Cuba en Obama, Obama en Cuba

Este artículo fue publicado originalmente en cubabloggers.com, el 13 de enero de 2009.

Primera inauguración del Presidente Barack Obama el 20 de enero del 2009. Wikipedia.en

En la medida en que se va acercando el 20 de enero, fecha en que tomará posesión el primer afro-estadounidense que accede a la Presidencia de ese país vecino, las memorias y las noticias se agolpan en torrente indetenible, haciéndonos recordar la relación de Estados Unidos con Cuba, conscientes de que enfrentamos circunstancias inéditas. Barack Obama ha generado numerosas expectativas a lo largo y ancho del mundo. Esas expectativas no se deben sólo al hecho de que, para sorpresa de muchos, el electorado norteamericano ha demostrado que era falsa la noción de que “Estados Unidos no está preparado para tener un Presidente de la raza negra”, sino también a que 8 años de gobierno republicano de derecha, representado por George W. Bush, han sido demasiados para un mundo que, al borde de varias catástrofes, ansía un liderazgo más racional en ese país que, con franca vo-luntad imperial, ocupa, e inevitablemente seguirá ocupando, el primer lugar entre las grandes potencias mundiales por su poderío económico y militar.

Que Estados Unidos seguirá siendo una potencia imperialista, percibida además como tal, es un dato incontrovertible de la realidad, aunque el Presidente electo intente hacernos pensar lo contrario. Ojalá tenga éxito en transformar fundamentalmente el proceder de Estados Unidos, poniendo fin a las agresiones unilaterales y a la arrogancia de su poder; sólo así podrá comenzar a cambiar la percepción que existe hoy sobre esa nación. Ello no obstante, es inevitable que vendrán cambios en la forma en que Estados Unidos se proyecta mundialmente, de ello no cabe duda. La realidad indica que seguir por el camino actual conduce a cada vez mayores y más profundos fracasos con un terrible costo en vidas y recursos. Lo que está a debate es cuán profundos serán los cambios y si esos cambios nos obligarán a poner en tela de juicio lo que ha sido el saber convencional sobre Estados Unidos y su manera de comportarse en la arena mundial, sobre todo recientemente.

Se han abierto un sinnúmero de especulaciones con respecto al futuro de las relaciones con Cuba, cuyo conflicto con Estados Unidos es otro dato de la realidad difícilmente impugnable. Estas disquisiciones se fortalecen por el hecho de que el nuevo Presidente procede de una de las minorías sociales y étnicas más explotadas y sometidas, hacia cuya lucha emancipadora el pueblo y el gobierno revolucionario cubanos siempre han manifestado una solidaridad indeclinable desde los tiempos de la entrevista de Fidel con Malcom X en Harlem en 1960.

Hay quienes piensan que Washington nunca abandonará su voluntad hegemónica con respecto a nuestro país y que, por ello, está condicionado a seguir hostilizando y asediando al pueblo cubano mientras siga abrazando las ideas socialistas.

Hay otros que estiman que se harán cambios marginales en la política hacia Cuba que no serán suficientes como para pensar en una normalización de las relaciones bilaterales, pues en realidad será cuestión de lograr el mismo objetivo por medio la llamada “subversión amistosa”, lo que queda demostrado por el aparente perfil clintoniano de su Gabinete y el hecho de que Clinton no dio ningún paso significativo para resolver el conflicto y, por el contrario aprobó la Ley Torricelli y firmó la Ley Helms-Burton y adoptó la táctica sediciosa de los llamados “contactos pueblo-a-pueblo”.

Finalmente, unos pocos creen que sí, que, como ha sucedido en el caso de Vietnam o de China, Barack Obama cambiará gradualmente la política hacia Cuba e inaugurará un período de entendimiento y cooperación que dejará atrás las décadas de aguda rivalidad y hostilidad, aunque no desaparecerá definitivamente la situación estructural que está en la base del conflicto. Las relaciones entre los estadounidenses de origen africano y Cuba datan del siglo XIX. Aunque la historia norteamericana al uso ha destacado sobre todo el papel de los llamados Rough Riders dirigidos por el Coronel Theodore Roosevelt en la toma de San Juan y el Caney en las afueras de Santiago en 1898, se sabe que batallones de soldados negros combatieron allí mismo y regaron con su sangre tierra cubana. Sus nombres están inscritos en las tarjas conmemorativas al pie del cercano “Árbol de la Paz”.

