Dualidades inversas de colores y reflejos I -Una reflexión sobre el cine de Kieslowski

Krzysztof Kieslowski (1994)

(En esta reflexión intentaré no exponer detalles argumentales importantes dentro de las películas de Kieslowski)

Mi primera toma de contacto con el cine de Kieslowski fue hace unos meses. En un principio quería empezar por su ‘Decálogo’, pero por vicisitudes del destino y dificultades para encontrar su obra restaurada, acabé viendo el filme ‘Tres Colores: Azul’. Podría decir que tengo un recuerdo algo remoto de las sensaciones que de algún modo, desde una inocencia inequívoca, me asaltaron de súbito durante el tiempo que duró la película. No pude discernir entre tristeza o melancolía, la unión de ambas o su propia confrontación. Así que ciego y a la deriva, preferí rendirme ante el transcurso de sus tonos fríos, pero no vacuos. Y sobretodo, al vaivén emocional de las imágenes acariciando la música de Preisner. Y simplemente… todo ocurrió. No puedo decir qué encajó porque no lo vi como un rompecabezas. En su totalidad, eran piezas y engranajes que no necesitaban encajar porque las emociones que generaban ya lo hacían por ellas mismas. La composición audiovisual posee un lenguaje propio, sin necesidad de reflexiones complejas para situar en los sentimientos e inquietudes que el propio Kieslowski intentó desentrañar. Y bajo esta gran mezcolanza de cine sensitivo y dramático por naturaleza, quise saciar aún más el vacío irremediable post-visionado.

Juliette Binoche en ‘Tres Colores: Azul’ (1993)

No devoré las dos películas restantes de la trilogía ‘Tres Colores’ de forma inmediata. Pasaron unos cuantos meses hasta que decidí retomar su filmografía. Era el turno de ‘Tres Colores: Blanco’. Y aún con la esencia perviviendo de los pesares y emociones de ‘Azul’, me entregué de nuevo a este extraño viaje dentro del universo tan prometedor que Kieslowski había tejido a base de dramas mundanos transcurridos en la doble silueta de Polonia y Francia a finales de siglo XX. La figura geográfica de ambos países es importante en sus representaciones fílmicas, cumple el mismo requisito que su lenguaje narrativo, sirven de referencia para que cualquier persona de este mundo pueda identificarse sin necesidad de haber estado nunca en ninguno de estos lugares. Las emociones funcionan a nivel universal, y eso es algo que Kieslowski va a dejar claro en la mayor parte de su obra. La necesidad de ese entendimiento es una idea que se ata a las raíces del universo que creó con ‘Tres Colores’. Después de este inciso, sigamos con ‘Blanco’. Mientras escribo esta especie de desvarío/intento de reflexión, las melodías de Preisner me ayudan a recordar ciertos resquicios significativos de lo que pude sentir viendo la película. Y sin duda alguna, la banda sonora de ‘Tres colores: Blanco’ es una de mis favoritas. Los espacios en calma que deja para atenuar el peso de lo que ocurre en escena, definen y contrastan el sentido visual de la película. Su muestra más desgarradora es el manto de afecto confuso en el que sumerge una de las escenas más brillantes que he visto respecto a la incógnita en la finalidad de las relaciones humanas. Y su respuesta, no se concibe con palabra alguna.

Zbigniew Zamachowski en ‘Tres Colores: Blanco’ (1994)

El ocaso es inevitable. Al terminar con ‘Blanco’ tardé unos días en disponerme a profundizar en el último fragmento de la trilogía, aún con la indecisión en mente de saber si la disfrutaría como las dos películas anteriores. Pero existe siempre esa inquietud nerviosa hacia lo que puede mutar una idea, y sobretodo, el broche final que se le puede dar. La característica más elogiable de ‘Tres Colores: Rojo’, es la facilidad que posee para unir los detalles que cimientan los designios de los personajes de todas las historias relativas al tríptico del cineasta polaco. No funciona únicamente como un cierre, aprovecha para asentarse en los recovecos que han marcado los puntos de inflexión de esta última historia. Poniendo en duda afectos que se han fragmentado con el paso del tiempo y revitalizando otros antaño desgarrados. ‘Rojo’ sintetiza el deseo de deconstruir el pasado, huyendo de la compasión artificial y de artificios frívolos. Posee ese toque inexplicable que convierte a la obra de Kieslowski en un reflejo claro de las inquietudes humanas y sus dolencias. El merecido final para su trilogía de colores, donde lo que se muestra y escucha, retuerce el espíritu y explora nuevas intenciones incapaces de marchitarse, tan profundas pero a la vez tan accesibles a través del sentimiento.

Irène Jacob en ‘Tres Colores: Rojo’ (1994)
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