Un viaje en bicicleta en busca de otras formas de educar

No tienen muy claro cuál de los dos fue el autor de la frase pero sí que quien la pronunció lo hizo en un momento de lucidez: «¿Y si cogemos las bicis y nos vamos de viaje?». Diego, Diana y la hija de ambos, Jara, iniciaron entonces un viaje que les llevaría por distintos puntos de Europa y España en busca de ese tipo de educación «que despierta pasiones».

«Nuestra hija tenía entonces dos años y tanto Diego como yo teníamos claro que no queríamos para ella una escuela que fuese igual que la que conocimos nosotros», nos cuenta Diana. Pero la que estaban a punto de emprender no era una aventura sólo de los tres. «Surgió como algo de familia pero el viaje tenía aspiraciones sociales y se convirtió en un proyecto colectivo: Estonoesunaescuela.org. En nuestra hija vemos a todos los niños, y al revés. Creemos que en la educación está la clave para cambiar el mundo».

Sabían que, buscando, podían encontrar escuelas distintas, en las que los profesores no son «meros transmisores de información» y donde los alumnos disponen de la posibilidad de participar de forma activa en su propia educación.

«De la mano de nuestra hija hemos podido asistir al espectáculo del desarrollo de un pequeño ser humano: su curiosidad inagotable, su afán por comprender el mundo que le rodea, su vitalidad a prueba de bombas. Como madre y padre, ese tesoro no podemos dilapidarlo».

El modelo educativo imperante en nuestro país no estaba de su parte («las cuatro paredes del aula, la media hora de recreo en un patio de cemento, el timbre para entrar y salir, los exámenes, las notas…») por lo que Diana y Diego decidieron salir en busca de esos muchos profesionales que, al igual que ellos, saben y quieren que las cosas puede ser diferentes.

Decidieron dividir su aventura en dos fases: primero visitarían diversas ciudades fuera de España. Después, viajarían por nuestro país. De la elección del medio de transporte que utilizarían de forma casi exclusiva se encargaría Jara. Y ella tenía claro que quería ir en bicicleta.

«La bicicleta nos garantizaba un viaje más pausado. Si queríamos parar para ver un caballo, por ejemplo, podíamos hacerlo sin problema. Además, de activo y sostenible, también es un medio muy sociable. No había día que alguien no nos parase para preguntarnos qué tal iba el viaje». La bici apuntalaba, además, la dimensión social y colectiva de la travesía ya que la familia se alojó en la red de cicloturista Warmshower.

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A lo largo de esos meses constataron que no estaban solos. Que eran muchos los que, al igual que ellos, creen que la educación no tiene por qué centrarse sólo en el desarrollo intelectual del niños sino también en el social y el emocional. «El aprendizaje emocional ya existe en la escuela pero desde un lado negativo. En lugar de valerse de emociones positivas, que son las que facilitan el aprendizaje, las asociaciones que crea son las que generan rechazo al conocimiento: aburrimiento, desánimo, indiferencia, temor. No nos debería sorprender tener las tasas de abandono y fracaso escolar que tenemos».

Descubrieron escuelas en las que la naturaleza es un recinto más en el que aprender y donde las relaciones entre adultos y niños se establecen desde un plano más igualitario.«El conocimiento se comparte entre niños y adultos, los dos tienen la oportunidad de expresar sus sentimientos y de decidir sobre las cuestiones que les afectan». Un modo de aprendizaje democrático donde la libertad no es sinónimo de “hacer lo que me dé la gana”. «La libertad ha de venir de la mano de unas normas de convivencia que garanticen que cada persona no se sentirá agredida física o emocionalmente. Sólo así cada niña y cada niño podrá sacar lo mejor de sí mismo. Estas normas de convivencia (que existen también en sociedad) no son arbitrarias sino emanadas de los propios estudiantes, de su entendimiento y su compromiso».

De su viaje les resulta difícil quedarse con una escuela concreta o un país que suponga para ellos el paradigma de la educación ideal: «Tal vez lugares como Estados Unidos llamen la atención porque allí es mucho más fácil emprender un proyecto educativo. Pero tampoco es cuestión de que cualquiera monte su propio colegio sino de que se reconozcan que existen diversas formas de entender el aprendizaje además del tradicional».

Pedaleando, Diana, Diego y Jara consolidaron la red de las personas y los colectivos que comparten su misma visión. Ese era uno de los objetivos: «Uno de los grandes obstáculos para emprender el cambio en la educación es la ignorancia y el desconocimiento. Nadie cambiará si no existen el suficiente número de familias y educadores que impulsen ese cambio».

Por eso pusieron en marcha la web Estonoesunaescuela.org donde iban dando cuenta del viaje y recabaron los testimonios de los docentes y familias con las que iban encontrando para darlas a conocer a otros. Todas esas reflexiones formarán parte de un documental cuya producción se financiará vía crowdfunding: «La primera fase de la campaña finalizó y con ella hemos podido editar dos libros dirigidos a los mecenas del documental».

Tanto Diego como Diana insisten en que el suyo es un proyecto de muchos. De todas aquellas personas que a lo largo del viaje han estado en contacto con ellos, tanto de forma física pero también virtual: «Durante nuestra travesía por España portábamos una pancarta con los mensajes que la gente nos hacía llegar por Twitter con la etiqueta #estumensaje».

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Gracias a la colaboración de los otros muchos participantes del proyecto, explican, no sería posible el futuro documental. «Ni desde el punto de vista financiero (seguimos con él gracias al crowdfunding) ni operativo ya que entrevistamos a más de 150 personas, lo que supone 70 horas de metraje. Sin la ayuda de los más de 100 voluntarios que nos han ayudado a transcribir hubiera sido inviable». La elección de las portadas de los libros editados o numerosos detalles relacionadas con el documental son sólo algunos de los ejemplos de decisiones tomadas por consenso a lo largo del proyecto. «La comunidad, el colectivo, es fundamental para Esto no es una escuela. De la misma forma que lo es para la educación de un niño».

Y mientras sus padres siguen trabajando en el documental, Jara continúa creciendo. «Ya tiene cinco años. Hemos tratado de ser lo más coherentes con nosotros mismos y por eso elegimos para ella una escuela que casa perfectamente con el tipo de educación que proponemos con este proyecto».

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