Deportivo Quito: el RocknRolla del fútbol ecuatoriano

No voy hablar de la crisis del fútbol ecuatoriano, que todos sabemos en qué situación está y quien o quienes son los culpables, Deportivo Quito es solo la punta del iceberg. Tampoco quiero hablar del fair play financiero y del “karma“, con los que mucho justifican su alegría saberle a Deportivo Quito prácticamente en la B o incluso desaparecido. Menos aún de la parte financiera o legal. No. Yo quiero hablar de fútbol, del deporte pasional y visceral que amamos.

Y es que Deportivo Quito es un RocknRolla en terapia intensiva. Vive conectado a un respirador artificial –desde hace varios años- y parece que ya no puede más. ¡Pero no se confundan! Deportivo Quito no es un viejo decrépito que muere solo en una fría cama de hospital. La Academia es una especie de Keith Richards, un tipo que vivió mucho y a lo grande. Fueron años repletos de excesos y mujeres, ahora esta mala vida le está pasando factura. El Quito no está solo, afuera del hospital sus groupies hacen vigilia, visten camisetas azul grana y corean himnos al son de la murga. La Hinchada no puede hacer nada para salvar a moribundo, pero tampoco lo abandonará en su lecho de muerte. Quizás tengamos el alma vendida al diablo como un rockstar y por eso no hemos muerto aún… quién sabe.

No nos pidan coherencia, porque somos hinchas. Si, hinchas de unos colores y del fútbol, de ese deporte irracional y hermoso, el que nos permite comportarnos como niños en día de navidad por 90 minutos, el que nos da alegrías después de un mala jornada de trabajo, el que nos une en abrazos apasionados con el desconocido, el que nos da algo más por qué vivir. Han sido años gloriosos: la caravana a la Latacunga en 2008, no se borrará; el 3 a 0 a Liga con golazos de Borghello y Pirchio, al son de “igual, igual, con copa y recopa….“, no nos quita nadie; lo bailado en la Plaza del Teatro después del gol agónico de Alustiza en 2011, menos aún.

No sabemos lo que pasará en las próximas horas, días o semanas con Deportivo Quito. Por eso el domingo me pondré una vez más la azul grana. Para ser testigo de ver a la AKD saltar a la cancha como un equipo de primera, o con su nombre de pila –quizás por última vez. Iré con mi papá y mi hermano a la preferencia del Atahualpa y saludaré con mis amigos de la fila. Gritaré: “¡y dale, y dale, y dale Quito dale!“. Me compraré una cerveza y un par de empanadas de morocho en el entretiempo. Cantaré e insultaré. Viviré estos últimos partidos como si fueran los últimos, como siempre los he vivido, desde que pise esas gradas a los seis años. Todo eso porque el verdadero hincha sabe que la pasión por su club es un dogma de fe y como tal también nos aferramos a los milagros, aunque estemos ya preparados para lo peor.

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