Relatos de ficción

Dejarlo todo por amor, ¿qué voy a hacer para continuar?

Por Joaquín Torreblanca


Ahora que me dejaste, ¿qué voy a hacer para continuar? Lo dejé todo y apenas puedo caminar con mis pies descalzos sobre un asfalto que quizá nunca debí pisar.

Todo comenzó aquella mañana del 24 de abril, cuando me asomé a la gran urbe a comprar salvado y maíz para Ric, Louise y Paul, mis tres equinos. Allí, en Animal Zoo, una de las mejores tiendas de animales de toda Charlotte, como en un día cualquiera, conocí a Lisa. Alta, rubia, cuerpo atlético y de tez clara, como si el sol apenas hiciese presencia en su piel casi incorrupta por el paso de los años.

Yo, apenas preparado para comprar alimento para mis caballos, solo acerté a dedicarle una de mis más sinceras sonrisas. Lisa, tímidamente, me la devolvió. Pero nada más. Volví a mi finca con la sensación de haber perdido la oportunidad de mi vida: jamás nadie, y menos una mujer de tal belleza, me había cautivado tanto como lo hizo ella. Lisa podría haber sido, pensé, la mujer que tanto había deseado en mis 42 años de vida, de una vida dedicada al campo, herencia de mis fallecidos padres, que murieron hace ya años. Pero, ¿cómo no pude decirle nada a aquella dulce mujer?

Volví a la tienda de donde nació toda la esperanza. Volví dos meses después, de nuevo a por salvado y maíz. A mis tres caballos, lo único que tengo, había que alimentarlos bien. En aquella ocasión no la encontré, pese a que anduve casi obsesionado por aquellos infinitos pasillos llenos de productos para animales en aquella casi infinita ciudad llamada Charlotte, a la que nunca me acostumbre.

Al salir de aquellas manzanas insufribles, con el todoterreno que me compré hace ahora ocho años, la vi. Aquel día llevaba botas altas, sombrero, gafas de sol nada baratas y también estaba ella. Su sonrisa, casi pura. En esa ocasión no quise perder la oportunidad: me decidí. Frené. Y le hablé: ¿Qué tal, la puedo llevar a algún sitio?”. Ella me espetó un rotundo “no” y aunque tardé en convencerla, accedió. Debía ir a su casa, varios kilómetros adelante y la llevé. Cómo no.

Desde aquel instante, lo confieso, noté que algo podría surgir entre nosotros. Era mi oportunidad después de tantos años sin estar enamorado. Solo una chica, cuando tenía 19 años, logró remover mi corazón. Y nada más. Por lo que aquella aventura se había convertido en mi gran oportunidad, que estaba seguro no desaprovecharía bajo ningún concepto.

Le pedí su número de teléfono. Aunque era un negado de la tecnología, todavía conservaba aquél aparatejo de telefonía fija que un día, un majo técnico me convenció a poner en mi humilde campo. Desde aquel instante, después de darme su número, la llamé en varias ocasiones y quedamos muchas más veces de las que en un principio pensé.

La historia parecía seguir adelante. Todo marchaba genial. Mis esperanzas en ella se habían volcado. Era mi gran oportunidad. Nos marchamos a vivir juntos. Todo fue demasiado rápido, quizá. Aunque su familia era adinerada, no podía permitir ser un mantenido y conseguí vender mi hacienda, excepto un pequeño rincón, las cuadras. Porque mis caballos eran míos y el cariño que les tenía era inmenso. Se podría decir que era la herencia viva que mis padres me habían dejado. Su legado. El que había que mantener.

El piso lo pagamos entre los dos, aunque me convenció de ponerlo a su nombre. Quería dejarlo en herencia a su pequeñajo de seis años, fruto de un matrimonio fallido con un apoderado magnate de tierras americanas y me dijo que esa era la solución más fácil para que él pudiera disfrutar de aquella casa en pleno centro. Esa fue mi perdición. Fueron seis años maravillosos. De viajes interminables, conociendo un mundo que ni siquiera sabía que existía. Pero el amor se acabó. O sus ganas de estar con un pobre campesino que lo dejó todo para marcharse en busca del amor: “Ha llegado el momento de decirte adiós, desde hace tiempo, no siento lo mismo”, me dijo.

Un amor de película convertido en una pesadilla, pensé, sin yo poder evitar ese triste final. Su mirada y su sonrisa se apagaron ante mí, ¿qué podía hacer? Se acabó como terminan muchas historias, sin que haya nada detrás. Simplemente se acabó. Llevaba tiempo en el que su relación conmigo había cambiado. Sus palabras no eran iguales. Ni su voz. Se excusaba para hacer cualquier cosa, incluso para acompañar a su pequeño a clases extra escolares. Nada tenía sentido ya para ella. Quizá fui uno más.

Lo que para ella fue una simple despedida, para mí no. Y aquí estoy ahora. En Charlotte. Solo. Escribiendo esta historia en un papel humedecido por las últimas lluvias que un señor de buen ver ha tenido a bien dejarme. Sin saber cuándo podré llevarme algo de comer a la boca. ¿Y mis caballos? Ahora eso es lo único que me queda, ellos siguen escondidos en aquella cuadra que aún continúa a mi nombre pero que está a más de 40 kilómetros de este parque, en el que me hallo casi invisible a los ojos de la gente. Lo dejé todo y me dejaron sin nada. Descalzo. Tirado. Con hambre. Con una vida recompuesta para volver a romperse a pedazos. ¿Cuán diferente sería mi vida de no haberlo dejado todo por amor?