Los espacios públicos de diálogo, debate y deliberación (Segunda parte).

Tres obstáculos a una verdadera cultural del diálogo, el debate y la deliberación

Nota: Estoy reproduciendo por partes las respuestas que di a unas preguntas del sitio web alternativo Cuba Posible sobre el tema del título. Esta es la continuación de mi post anterior y continúa las respuestas a la primera pregunta del Dossier:

  1. ¿En qué medida la política cubana actual identifica la necesidad del debate sistemático y público de nuestros problemas? ¿Y escucha propuestas para solucionarlos?

Entre los obstáculos más importantes que aún prevalecen y se deben superar, identifico tres. El primero tiene que ver con una característica de nuestra vida política que no surgió con la Revolución, que data de períodos anteriores, y es lo que yo calificaría, quizás de manera muy dura, como la falta de una cultura cívica de diálogo y deliberación y de tolerancia por opiniones disidentes y discrepantes. Una democracia que se respete no puede prescindir de esta cultura cívica respetuosa y abierta.

El tipo de cultura intolerante con otras opiniones que se ha aupado históricamente se asocia con la idea de que no hay otra forma de debatir que la de oponerse frontalmente a nuestros adversarios. En Cuba la moderación y la capacidad para la avenencia han sido interpretados por lo general como signos de debilidad y hasta de una actitud antinacional. Ello tiene que ver con nuestra reconocida tendencia hiperbólica.

Tendemos a elevar a la categoría de virtud absoluta algunas actitudes heroicas en el combate contra nuestros enemigos o adversarios. La Protesta de Baraguá, por ejemplo, es un modelo de comportamiento justamente alabado, pero olvidamos que correspondió a una situación específica, como también olvidamos que las circunstancias posteriores obligaron al propio Antonio Maceo a tomarse una tregua que duró varios años. Sin embargo, por ejemplo, no tendemos a colocar en el mismo pedestal los esfuerzos unitarios de Martí previos a la guerra del 95, que requirieron tolerancia y aceptación de opiniones divergentes. La moderación y el respeto por la opinión ajena en el debate público, o en cualquier otro debate, no es algo que nos venga dado. Propendemos a hablar de combate, batalla o enfrentamiento y no de diálogo, conversación o deliberación. Es algo contra lo que tenemos que bregar.

Es común descalificar a las personas con las cuales discrepamos. Se apela muy a menudo al método de “culpa por asociación”. Se es propenso a considerar que detrás de cualquier posicionamiento que no compartimos hay una oscura y perniciosa conspiración “del enemigo”. También se apela a la táctica de “difama que algo queda”. Se hacen acusaciones sin fundamentos o se crean “hombres de paja” para así facilitar su descalificación. Es raro que aceptemos darle a nuestros adversarios políticos el beneficio de la duda. Caemos comúnmente en la dialéctica “amigo vs enemigo” o de “virtud vs traición”.

Esto se vio, por ejemplo, en el debate alrededor de la participación de los ciudadanos que fueron a Panamá el año pasado en representación la llamada “sociedad civil revolucionaria”. Esa “delegación” dio la imagen, consciente o inconscientemente, de que lo que nos caracteriza es la obcecación y la intolerancia, so pretexto de la llamada “intransigencia revolucionaria” o, como alguien lo llamó, “nipinguismo.” Esta actitud conduce el necesario debate por los caminos de la polarización política, que, como hemos visto en otros casos como los de Estados Unidos, Brasil o Venezuela, lleva a las sociedades a callejones sin salida.

