Hoy la estatua de la libertad se encoge de hombros

Hoy, la Estatua de la Libertad se encoge de hombros.

Algunos de ustedes tienen familia en otros países. Yo no.

Yo no porque, hace cuatro generaciones, mi bisabuelo vino a los Estados Unidos mientras que su hermana eligió quedarse atrás. Su nombre, hasta donde sé, era Peltia Wollach (nacida Winokur) y fue lo suficientemente afortunada como para morir antes de la Shoah. Los archivos de Bialystok, Polonia, digitalizados por JewishGen.com y los documentos del Yad Vashem sugieren que todos los demás fueron asesinados. Su esposo Itzchak y (creo) cinco hijos –Chasia, Riwka, Tauba, Ayram y Jehoszua.

Tengo la suerte de que mi ancestro, Szimon Winokur, vino aquí en 1925. También tengo la suerte de que era blanco. Si hubiera sido chino, la Chinese Exclusion Act de 1923 le hubiera impedido entrar.

Trajo a su familia aquí. Uno de sus hijos, mi abuelo, fue dueño de un pequeño negocio. Su hijo, mi padre, recibió educación gratuita en Nueva York y luego fue al Instituto Tecnológico de California (CalTech). Mi padre fue, hasta su jubilación, doctor en un pequeño pueblo de Texas. Tuvo seis hijos. Uno es pastor cristiano. Otro es director ejecutivo de una empresa de tecnología médica. Otro es un filósofo político conservador, otro es director de tecnología en una empresa de Silicon Valley, y mi hermana menor es médico en Luisiana. Soy la oveja negra en su historial porque me gano la vida escribiendo libros.

Estamos todos aquí, contribuyendo a este país, porque en 1925 un barco pasó por Ellis Island y nadie le dijo a esa gente harapienta y con acento gracioso que se regresaran porque eran demasiado pobres o insuficientemente cristianos, o porque no habían sido adecuadamente investigados. Todos conocen el poema que la Estatua de la Libertad tiene inscrito en su placa: Dadme tus cansados, tus pobres, tus masas amontonadas gimiendo por respirar libres. La tableta de la dama verde no dice nada en torno a si esas masas amontonadas son chinas, musulmanas, judías o árabes. Y específicamente nos exhorta a recibir a los que anhelan la libertad. No dice recibe a los europeos o indios con alto nivel educativo con una visa de no inmigrante. No dice acoge a un cristiano o a un rico empresario o a un diplomático.

Pero mira hacia el este y puedes ver a la diosa Libertas encogiéndose de hombros. Hay lastres alrededor de su túnica y su antorcha titila debilmente en el puerto de Nueva York.

Y los políticos que tuvieron la pobreza de espíritu de disminuir su poema con muescas y cortes, y ahora a tajos, podrían al menos tener la honestidad de agregar sus advertencias y miedos a la tableta que carga antes de que se hunda completamente.

Se supone que esta nación fue fundada por pioneros. Gente como Franklin, que desafió a la Corona. Gente como Lewis y Clark, que fueron hacia el oeste sin saber exactamente qué comerían o qué encontrarían ahí. Gente como Teddy Roosevelt, que recibió un balazo y luego sonrió durante su discurso.

Se supone que somos una cultura de personas fuertes y arriesgadas e independientes. Y, sin embargo, cuando es más probable morir por el ataque de un tiburón que por un terrorista, se nos dice que necesitamos protección. Se nos dice que debemos tener miedo. Y la gente que nos está diciendo que necesitamos tener miedo es exactamente la gente que más se beneficia con nuestro miedo. El miedo es su moneda. No se las entregues.

Quiero citar extensamente el libro La luna se ha puesto, de Steinbeck, escrito en medio de la Segunda Guerra Mundial. Este pasaje es del final del libro, cuando el Intendente Orden está a punto de ser ejecutado por no capitular ante la autoridad invasora. La gente de la ciudad conquistada se ha hecho de explosivos gracias a los británicos, y el enemigo invasor (personificado por el Coronel Lanser) quiere que el intendente le diga a su gente que no los use.

El intendente habló con orgullo: — Sí; la encenderán. No puedo elegir entre la vida y la muerte, coronel, pero puedo elegir cómo morir. Si les digo que no luchen, lo sentirán, pero

lucharán. Si les digo que luchen, se alegrarán, y yo, que no soy un hombre muy valiente, les haré un poco más valientes. — Y añadió en tono de disculpa — : Es fácil decirlo, porque mi

final ha de ser el mismo.

— Nosotros podemos decirles que ha dicho usted lo contrario de lo que ha dicho — replicó Lanser — . Podemos decirles que ha suplicado que le perdonemos la vida.

