Conociendo a Dios fuera de la rutina. (Devocional).

La vida en sí es una rutina. Nuestra costumbre básica de cada día suele ser despertarnos por la mañana, darnos una ducha, vestirnos, desayunar y salir al trabajo o a la escuela. Después regresar por la tarde a nuestro hogar, cenar, descansar un poco y relajarse. Quizá otra buena ducha antes de ir a la cama y después a dormir para volver a hacer lo mismo al día siguiente. A esto se le conoce como la vida cotidiana. En realidad no tiene nada de malo, pero puede convertirse en una monotonía muy frustrante.

El rey Salomón dedicó todo un libro para hablar acerca de lo molesto que se puede volver la vida rutinaria. Esta es la declaración con la que abrió su discusión en Eclesiastés 1:2:

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.”

Y de nuevo en los versículos nueve y catorce habla de lo vano que es la vida, y da la razón por la cual esto llega a suceder:

“¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol…Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu.”

La simple razón por qué la rutina puede llegar a fastidiarnos tanto es por el hecho de que no hay nada nuevo debajo del sol. Y creo personalmente que la clave para entender el por qué la rutina es una vanidad y aflicción de espíritu es la frase “debajo del sol.”

Debajo del Sol ilustra todo lo que es terrenal y temporal. Es decir, todo lo que no es celestial o de valor eterno. Hablando entonces de la rutina, se puede decir que entre todas las cosas que hacemos terrenales no existe nada nuevo en nuestra vida diaria y todo ello es de un valor muy insignificante comparado con la eternidad. Viéndolo de esta manera, entonces es más fácil aceptar que Salomón no estaba exagerando al decir que todo es vano y por eso aflige nuestras almas. En otras palabras, la rutina de la vida, si no tiene un propósito de valor eterno que la motive, solamente se vuelve vacía, sin sentido y fastidiosa.

¿Cuál es entonces la solución para la aflicción y la vanidad del la vida rutinaria? La única solución eterna y de valor trascendente para este nuestro problema sigue siendo Dios. El apóstol Pablo se refirió precisamente a esto cuando escribió en Colosenses 3:1–4:

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.”

La razón por la cual solo Dios puede aliviar nuestra aflicción del alma es porque Él mismo es nuestra vida y todo nuestro ser anhela fervientemente su única satisfacción, esto es, el descansar en y disfrutar de la presencia plena del Dios vivo. Por eso es necesario vivir nuestra vida enfocados en todo lo que es de valor eterno y que es imposible encontrarlo debajo del sol.

Conocer a Dios fuera de la rutina simplemente significa buscarlo y encontrarlo no en las cosas temporales de esta vida, sino más bien por medio de lo eterno y celestial. Lo único que sinceramente puede transformar nuestras vidas cotidianas y ayudarnos a no enredarnos en una agotable rutina, es hacer todo lo que hacemos con una constante consciencia de Dios y Su hermosura, contemplándole por fe en Su gloria. Es entonces cuando todo lo demás tendrá sentido en esta vida.