Una dictadura llamada contradicción.

Durante la historia venezolana, hay ciertos periodos de tiempo que captan nuestra atención y que irremediablemente generan opiniones tan contradictorias como polémicas, que hacen de la era en sí difícil de describir. La llegada de la época Perezjimenista no es una excepción. Ambos su surgimiento y caída fueron turbulentos, pero es realmente lo que pasa entre esos eventos lo que transforma al país caribeño en el centro de ambos la novedad y la censura o la belleza arquitectónica y la crueldad. Las consecuencias del gobierno del — ¿Presidente? , ¿Dictador? , ¿Tirano?, ¿Patriota? — Marcos Pérez Jiménez son a la vez magnificas y terribles, y su contraste marcó una década fundamentalmente trascendente para el venezolano.

¿Y qué clase de década fue esa? No es una pregunta fácil de responder. La ciudadanía se suma en una calma que se contrapone a la violenta llegada de una junta militar liderada por Carlos Delgado Chalbaud, mientras que abundan los saludos hacia las olas de inmigrantes del viejo mundo y se desbordan las despedidas de militantes partidistas, para quienes cumplir su labor se había convertido en un pecado absoluto. El nuevo gobierno se asegurar de poner en lista de espera al sueño de la democracia y los habitantes no tienen más remedio que cumplir con el papel de súbditos.

Hay disturbios, grandes proyectos, rumores y un presidente muerto. Llega el año 1953 y los vástagos de una promesa casi olvidada hacen que resurja una chispa de esperanza en la única constante de la locura: el pueblo venezolano. Que en todas sus formas, ya sea de bailarina, exiliado, inmigrante o torturado le es imposible doblegarse.

Excepto, claro está, que no tenga otra opción.

Y eso es precisamente lo que ha masterizado el militar andino que ocupa la presidencia: en no dar opciones. Se piensa lo que él piense, se hace lo que él diga, o el castigo será en una forma y procedencia que no tenían precedentes en la historia venezolana. Su idea de gobierno era esencialmente en sembrar una censura tal en la que fuera él mismo el dueño de los pensamientos del soberano. ¿Qué no es eso la definición de facto de un dictador?

Pero, por supuesto, la timidez no era la única característica determinante del gobernante. Su arisca inteligencia e innata astucia, seguida por una forma peculiar de patriotismo fueron lo que hizo posible la constitución de un periodo dictatorial que confunde en su naturaleza. Harás lo que yo diga, pero te daré miles de cosas por hacer. Dirás solo lo que yo apruebo, pero no te daré fundamentos para contradecirme. Pérez Jiménez reclamó los cimientos de Venezuela y los convirtió en maravillas — figurativa y literalmente — reformó el paisaje de la capital, brindándole referencias arquitectónicas que hoy en día lo caracterizan, volviendo al país un centro urbano desbordante de novedades que conquistaba con una mirada.

Pero no eran realmente los cimientos los que transformó, ¿no es así?; ¿cómo?, Si cada extravagante edificio era un antónimo de la realidad rural en la que vivían la mitad de los venezolanos. Si la recién construida Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela era el constante recordatorio del casi adoctrinamiento de la educación o la prohibición de la formación de jóvenes con espíritu crítico o sentido de análisis.

Tal vez no superficialmente, y ciertamente no para la cúpula gubernamental, pero por más semanas de la patria que transcurrían, más era aparente que no era el patriotismo, sino el miedo, el lazo que unía a los venezolanos y el cemento que mantenía en una pieza al gobierno. Porque los simulacros teatrales de bombardeos eran suficientes para sacudir la imaginación, pero no hacían menos brutales la mano de la Seguridad Nacional.

Y es aquí en donde la naturaliza venezolana sale a relucir, transitando como podía la realidad contradictoria que le era impuesta. Se celebraban los carnavales un poco demasiado fuerte, pero sin olvidar que la mayor expresión júbilo reside en la libertad de expresión. Se tienen presentes las lágrimas causadas por la tortura de los detenidos, pero se asume el riesgo de la organización clandestina en busca de la libertad. Porque cuando no te brindan alternativa, ¿qué es lo único que resta por hacer?

Esperar.

Y esperar.

Hasta que el instigador se quede sin tiempo. Hasta que el disfraz le quede pequeño y el instigado empieza a construir sus propias alternativas. Porque para Pérez Jiménez, no había edificio cuya sombra pudiese tapar el sistema represivo que era su gobierno, o innovación tan apabullante que nublara el fraude que era el plebiscito, ni mucho menos carretera tan larga que impidiera el paso de la presión que es un pueblo venezolano decidido.

Porque mientras la “Vaca Sagrada” abandona la Carlota y los sucesos entre los años 1948 y 1958 se vuelven memorias y opiniones, es imposible no concluir que estos tiempos inconclusos son unos llenos de novedades acompañadas por reprimendas, de risas incontrolables seguidas por lágrimas inconsolables. ¿Puede lo grandioso sobreponerse a lo inhumano? No debería ser, pero por algo son tiempos de dictadura, tiempos que nunca deben regresar.

Zarahí Castro.

20/06/2017

Bibliografía

Garcia, G. G. (23 de 10 de 2007). La educación en Venezuela desde 1936 hasta 1958 (etapa militarista).Obtenido de Monografías: http://www.monografias.com/trabajos53/educacion-venezolana/educacion-venezolana2.shtml

Carlos Oteyza. [Pro Activismo Político]. (31/03/2016) Tiempos de Dictadura Tiempos de Marcos Perez Jimenez. Documental completo [Archivo de video] Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=GvXU_BkgcoA&t=314s

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