Las Artes Escénicas en “El Circulo”

Megaestructuras, grandes explanadas y jardines, edificios de paredes y suelos transparentes, es la descripción que Dave Eggers hace al comienzo de su novela “El Circulo” de las instalaciones centrales que la empresa del mismo nombre dispone, en las que cientos de sus empleados desarrollan el trabajo y prácticamente toda su vida. La empresa en cuestión se dedica a unificar mails, redes sociales, cuentas, operaciones bancarias, datos y contraseñas de empresas y particulares. También desarrollan sistemas de localización y protección para menores de edad y vende millones de microcámaras que cualquier particular, debido a su bajísimo precio, puede fácilmente adquirir y ubicar en absolutamente todos los espacios, públicos y privados, con el objetivo de asegurar la transparencia total en todos los lugares y ámbitos. Defienden que dicha transparencia mejorará las democracias y las acciones de sus dirigentes en todo el mundo, que delatará a los dictadores y conspiradores mundiales, que cada uno de nosotros, al sentirnos observados, desarrollaremos un comportamiento totalmente ético y que tendremos una vida de plena responsabilidad para con nuestros semejantes.

Los planteamientos distópicos de esta novela, escrita en 2013, son fácilmente reconocibles en el mundo real actual. El concepto de transparencia que refleja, es reclamado hoy en día desde todos los ámbitos y posiciones ideológicas sin reparar en lo perverso del término. Según Byung-Chul Han, “una sociedad transparente en su totalidad que no permita lagunas de información ni de visión se convierte, como el amor sin laguna de visión, en pornografía. Ante el afán de la transparencia que se está apoderando de la sociedad, sería necesario ejercitarse en la actitud de la distancia. La distancia y la vergüenza no pueden integrarse en el ciclo acelerado del capital, de la información y de la comunicación…” y coincido con el filósofo en las virtudes que esa distancia y pudor nos aportaría.

Pero no es de esto, en primer término, de lo que quiero hablar. Dave Eggers continua la descripción de los espacios físicos de El Circulo: Situados en la zona de recreo de la empresa varios centros de Yoga, Crossfit, Pilates, Masajes, Spinning… y, sorpresa, actividad escénica. Otrora grandes estrellas de la música actúan gratis a cambio del prestigio promocional que ello les otorga intentando recuperar lo que un día fueron. Y lo que parecen ser los únicos profesionales con sueldo, esta vez sí, de las artes escénicas dentro del mundo creado por El Circulo: “diez grupos de improvisación cómica”. Aquí quería llegar yo. El acierto de Dave Eggers al sintetizar las artes escénicas en su distopía pornográfica sin ningún tipo de veladura o intimidad, donde todo está bajo control y destensado con disciplinas místicas y deportivas para las que podríamos encontrar ropa específica en cualquier Decathlon. La increíble perspicacia de identificar a los grupos de improvisación cómica como la más inocua y domesticada rama de las artes escénicas. No estoy en contra de la improvisación como método de trabajo durante la creación, ni determinadas briznas de ella en las actuaciones con público, tampoco como entrenamiento, pero sí estoy radicalmente en contra de que la improvisación se convierta en la totalidad e impronta de un espectáculo. Precisamente porque carece de veladura, de lagunas, convirtiendose en pornografía de una banalidad inabarcable, porque carece de la distancia que el propio interprete debería transitar de vez en cuando para ofrecer otra mirada sobre lo que está contando. La improvisación, como espectáculo, no permite tiempos vacíos entre sus exabruptos improvisatorios. Tiempos que pueden hacer pensativa la lógica creativa en la que se inscribe. Porque, seguro, si lo hiciera, estos tiempos operarían como interruptor de conciencia y movilización en los actuantes y quizá por identificación en el espectador. El espectador de los espectáculos de improvisación, como el de los manidos monólogos tipo “El Club de la Comedia”, no es público de teatro. No deberíamos caer en la trampa de pensar que son los mismos o que lo uno les llevará a lo otro porque no es así. El espectador de estas categorías quiere atragantarse sin masticar demasiado y moriría de sopor en un patio de butacas donde la veladura, los silencios, la distancia y la conciencia perforen la banalidad permitida y preferida por El Circulo, por el sistema.

Miguel Ángel Pérez Ávila

Written by

Compañía de teatro profesional fundada en 1993

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