El médico interrumpió encolerizado: — Se enterarían de la verdad. Ustedes no saben guardar secretos. A uno de sus hombres se le fue la lengua una noche y dijo que las moscas habían conquistado el papel cazamoscas, y todo el país conoce esas palabras. Se ha compuesto una canción titulada Las moscas han conquistado el papel cazamoscas. No saben ustedes guardar secretos, coronel.

De la mina llegó el estridente sonido de la sirena. Una ráfaga de viento empujó la nieve contra las ventanas.

El intendente acarició su medallón de oro y dijo con mucha suavidad:

— Ya ve, coronel; no se pueden cambiar las cosas. Ustedes acabarán destrozados y serán expulsados. Al pueblo no le gusta que lo conquisten, y no lo conquistarán. Los hombres libres no pueden empezar una guerra, pero una vez que empieza luchan aun en la derrota. Los borregos, los que obedecen a un líder, no pueden hacer eso, y así resulta siempre que quienes ganan las batallas son los borregos, pero que quienes ganan las guerras son los

hombres libres. Ya verán ustedes que así es, coronel.

Lanser se irguió:

— Mis órdenes son terminantes. La hora límite era la de las once de la mañana. Tengo rehenes. Si hay violencias, los rehenes serán fusilados.

— ¿Ejecutará usted las órdenes sabiendo que son inútiles? — le preguntó el médico.

Lanser contrajo los músculos de la cara:

— Mis órdenes serán ejecutadas cualquiera que sea el resultado, pero creo que una proclama suya, señor intendente, puede salvar muchas vidas…

— ¡Podrían ustedes decirme a qué vienen todas estas tonterías! — interrumpió Madame en tono de queja.

— No son tonterías, querida.

— Al intendente no se le puede detener — le explicó Madame.

El intendente le sonrió:

— No; al intendente no se le puede detener. El intendente es una idea concebida por hombres libres, y eludirá la detención.

Steve Bannon, que inexplicablemente hoy asesora al presidente sobre asuntos militares ha dicho que que quiere derribar nuestro sistema. Sin embargo nuestro sistema — sistema de gente libre que no quiere o necesita que los rijan — es como el Mayor Orden. No puede ser destruido porque no se puede destruir una idea. Una idea se puede silenciar, puede dejar su tierra por un tiempo, pero mientras la gente tenga la capacidad de pensar, ninguna idea puede morir.

La Estatua de la Libertad puede descender de su podio, puede hundirse bajo la superficie del agua, pero seguirá ahí y cuando la luna se eleve sobre el horizonte podrán verla resplandecer a través de la superficie ondulante, lista para levantarse de nuevo.

Debería terminar el texto con ese punto, pero quiero concluir con algo más pragmático porque no puede ser únicamente discurso. Barney Frank — primer congresista abiertamente gay en la historia de los Estados Unidos — apareció en una entrevista con la New York Magazine poco después de retirarse donde dijo algo que no puedo olvidar:

“Creo firmemente que la gente en la izquierda tiende demasiado a hacer cosas que son satisfactorias emocionalmente, pero poco útiles en términos políticos. Tengo una regla, que se aplica para el movimiento Occupy, como se aplica para el movimiento de los derechos gay: si hay una causa en la que crees fuertemente y que te importa, y estás involucrado en una actividad a favor de la misma que es divertida y te hace sentir bien, cálido y entusiasta, probablemente no estás ayudando a la causa porque estás ahí afuera con tus amigos, mientras que el trabajo político es mucho más rudo y difícil. Creo que es claro ahora que es el trabajo político disciplinado con el que hemos logrado alcanzar victorias. Voy a escribir sobre la historia del movimiento LGBT en parte para enfatizar este punto, que, por lo menos en Estados Unidos, esta es la forma en la que se conducen las causas progresivas.”

Para muchos de nosotros la política últimamente parece menos divertida y más escalofriante. Sé que debemos mantenernos a flote los unos a los otros, pero lo digo seriamente como un escritor cómico profesional — llevemos la política hacia un espacio aún menos divertido.

Cuando escuché sobre la prohibición de la inmigración lo primero que hice fue comprar 400 hojas de papel, un rollo gigantesco de estampillas y una caja de sobres. Voy a escribir cartas a mis representantes tan frecuentemente como me sea posible y, si no actúan en contra de este prodigio de la indecencia, donaré personalmente a las campañas de sus opositores, quienesquiera que sean. Y si Trump contraviene una orden de un juez federal, me uniré a aquellos clamando por un juicio político.

Al Intendente no se le puede detener.

Zach Weinersmith

Enero 29, 2017

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