Del pateo a la fascinación

Leí que hace años no era extraño ver al público patear durante una función de teatro cuando ésta no le satisfacía. Ahora esto no sucede o al menos no he tenido la oportunidad de verlo, aunque sí ganas de hacerlo. Más bien sucede lo contrario: atrapado en mitad de un patio de butacas repleto, no pudiendo salir sin molestar a nadie, me resigno a aguantar hasta el final de una función que está siendo un tostón. Sorprendentemente la compañía propone un descanso y pienso que son muy atrevidos pues se arriesgan a que gran parte del público no regrese a sus butacas. Lo más sorprendente es que solo yo marcho del teatro. Algo pasa o algo me pasa a mí, porque no es la primera vez. Los halagos y buenos comentarios sobre el espectáculo eran la tónica de la siguiente jornada.

Creo que estamos perdiendo el espíritu crítico. Hay una aceptación sin cuestionamiento, un dejarse llevar por el camino cómodo. Quizá sea que cuando algo se presenta en un contexto supuestamente de calidad, viene de una compañía afamada o actores celebres ha de ser también bueno per se. Ante lo que viene ya consagrado hay una dejación, entrega y sumisión preocupantes. El público se fascina fácilmente. ¿Pero a qué se debe esta fascinación? En otros ámbitos, como la música y el deporte el fenómeno es más extremo: una admiración irracional e incondicional a futbolistas iletrados, defraudadores o a cantantes con poco mérito fabricados desde una discográfica o en un concurso televisivo. El fenómeno fan se impone y nos lleva al vacío más absoluto. En lo político, los mensajes se simplifican con calificativos burdos: “golpistas, populistas, terroristas…” No hay argumentos, no hay pensamiento, sólo repetición machacona de consignas. Todo se reduce a lo simple, inocuo, insípido e insustancial. Solo se quiere entretenimiento fácil, sopas que se puedan tragar sin esfuerzo en masticar y menos en digerir. Nos gusta cada vez más lo superficial, superfluo y sin compromiso, que no nos toque. La educación nos construye cada vez más conformistas. Con nuestra adhesión sin protección y/o nuestra admiración sin filtro entregamos y perdemos nuestro espíritu crítico, la inteligencia y hasta el sentido común.

Otra de las acepciones de fascinación es la de engaño o alucinación y siendo traviesos etimológicamente: fasci-nación, dos conceptos que no me interesan ni mueven a nada bueno.

Miguel Muñoz Montoro

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Compañía de teatro profesional fundada en 1993

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