En un mes me convierto en señor (Sara Delia II)
Estaba apenas en secundaria y ya se dejaba ver mi vejez prematura cuando despertaba temprano por mi cafecito y no se me pasaba un día sin hojear el periódico. // Todavía hace un par de años caí en cuenta que no todos los jóvenes de mi edad sabían que significaba un NSS ni se lo sabían de memoria. Yo sí.
Con lo anterior puesto sobre la mesa, he de decir que me ha llegado un poco tarde la ceremonia oficial en la que me convertiré en un señor.
En un mes me caso y, tras 15 meses comprometido he de confesar que estoy un poco aburrido de contestar periódicamente un “¿Y estás nervioso?”. Con monotonía he dicho incesantemente que todavía no, cual si pudiera adivinar que esos nervios serán en algún momento inevitables.
Puede que lo sean. Puede que al momento de apretarme la corbata (¿o el moño? aún no sé que traje usaré) caiga en cuenta que estoy por vivir el momento más importante de mi vida. Siempre existe la opción de tropezar cuando salgamos del templo y tumbar a la novia, o de ver mi rodilla fallar de una buena vez en plena cumbia en la pista.
Quizás más que nervioso, diría que no estoy del todo listo. Nunca lo he estado. Hay cosas fuera de mi alcance que me inquietan.
No estoy listo para casarme, como no estaba listo para empezar mi noviazgo con Sara Delia ni estaba listo para comenzar mi carrera universitaria o mi maestría. Uno nunca está listo hasta que se avienta, hasta que tiene medio segundo con ambos pies en el aire y mira el avión alejándose.
Tantísimos años de vida he tenido que lidiar con las voces que me decían “ay mijito tú siempre tan maduro”. La verdad es que lo más que he hecho en este tiempo ha sido abandonarme a mi fe y confiar en las manos de quienes me rodean. Cualquier tipo de talento y don que posea, he preferido declararlo insuficiente aunque con infinito agradecimiento. No sea que termine mi nombre decorando una lápida con la vulgar y famosa frase de -Muerto por jugarle al vergas-.
He hablado de las manos que me rodean y entre ellas ya se asoman las de mi novia que, si todo sale bien, dentro de un mes estarán tomando el lugar que ningunas otras tendrán. Me declaro culpable de ver en esa escena un sueño cumplido, una intención que empecé a tramar con alevosía desde 2011; que sus manos fueran las únicas, que su vida se enredara con la mía hasta que las líneas divisorias fueran casi imperceptibles.
Pronto dejaré de fingir la sonrisa cuando alguien casado, súper gracioso según él, me pregunta por qué quiero unirme a su infeliz club, por qué decido arruinar mi vida, qué me lleva a atarme si estoy tan joven. Escuchando sus inquietudes sospecho que seré inmensamente feliz; hemos vivido un noviazgo distinto al de las personas que nos rodean. En ello, adivinan, radicará nuestro fracaso. En ello, confío, estará nuestra unidad.
(Mi primera regla personal en el matrimonio será no amedrentar a los que deciden dar ese paso, sobre todo si no me han pedido consejo)
Ni nervioso ni listo. Feliz. Quizá demasiado feliz como para estar plenamente consciente de los riesgos de mis actos. Además, ¿cómo voy a estar listo para escuchar a quien más amo decir que me amará en todo momento, en lo próspero, en lo adverso? ¿Cómo voy a presumirme lo suficientemente listo para amarla como se merece? Estas preguntas se pasean en mi cabeza con más insistencia desde hace meses, aunque estaban ahí desde que la conocí. De hecho estaban ahí desde antes, cuando deseaba con todo el corazón que ella existiera.
Dejo de preguntarme con retórica y miro el calendario.
Estoy por convertirme en un señor.
Uno casado.
Ramírez Gutiérrez.
Iván de Sara Delia.
Hasta que la muerte nos separe.