Las relaciones han trascendido los hechos políticos y económicos. Peloteros cubanos igualmente de origen africano han jugado béisbol en Estados Unidos desde las Ligas Negras hasta las Grandes aún hoy. La vinculación cultural afro-cubano-estadounidense se hace evidente en la música, como han demostrado, por ejemplo, los Festivales de Jazz que han conocido la presencia de figuras mayores como Dizzie Gillespie. Más recientemente, actores como Harry Belafonte o Danny Glover han patentizado sus simpatías por la Revolución Cubana. Estos son sólo algunos de los ejemplos que ilustran lo antedicho.

En la década de 1960, cuando la Revolución Cubana gozaba del frescor de sus primeros años y enfrentaba la hostilidad destructora de los gobiernos estadounidenses de turno, jóvenes cubanos como el autor de este texto siguieron con simpatía y esperanza la lucha de negros y blancos en ese país vecino porque se establecieran plenos derechos para los ciudadanos estadounidenses de origen africano. Rosa Parks, Selma, las Panteras Negras no fueron acepciones extrañas para nosotros.

Sabemos que Rosa Parks fue la primera mujer negra que se negó a darle su asiento en la parte de delante de un autobús a un hombre blanco en 1955. Que Selma, Alabama, fue unas de las ciudades donde más agudeza tuvo esta batalla: escenario de la masiva marcha de 1965 por los derechos civiles. Y que los Panteras Negras fueron el ala más radical de este enfrentamiento, abogando por una resistencia violenta a la represión policial.

Fue aquélla una lucha heroica en la que se destacó la figura gigante de Martin Luther King, en cuyo honor hay un Centro no gubernamental en la Habana, y quien no sólo tuvo un sueño sino que, promoviendo acciones pacíficas frente a la violencia racista, encabezó el masivo movimiento que obligó al Congreso y al Presidente Lyndon Johnson, tristemente célebre por persistir en la genocida guerra contra el pueblo vietnamita, a adoptar y firmar respectivamente la Ley de los Derechos Civiles en 1965. Poco antes de ser asesinado ya King identificaba el próximo paso en ese combate, con tintes marcadamente socialistas: la lucha contra la pobreza.

¿Quién de nosotros no se emociona recordando el documental “Now!” producido por Santiago Álvarez con la voz de Lena Horne? ¿Y qué podemos decir de Pete Seeger, el cantante blanco estadounidense que popularizó Guantanamera en un famoso concierto de 1966 en el Carnegie Hall de Nueva York donde también cantó “We shall overcome” (Venceremos) y “You won’t find me at the back of the bus” (No me encontrarás al final de la guagua), dos de las canciones más populares del movimiento de derechos civiles?

Barack Obama puede ser hoy Presidente de los Estados Unidos gracias, entre otros,a esa jornada heroica que tuvo lugar cuando era un niño en la década de 1960, a la que los cubanos prestamos toda la solidaridad posible.

Hace nueve años viví personalmente una anécdota que ilustra las coincidencias entre la Revolución Cubana y los ciudadanos estadounidenses de origen africano. Por invitación de Tom Walker, colega y amigo que ha hecho de la solidaridad con los pueblos centroamericanos un objetivo central de su quehacer, y es profesor de la Universidad de Ohio en Athens, un lindo pueblo universitario en pleno Bible belt (cinturón bíblico) del Medio Oeste, pronuncié una conferencia sobre Cuba y su política exterior ante profesores y estudiantes una fría tarde de febrero de 1999 en ese centro docente. El auditorio era muy diverso pero se destacaron por sus preguntas y comentarios tres jóvenes afro-estadounidenses y dos jóvenes de origen cubano.

