La memoria y sus lagunas: ¿por qué todos nos inventamos nuestro pasado?

Escribe Esteban Ordóñez Chillarón

Muchos de tus recuerdos son falsos, incluso los más nítidos. Tu primer beso no ocurrió exactamente como te imaginas. A partir de una magdalena, Marcel Proust, abrió un sendero neuronal que lo colocó en su niñez como quien viaja en un teleférico. Podía sopesar la magnitud precisa de los hechos, de las emociones, de las percepciones sensoriales. Pero aquello era literatura, la ciencia dice que ninguna imagen del pasado se mantiene impoluta; todas regresan a la mente plagadas de mentiras, hasta las hay completamente inventadas.

Ocurre muchas veces, en una comida familiar sale la historia de una boda o de una comunión. Uno relata una anécdota de aquel día y varios lo contradicen, aseguran que no fue así y añaden detalles diferentes, complementan la información. El que queda en minoría, mal que bien, acaba aceptándolo. Con los años, esa nueva versión se instala en su memoria, y si vuelve a surgir el tema, probablemente, no sólo defenderá lo que en otro momento negó, sino que creerá que siempre lo ha recordado de la misma forma.

«La mente modifica siempre la memoria, lo que pasó esta mañana no tendrá mucho que ver con cuando lo rememores dentro de cinco años. Pueden darse grandes cambios, pero no lo notas porque nadie tiene el vídeo de lo que sucedió para contrastarlo», explica a Yorokobu Margarita Diges, psicóloga y experta en materia de testimonios. Cuando se pronunció el veredicto contra O. J. Simpson, unos investigadores preguntaron a un grupo de personas sobre las circunstancias en que se habían enterado de la sentencia. Años después se contactó de nuevo con ellos y se repitió la pregunta. Sólo una cuarta parte conservaba fresco el momento, el resto adujo cosas diferentes. «Pero para ellos era completamente fidedigno, la confianza era total. De hecho, la mayoría de la gente suele referirse a las partes inventadas como recuerdos muy claritos, con muchísima viveza y color», señala Diges.

Se ha comprobado que, con el paso del tiempo, queda el esqueleto del hecho, el resto, por ejemplo, si te enteraste por la tele o por la radio, si te encontrabas con fulano o mengano, en muchos casos es un relleno posterior, una invención involuntaria.

Ningún episodio es inmune a la distorsión de la memoria. Los momentos más emocionantes, aquellos con los que más nos recreamos, suelen sufrir más tachones y parcheos. «No es tanto por la emoción, sino por el hecho de que si algo te ha marcado, le das vueltas, lo comentas, le buscas explicaciones, y al final termina mezclándose lo que pasó con las vueltas que le das y las influencias externas».

Algunos experimentos han demostrado que uno puede llegar a narrar con todo lujo de detalles episodios que nunca sucedieron. Uno de ellos comenzó con una recogida de datos. Detalla Diges que el equipo habló con los padres de los participantes para que contaran sucesos de la infancia, de cuando estos tenían 5 o 6 años. Se seleccionaron algunos de los hechos y se coló en medio una historia ficticia. La prueba consistía en leer un enunciado sencillo y que el sujeto explicara la anécdota. A uno de ellos le preguntaron por cuando había tirado una tarta en una boda. Él no se acordaba. Sin embargo, tras varias entrevistas en las que no se añadió ninguna información adicional al epígrafe, el chico acabó describiendo el suceso con todo lujo de detalles. «Hasta un 20 por ciento de la gente acaba picando».

Además, no se expresan ningún tipo de dudas sobre el recuerdo. El hecho se rememora con la misma convicción y confianza que si fuera real. Ni siquiera a escala neuronal se distinguen unos de otros. «La activación del cerebro en recuerdos verdaderos y falsos es exactamente igual. Por desgracia, tampoco hay diferencias al preguntar directamente a la persona. No hay salida, es imposible separar una evocación verdadera de una falsa, y eso, en el caso de la investigación criminal, es un gran problema», reflexiona Diges.

