ÉL
Nos conocimos y sucedió como de golpe y como suele suceder (no digo que ocurra con frecuencia, pero todos somos víctimas de este azar alguna vez) que el magnetismo y química -entre cosas cosas que involucran relaciones interpersonales de las que todos hablan pero que nadie visto, y que se reducen a ser el eje del misterio del tal “amor”- fluyeron, así como fluyeron los sucesos. Parecía que algún tipo de movimiento universal se precipitó para juntarnos.
Él tenía la fuerza de un huracán, pero al cabo de un tiempo, también percibía cierta desorientación y se asemejó más como a un tornado, sus brazos me tomaban con poder, con furia; pero a su vez predecía que detrás esto, si me iba se quebraba, sus palabras me remendaron y me destrozaron incontables veces, nunca supe lo que quería, sus intenciones eran impenetrables y por esta razón tuve que matarlo.
Nunca me voy a olvidar de los destrozos que dejó en mí y que en un vaivén de reparos y rupturas, me enamoré. A decir verdad, las cosas no empezaron bien por mi parte y me pregunto (más que por remordimiento, por curiosidad) si este mal momento en que el mundo, con sus devenires misteriosos nos unió, no hubiese sido el caso y yo hubiese tomado las riendas de mis sentimientos en lugar de simplemente dejarme manipular por ellos, las cosas hubiesen salido bien, como esas insulsas parejas de comedia romántica, que al final es predecible que están supuestas a encontrarse.
No voy a entrar en rodeos y diré que él, sin duda, siendo solo un transeúnte en mi vida lleno de hermosas contradicciones, despertó en mí cielo e infierno simultáneamente, me redujo a un híbrido que desconozco bien, me perdí en él y confieso que desarrollé una comodidad en medio de todo este malestar, como aferrándome a vivir en medio de una náusea.
Sin más y súbitamente, después luchar, fui como el camarón que se durmió en medio de la corriente, sucumbí; pero eso sí, las heridas que me dejó nunca cerraron. Me dirigí a su casa,y palpitante de amor, de amor, recelo, odio, amor, posé mi mirada sobre la suya. Como estuvo premeditado, clavé un cuchillo en su corazón, nada en particular, solo un viejo y ligeramente oxidado artefacto de cocina. Murió. Lo maté. O al menos eso hubiese querido haber hecho.