Uno de los cubanos, un emigrante de reciente salida, mantuvo una posición crítica pero reconociendo las conquistas de la Revolución, diciendo que aceptaba que la mayoría de los cubanos se habían beneficiado del proceso. El otro, hijo de emigrantes de la primera hora en 1959 y residente en Miami, no pudo ocultar su antagonismo, tergiversando mis palabras y pretendiendo negar lo que argumentaba en varios intercambios que debo decir no fueron bien recibidos en el auditorio. Los tres jóvenes afro-estadounidenses expresaron claramente su desacuerdo con la hostil reacción de su compañero oriundo de Florida. Uno de ellos me pidió que relatara mi vínculo individual con la Revolución y explicara qué hecho de mi vida me demostraba la superioridad del socialismo. Conté entonces una anécdota personal que siempre me ha parecido refleja la realidad del socialismo cubano.

Mi hija más chiquita nació prematuramente en 1972. Con el finde mantenerla bajo observación, los médicos la dejaron para un seguimiento en el hospital,otrora clínica privada, aún después que su madre fue dada de alta. El equipo que la atendía,encabezado por el mejor neonatólogo de la época, se esmeraba en cuidarla y nos la entregó en perfecto estado de salud al cabo de la semana. Todos los días y hasta que le dieron el alta íbamos a visitarla alrededor de las 7 de la noche. La buena atención sin que nos costara un centavo era ya un avance significativo. Pero todas las noches sucedía algo aún más importante. Otra pareja con una situación similar iba también regularmente a visitar a su bebita. Pero esa pareja, a diferencia de nosotros que éramos profesionales, estaba constituida por dos cubanos humildes de origen africano, él trabajador de la construcción, ella empleada de limpieza en una escuela. “Eso, les dije a los asistentes, es lo que significa el socialismo, la posibilidad de que personas de diferente extracción social, ingreso y origen étnico recibieran el mejor tratamiento de salud posible, sin distinción alguna.”

La mayoría de los asistentes aplaudieron,incluyendo los tres estudiantes afro-estadounidenses. El segundo joven de origen cubano no pudo más y abandonó la sala tirando un portazo, mientras que el primero se me acercaba y me felicitaba.

Esta anécdota hace recordar manifestaciones de intolerancia de determinados sectores de la emigración cubana dirigidos tanto contra estadounidense como contra cubanos de origen africano. Quizás el caso más sonado fue el bloqueo de la nominación de Mario Baeza, joven abogado cubano-americano de origen africano propuesto por Bill Clinton para Secretario Adjunto de Estado para Asuntos Interamericanos por la Fundación Nacional Cubano-Americana en 1992.

Barack Obama pudo haber sido uno de esos jóvenes afro-estadounidenses si hubiera tenido la edad suficiente. Sus pronunciamientos públicos y su trayectoria, descrita de manera amena y convincente en su obra Dreams From My Father (Sueños de mi Padre), permiten concluir que no es ajeno ni a las contradicciones internas de la sociedad en que vive, ni a los problemas que aquejan a países subdesarrollados como Kenya, nación de origen de su padre, e Indonesia, a donde fue a vivir y estudió acompañando a su madre quién casó en segundas nupcias con un ciudadano de ese país.

Aunque como dijo el Presidente Raúl Castro, la ejecutoria de Sr. Obama estará constreñida por las circunstancias que lo rodean, hay tres factores que pueden conducirlo a romper el estrecho molde de la política norteamericana hacia Cuba en los últimos 50 años.

El Presidente Obama saludando a ciudadanos cubanos en Centro Habana durante la visita que realizara a la capital cubana en marzo del 2016.-(ABC News)

El primero es que Estados Unidos se enfrenta a una serie de cambios y crisis (económica, diplomático-militar y político-ideológica interna) que obligarán al próximo gobierno a repensar de manera pragmática tanto su estrategia doméstica como internacional. El próximo líder estadounidense debe ser un dirigente transformador, afirmó Colin Powell en la televisión norteamericana cuando explicó por qué, siendo republicano, apoyaría al candidato demócrata. Esto demuestra que un sector importante de la élite del poder que dirige los destinos del país buscan cambios.

