No prevalecerán

Este post se ha venido escribiendo solito en mi cabeza desde hace muchos años. Lo que haré aquí es sólo escupir una primera parte que he ido dictándome en las mañanas con mi taza de café, previo al trabajo. Nada particular lo disparó.

Soy una de las tantísimas personas que se encuentra constantemente perturbado por los “aires de cambio” que intentan soplar dentro de la Iglesia Católica, cada vez con mayor fuerza y frecuencia. Me cimbran tanto las notas que cuentan los escándalos de los cardenales más renombrados como las confrontaciones con sacerdotes a quienes trato en persona y que de pronto parecen doblegar las manos ante las presiones de fuera.

Repito, soy una de las tantísimas personas. Poco a poco estoy más consciente de que no somos pocos aunque cada vez sea más difícil levantar la voz con una opinión parecida a la que estoy dando sin ser tachado de soberbio, ultra conservador o tradicionalista, pasando por enemigo del Papa y hasta Lefebvrista. Pero pasa que lo que hace unos años era un secreto a voces, hoy se está volviendo una realidad muy visible pero que aún causa incomodidad de ser platicada por los mismos fieles.

Cuesta reconocer cuánto extraño la sobriedad, la claridad con la que hablaban de la doctrina y el trato pastoral de los pontificados de Benedicto XVI o de San Juan Pablo II. Cuesta reconocer cómo a veces siento que el Papa Francisco se comporta más seguido como un político que predica pura buena onda que como el vicario de Cristo.

Y celebro el empeño con el que se insiste recientemente desde el Vaticano en el acercamiento a los pobres, el combate a la corrupción, la falta de apego a la riqueza y la necesidad de no cerrar las puertas a quienes quieren acercarse a Dios. Pero aún con ello, creo firmemente que la personalidad del Papa ha favorecido para que pastores tibios o hasta malintencionados estén montando su fiesta sobre la Iglesia y -disfrutando del poder que les otorga el sacramento del Orden- tuerzan las enseñanzas de Cristo de manera que sean menos difíciles de seguir, cambien a conveniencia lo que la Iglesia viene enseñando y practicando durante siglos y busquen congraciarse con el mundo para que este no los persiga más.

A mis escasos 27 añoro frecuentemente una Iglesia que prácticamente nunca conocí. No imagino la desolación que sienten quienes han visto el desorden durante décadas. Cada vez son más puertas que se abren y es difícil mantener el buen ánimo cubriendo todos los frentes; la banalización de la liturgia, los pastores pro-LGBetc, las pugnas por permitir el sacerdocio femenino, el ensalzamiento del Luteranismo, el ecumenismo desbordado, el mal uso de los templos, la lentitud del Papa para corregir confusiones y malas interpretaciones, el forzado sincretismo con la ecología, la ausencia de Jesús en los mensajes y homilías de los sacerdotes, el acercamiento pastoral por encima de la doctrina, el choque de posturas entre grupos de obispos, y un triste y largo etcétera.

Cada quien podrá ponerle el nombre que prefiera a la hora de buscar razones. El Concilio Vaticano II. Infiltraciones en el clero. Conspiración. Progresismo. Un simple y vago “la Iglesia por fin se está modernizando”. Como sea, percibo entre muchos de nosotros un corazón afligido al ver que la persecusión más dura por querer perseverar en el seguimiento del Evangelio no viene de fuera, sino de dentro de la misma Iglesia.

Personalmente, algo de lo que más incomoda es no encontrar ya paz ni siquiera dentro de los templos. Es un verdadero desafío disfrutar a Cristo en la Eucaristía cuando se está incómodo con lo estruendoso de la música en la misa, cuando cada vez menos gente del pueblo sabe adorar sin gritos, danzas y aplausos, cuando el sacerdote hace la genuflexión -si la hace- más floja del mundo al consagrar una hostia y predica a un Jesús tan genial que prácticamente no parece haber dicho nunca nada contra el pecado. Es en los templos donde más se asoma el triunfo de la falta de fe y el pisoteo del sentido de lo sagrado.

Cabe mencionar que aunque el texto se lee terriblemente pesimista y negativo, mi fe no se ha tambaleado ni un poco, nada. Insisto en que estoy dejando por escrito algo que he venido arrastrando durante muchos años, un pesar que cargo encima y que por cada piedrita que logro soltar a veces, se suman otras 3. Más aún, hace varios años que platicaba de muchas de estas cosas a los jóvenes del grupo parroquial al que coordinaba, así que esto, más que una novedad, es una válvula de escape que necesitaba abrir un rato.

Hablar de este tema no compromete el amor que tengo por la Iglesia. Menos cuando encuentro de primera mano en nuestras parroquias a sacerdotes que son plenamente fieles a su ministerio y a laicos dispuestos al martirio; los hay y por montones. Pero ignorar la realidad por gusto es negligente. Y miren que más de una vez me he tomado períodos de descanso voluntarios para no estarme enterando de los escándalos más recientes, pero siempre termino prefiriendo saber por dónde van los nuevas distorsiones para estar advertido de lo que se viene.

Para muchos es casi un problema invisible. Diría incluso que para la mayoría. Mucha gente no tiene otro acercamiento a la Iglesia más que la misa dominical. Siento una envidia -sana, si existe- por ellos, que al ignorar la profundidad del caos que se vive sienten paz y gozo por su feliz relación con Dios.

Otros no podemos quedarnos quietos al ver lo que pasa. Seguramente nos estamos preocupando de más, pero prefiero pensar que al momento del juicio seremos acusados de “exceso de preocupación y celo” que de haber acomodado los mandamientos a nuestros propios criterios.

Ciertamente, una eventual extinción de la Iglesia no me preocupa en lo más mínimo. Me duele, definitivamente, imaginar la cantidad de almas que se perderán a medida que crezca el engaño. Me enfurece mirar la indiferencia de los pastores que, supuestamente, deben defender al rebaño.

Pero dos cosas puntuales me consuelan; primero, que cuando Jesús habló de la Iglesia no se refería únicamente al Vaticano o al clero. Y segundo, que Cristo pronunció dos palabras que representan una promesa más grande que el derrumbe que estamos viviendo. 
No prevalecerán.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.