Tengo la sensación de que se avanza hacia esa cultura de tolerancia y aceptación de la diversidad pero de vez en cuando asoman manifestaciones negativas y contraproducentes, incluso desde autoridades políticas, hacia proyectos que tienen cómo propósito fundamental que afloren las distintas opiniones que prevalecen entre nuestra ciudadanía. La revista Temas, el proyecto Cuba Posible, y los sitios web de OnCuba y La Joven Cuba, por ejemplo, prestan un indiscutible servicio a la Nación al dar la oportunidad de que se conozca la diversidad y riqueza de pensamiento que existe hoy en Cuba. Sin embargo, a veces se oyen críticas veladas y no tan veladas en las cuales se les acusa injustamente de todo tipo de “debilidades político-ideológicas”, o, incluso, de ser portadores de un proyecto contrario a los intereses de la Nación.

Un segundo problema es que falta una clara definición del gobierno y del partido en cuánto al fomento de los espacios públicos de diálogo, deliberación y debate. Hay que comenzar por reconocer que existe un principio fundamental de la política que es la “libertad de expresión y opinión ”. Ella debe ser no sólo respetada, sino promovida y protegida por todos pero sobre todo por la clase política. Por otra parte, espacios públicos financiados con el presupuesto estatal, que genera la propia ciudadanía con su trabajo, deben estar abiertos a todas las opiniones.

Esta falta de una política específica es paradójica porque el propio Presidente Raúl Castro y otros dirigentes partidistas y gubernamentales han demandado más democracia y han proclamado que las mejores soluciones emergen del más amplio y profundo debate de las más variadas opiniones. Adicionalmente han afirmado que no debe haber secretos para la ciudadanía. Los espacios públicos de diálogo, deliberación y debate deberían ser coherentes con estas ideas y admitir, y hasta promover, opiniones que critiquen a la “opinión oficial”, lo “políticamente correcto” o sus sucedáneas; y que enfrenten a la clase política y a la burocracia con sus errores y deficiencias.

Que no estamos acostumbrados a esta práctica y que no es común a nivel de los liderazgos políticos lo muestra el escaso debate que se produce en las sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Quizás el ejemplo más penoso en este sentido, hace unos años, fue la aprobación unánime, sin ninguna deliberación, de la Ley de Seguridad Social, texto alrededor del cual el propio gobierno había promovido una deliberación nacional en la cual surgieron numerosas opiniones y criterios que no se vieron reflejados en el máximo órgano legislativo.

Finalmente, y en tercer lugar, todo debate político debe estar sustentado no sólo en el contraste y competencia de ideas, sino también en datos de la realidad social y política que sean verificables y transparentes. En cualquier sistema político esto se materializa en la realización de encuestas regulares de opinión pública y en su conocimiento general. En Cuba se hacen pocas encuestas e, incluso, existe la costumbre de mantener en secreto las que se hacen hasta por los centros e instituciones que son públicos, pero que se comportan como propiedad privada. Recuerdo haberle preguntado a una funcionaria del Instituto de Investigaciones de la Opinión del Pueblo (no estoy siquiera seguro de que esa sea su designación oficial) por qué no se hacían públicas sus encuestas y la respuesta fue de que ellos sólo se la entregaban a sus clientes, que era el Comité Central del Partido.

Resumiendo, en política es necesaria la transparencia y ello implica conocer todas las opiniones y criterios, por controversiales que parezcan. Las sociedades tienen que conocerse a sí mismas y para ello es imprescindible fomentar el debate, respetando las opiniones diversas. Tenemos que darnos cuenta que cualquier idea expresada por un cubano es válida y hay que escucharla y respetarla. Por otra parte, tenemos que acostumbrarnos a enfrentar los errores cometidos con valentía y honestidad. Por añadidura, es siempre útil examinar un tema desde distintos ángulos y perspectivas. La discrepancia y la disidencia son positivas y forman parte de cualquier diálogo, debate o deliberación cívicas.

Nota: Para aquellos que prefieran leer el documento en su totalidad en vez de por partes como lo estoy haciendo en este blog, pueden consultar el siguiente sitio web:

http://cubaposible.com/profundizar-las-reformas-en-cuba-hacia-donde-y-como-dialogo-con-carlos-alzugaray/

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