En segundo lugar, el Presidente electo tendrá que tomar muy en cuenta la base social del movimiento que lo llevó al poder, más allá de los grupos de la élite que lo apoyaron. La masiva manifestación pública que se produjo en el Parque Grant de Chicago la noche del 4 de noviembre cuando se materializó su victoria electoral, triunfo en gran medida sin precedentes en la historia de los comicios de ese país, fue una muestra de la coalición de negros, hispanos, blancos de clase media, jóvenes, mujeres y obreros que constituyen la plataforma sobre la que tendrá que erigir su probable aspiración a la reelección en el 2012.

En tercer lugar, está su bien conocida capacidad para reconocer y aceptar diferencias y trabajar con adversarios. Uno de sus libros preferidos es Team of Rivals (Equipo de Rivales), de la historiadora Doris Kearns Goodwin, en el cual se relata la manera en que otro presidente, Abraham Lincoln, enfrentado a una situación de crisis, incorporó a sus antagonistas a su gabinete y supo forjar una coalición política que le sirvió de base para producir la más grande transformación de la que ha sido testigo Estados Unidos en su historia.

Barack Obama, a diferencia de Bill Clinton, no ha contraído deudas con el conservadurismo norteamericano ni con la extrema derecha de la emigración cubana en Estados Unidos. En esto se parece más a Jimmy Carter, su otro predecesor demócrata más cercano antes de Clinton.

Recuérdese que en la campaña electoral, la archiconservadora candidata a la Vicepresidencia por el Partido Republicano, Sarah Palin, dirigiéndose a una reunión de sus partidarios, cuestionó el patriotismo del Presidente-electo por ser crítico de la actuación de Estados Unidos en el mundo y por asociarse a personas de antecedentes pacifistas radicales como Bill Ayres, profesor de la Universidad de Chicago, como lo era el propio Barack Obama antes de entrar en la política. El mismo Ayres ha escrito que la capacidad de relacionarse con personas de criterios diferentes, incluso radicales, debería ser una virtud y no un defecto de cualquier político estadounidense.

En su libro más reciente, The Audacity of Hope (La Audacia de la Esperanza), el Presidente Electo ha reconocido que su país no es perfecto (como pretende la extrema derecha conservadora hasta ahora en el poder) y criticado la política exterior que, según él, a veces “ha sido equivocada, se ha basado en suposiciones erróneas, ha ignorado las aspiraciones legítimas de otros pueblos, minado nuestra credibilidad y hecho el mundo más peligroso.”

Por supuesto, está crítica empalidece si la comparamos con la realidad, pero raras veces un dirigente político norteamericano ha tenido la entereza e inteligencia para aceptar y asumir tales autocríticas. Habría que retrotraerse a pronunciamientos similares de John F. Kennedy, su hermano Robert o Jimmy Carter.

No sé si alguien le dirá al Sr. Obama que la política hacia Cuba encaja perfectamente en esa crítica o si él tendrá la capacidad para comprenderlo. Hay cambios que no dependen de él exclusivamente pero otros sí. Por añadidura, los presidentes norteamericanos tienen una enorme capacidad de formar consensos, sobre todo uno que ha sido electo de la manera que lo fue el ex Senador por Illinois.

Los cubanos esperamos que tenga éxito en su vocación transformadora pues sus promesas de campaña apuntan en una dirección contraria a la que se ha movido Estados Unidos en el pasado reciente. Eso sería muy positivo para Estados Unidos y para el mundo. Si en ese proceso es capaz de transformar la política hacia Cuba teniendo como norte el respeto hacia esta nación pequeña pero digna que es vecina de Estados Unidos y sólo desea vivir en paz, entonces nuestra resistencia de 50 años quedará más que justificada. Si no, seguiremos en nuestro camino, conscientes de que sólo un pueblo íntegro y noble puede ser dueño de su destino

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