece dentro del famoso club no es solamente pura diversión sino una experiencia cultural que nadie debería perderse, los jueces alemanes le acaban de dar la razón en forma de reducción fiscal.

Desde sus inicios, primero como un club gay llamado Osgut y desde 2004 ya con su nombre y pista más grande abierta, los beneficios de Berghain tributaban a un 7%, el mismo porcentaje que los conciertos, museos, teatros y demás expresiones culturales a las que puedes ir con tus padres. Pero en 2008, el concejal de Finanzas de la ciudad de Berlín decidió que los clubs nocturnos debían ser considerados como «eventos de entretenimiento» y le subió el porcentaje al 19%, pidiendo de paso que se aplicase con carácter retroactivo y que la meca del tecno pagase los millones que debía en función de lo que se habían dejado sus feligreses en el precio de la entrada a lo largo de los años.

El club reaccionó contratando a un buen grupo de abogados. Quién mejor que Peter Raue, un jurista y coleccionista de arte con página en Wikipedia que suele vestir con pajarita. En su justificación, la Administración explicaba que lo que sucedía dentro del Berghain no podía ser considerado un concierto al carecer de un principio y un final con aplausos. Sumemos que además se bebe, se baila y muchos se drogan, y que en la entrada hay que enfrentarse a un cancerbero tatuado con fama de malas pulgas.

Según la apelación del club, los melómanos pueden sentir lo mismo con una sintonía de Gustav Mahler que con una sesión de un DJ, y presentaban el texto de un periodista de Der Spiegel, autor además del libro de Lost and Sound: Techno, Berlin and the Easyjetset, que aseguraba que la mayoría de los que acuden al Berghain lo hacen por su música y, por lo tanto, un pinchadiscos puede compararse con un director de orquesta.

Hay otro argumento que podría ayudar. Pese a su fama de desmadre, justificada por elementos como el Lab.Oratory, sala de la planta baja de esta antigua central eléctrica que dispone de una zona de cuartos oscuros, o por el hecho de que de viernes a domingo no cierre, siendo la cola una constante durante todo el fin de semana, de lunes a viernes es un lugar de lo más normal. Música clásica, ballet y exposiciones de artistas renombrados conforman su programa. Cosas que entrarían dentro de lo que puede llamarse alta cultura.

De acuerdo a lo publicado en la última edición de Der Spiegel, que dedica un artículo al proceso escrito por Tobias Rapp, el mismo señor que usó la defensa para exponer sus argumentos, el juez hizo preguntas un tanto curiosas: «¿Cómo baila la gente?», «¿Qué pasa en esos cuartos oscuros?», «¿Qué hace un DJ?»… También llevaron un testigo que aseguró que unos canadienses, pese a todos los reparos, lograron superar el criterio del temido portero. Finalmente, el club convenció a la justicia y decretaron por sentencia que lo ocurre dentro del Berghain es arte y debe tributar al 7%.

Es necesario aclarar que esta decisión no sienta precedente. La consideración de Berghaim como alta cultura es sólo para este club. En 2014, el mismo juez, en la misma corte, negó una demanda similar del club Cookies. Llevaba abierto desde 1994. Hoy, en su lugar, hay un restaurante que se llama Crackers. Por las noches, a veces, hacen cenas con DJ Sets. Pero no es lo mismo.


Originally published at Yorokobu.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.