Crónica de la conquista cultural de las artes escénicas por el neoliberalismo

Para Nietzsche “la cultura solo puede ser un desafío creativo de la vida contra la estupidez, en todas sus formas”. Lamentablemente para nosotros la cultura no es solamente eso. La cultura es todo un sistema de valores, lo que nos explica como personas y nos hace entender la realidad. Al explicar esa realidad marca lo que es aceptado y lo que no es aceptado, quien está dentro de las murallas de la ciudad y quien está fuera. Así pues marca cual es lo posible y al hacer esto marca los límites de tolerancia frente al cambio. Entendiendo esto vemos que la cultura es la posibilidad de muchos sistemas, incluso de los realmente perversos. Bien, pues uno de estos sistemas culturales perversos neoliberales es lo que ha conquistado actualmente las artes escénicas.

Este sistema cultural perverso, como toda guerra de conquista, tiene su proceder estipulado en los siguientes pasos:

1.- Eliminar a la autoridad o lideres anteriores del terreno conquistado.

Para esa eliminación se ha utilizado la precarización. La precarización convierte paradójicamente al sector en elitista: cuando uno no puede convertir su oficio en profesión solo se dedican a ese oficio quienes no necesitan de nada para mantenerse. Evidentemente las temáticas y formas que esa élite agradecida aborda en sus trabajos rehúye el conflicto. El conflicto es la expresión de las contradicciones de la sociedad, y la cultura debería tener como una de sus misiones la identificación del conflicto. No se trata de que la escena se llene de contenidos políticos, los géneros son numerosos, amplios y no hay que renunciar a ellos, pero cualquiera de ellos deben tener presente el conflicto y en sus distintas formas de expresión no huir de él.

2.- Quemar los símbolos y destruir la cultura previa al nuevo sistema.

Al eliminar a los líderes y autoridad, su producción y trabajo cultural desaparece del panorama, es decir, aquello que identificaba el conflicto, nos ofrecía un sistema de valores y nos explicaba como personas. Así pues, cuando no sabemos quiénes somos, es muy difícil saber ubicarnos ideológicamente, buscar un posicionamiento de lucha contra nuestros problemas y aceptamos, sin resistencia, lo que es presentado como el único modelo posible, que es el que se impone en el punto 3.

3.- Instaurar una nueva moneda, nuevo idioma y una nueva religión, es decir, llevar la nueva cultura al terreno conquistado.

Nuevas formas de negociación, de contratación (moneda), nueva terminología: Speed Meeting, Co-working, Coaching, Ticketing, Cover, Facilitador, Cartografía Cultural… (idioma) y el reverso envasado y consumible de la cultura popular, que es el entretenimiento, como nueva (religión). Como ya no sabemos quién somos no sabemos identificar al enemigo y no sabemos cómo luchar contra él. Además se nos ofrece la oportunidad de participar en las ceremonias de la nueva religión (un buen método identificativo de nuevos fieles) pagando módicamente por nuestro stand. En un momento de debilidad te compras la túnica y participas en el oficio. Diderot expresó magistralmente la sensación que me invade en cada una de esas ceremonias: “Parecemos alegres; pero en realidad estamos amargados y hambrientos. Ni siquiera los lobos son tan voraces, ni los tigres tan crueles. Nunca se habían visto juntos tantas fieras tristes, sarnosas, sanguinarias y feroces.”

4.- A la población que empieza a manifestar cierto interés por la nueva cultura y forma de hacer, darle dádivas.

Todos conocemos gente en nuestra profesión que es capaz de moverse como pez en el agua dentro de la muralla, dentro de lo posible. Si no tienes escrúpulos es fácil, cómodo y rentable. Y así surgen nuevos agentes patrocinados, apoyados, promocionados y contratados por su “sabia” decisión de evadir el conflicto, de asimilar la nueva religión y de hablar el nuevo idioma. Agentes, algunos, que no proceden ni siquiera del ámbito cultural.

Y en este preciso momento nos encontramos. La conquista ha terminado delante de nuestros morros, estamos viendo su culminación en nuestra época. En “El sobrino de Rameau” de Diderot, este contrapone al filósofo (la virtud como modelo) frente al bufón (la dignidad como condición). Yo creo que las dos condiciones son la combinación perfecta para iniciar la reconquista de nuestro sector. La virtud como modelo (disposición de la persona para obrar de acuerdo con determinados proyectos ideales como la verdad, la justicia y la belleza) y la dignidad como condición.

Recupero otra frase de Nietzsche y cierro con él lo que con él abrí: “Educarnos es ante todo, educarnos contra nuestra propia época”. Acabemos de una vez con este maldito tiempo, echémosles a todos.

Miguel Ángel Pérez Ávila

Written by

Compañía de teatro profesional fundada en 1993

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