En los noventa, en EE.UU. hubo una epidemia de recuerdos falsos. Siete personas fueron acusadas de 135 cargos de abusos sexuales, agresiones, sacrificios animales y rituales satánicos. Los hechos resultaron falsos, pero las víctimas no dudaban de su veracidad. Unos psiquiatras, siguiendo la idea freudiana de que los sucesos traumáticos quedan reprimidos y de que las regresiones y la hipnosis los hacen aflorar, implantaron aquellos sucesos en la mente de sus pacientes.

Preocupada por este caso, la psicóloga Elisabeth Loftus quiso comprobar hasta qué punto el cerebro humano puede atribuirse elementos ficticios. En un estudio, grabó experiencias falsas en la mente de un 29 por ciento de los participantes. Se les inquirió para que narraran una supuesta ocasión en que se perdieron en un centro comercial cuando eran niños y algunos acabaron detallando la aventura, aunque nunca fue real.

Pero en condiciones normales, es decir, sin aplicar mecanismos de cierta coerción, no todas las historias son susceptibles de engancharse artificialmente a nuestras neuronas. Hay unos requisitos. «Deben ser cosas que conozcas o de las que tengas ideas generales para que puedas visualizarlo sin problemas», matiza Diges.

Mirar durante años el álbum familiar, escuchar historias del colegio o de un día en que no acudiste a la oficina… uno puede acabar adueñándose de las vivencias de otros, insertando su presencia en un lugar determinado, convirtiéndose en testigo de algo que nunca vio.

«En sucesos dramáticos como el 11M, la gente no puede inventarse que estuvo allí, pero sí pueden percibirse como más importantes, más protagonistas. Por ejemplo, recordar señales que te hicieran sospechar en el momento que algo iba a ocurrir».

Lejos de la idea popularmente aceptada, los episodios traumáticos como las violaciones no se graban a fuego en la memoria, sino al revés. El “siempre recordaré esa cara” no va más allá de un artificio para lubricar tramas peliculeras. «De entrada, no percibes apenas nada, tus mecanismos adaptativos se enfocan en cómo huir de la situación, tus recursos atencionales están bajo mínimos», aclara Diges. Algunas veces, se identifica al agresor y, a pesar de que existan pruebas de ADN contrarias, la víctima sigue acusando al mismo individuo sin titubear.

La distorsión natural de la memoria hace peligrar la evolución de muchas investigaciones criminales y pone en riesgo la veracidad de algunos trabajos periodísticos, sobre todo, cuando rescatan historias de vida o testimonios orales. Las preguntas pueden provocar reconstrucciones tergiversadas de la realidad. Como ha destacado en sus trabajos el psicólogo de la memoria Antonio L. Manzanero, «cada vez que un testigo relata un suceso, piensa en lo que ocurrió, y sobre todo contesta a preguntas sobre las que no tiene una respuesta clara basada en sus propios recuerdos, su memoria sufre transformaciones que aceleran su deterioro más allá de lo que el paso del tiempo provocaría».

Cada persona almacena la realidad con un número limitado de perspectivas, si se le pide un punto de vista diferente, el sujeto rellenará los huecos. De hecho, expertos en el tema como Bekerian y Bowers, apuntaron que la información falsa y la verídica coexisten y que, dependiendo de lo que se solicite al testigo, expondrá una u otra sin que en ninguna esté mintiendo conscientemente.

Pese a sus inconvenientes a la hora de reconstruir la realidad, las distorisiones de la memoria son necesarias y saludables. Además, la bruma que modifica los recuerdos y que enlaza el pulso del pasado a nuestra presencia en el mundo y, en consecuencia, nos convierte en más protagonistas de lo que realmente fuimos, todo eso, hace la vida más llevadera y más bella. Lo dijo Walter Benjamin: «Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizás esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia».