Informe anual del estado de las apps sociales: observando la no observación

En esta ocasión tenía dudas de si venir aquí, mi rincón más tecnológico, a satisfacer mi tecladorrea o abrir Martinelízate, donde tiene cabida todo por ser mi pozo personal de pensamientos transcritos, porque la cosa está a caballo entre ambos planteamientos. Y evidentemente al final la balanza se inclinó por Medium.

Desde hace semanas me he dado cuenta de cómo ha cambiado mi uso de las redes sociales (o, mejor dicho, apps sociales) con los años, de cómo han ido evolucionando éstas desde que empezaron a extenderse (y las que han ido naciendo) y de en qué grado están asentadas en mis círculos sociales (dejadme ponerlo en plural, que de ilusión también se vive). Un cúmulo de ideas que parecen tener digestión fácil pero que puede que no lo sea tanto si, como en mi caso, tienes una neurona algo menos disponible y eres adicta al método científico hasta para tus observaciones de intrusa y de pacotilla.

Y, ¿sabéis qué me parece? Que estamos hechos un lío. Que igual que la noche confundía a Dinio, a nosotros nos confunde nuestra propia realidad, la que hemos ido creando con nuestra respuesta como usuarios y clientes en unos ocho años. Pero vayamos por partes, que aquí el dedo me apunta a mí también.

El amalgama social: ¿la quiebra de las etiquetas?

En mi niñez era todo muy simple, todo. La diversión se medía según cómo de magulladas llegaban tus rodillas a casa y tu plato favorito eran los espaguetis, la pizza o cualquier otra cosa poco frecuente (e importada, normalmente). También era simple el mapa social; si en aquel momento hubiese sabido qué era un mindmap y hubiese hecho uno de mis relaciones sociales, probablemente hubiese tenido dos o tres tipos: familiar, amigo y novio. Lo de amigo y novio era súper matemático y había ciertas claves que se tenían que cumplir para pasar de un nivel a otro: o blanco o negro. Luego, con la efervescencia hormonal, la curiosidad y una sociedad que iba abriéndose a su ritmo en este sentido ya iban apareciendo grises y flexibilizando un poco las etiquetas. Y entonces vino internet: OMG!

Hasta el momento tuve amistades por carta y aquello era lo mismo pero al momento y con buena letra

Recuerdo que me fascinó, que me abrumaban las posibilidades e incluso daba cierto temor, pero que tenía que explotarlas. La curiosidad y la fascinación eran mucho mayores a aquella prevención mal teñida de miedo descafeinado y en nada tuve mi dirección de correo, y procedí con las actividades que en ese momento se hacían en la red: buscar información, chatear y “obtener recursos audiovisuales”. No tardé en hacer amistades y eso no me parecía nada extraño: hasta el momento tuve amistades por carta y aquello era lo mismo pero al momento y con buena letra. Pero las amistades no presenciales quedaban relegadas a un nivel inferior por la desconfianza y la precaución, creándose un abstracto y férreo muro entre un tipo de amigos y otros en aquellos primeros momentos de expansión de la red.

Han pasado 17 años y el muro sigue. En 2016.

Desde aquel momento hasta hoy el paradigma social ha cambiado de manera abismal a la fuerza, por castigo, queramos verlo o no. Somos animales sociales y se nos educa en ese sentido, pero lo que creo que deberíamos asimilar es que los conceptos “social” o “relación” no implican contacto o presencia per se. Tampoco digo que se exima de ésta por completo, porque hay vínculos que se fortalecen con el tiempo y que independientemente del origen acaban desencadenando una necesidad de contacto (porque, salvo rara excepción, estamos diseñados para sentir en conjunto y para que ello nos satisfaga). Pero en la actualidad aún se sigue sin dar el mismo peso a una relación de origen presencial que a una de origen virtual en más ocasiones de las que parece, cuando de aquellas amistades fraguadas tras el nimio intercambio de un nick y un mail ahora nos sobra información (en bastantes casos). Y a mí eso me da mucha pereza y me huele a rancio.

Actualmente hay medios de sobra para poder entablar relaciones muy válidas sin contacto alguno, y la prueba soy yo misma. Yo misma empecé a trabajar sin encajar la mano físicamente a nadie y de hecho no desvirtualicé a compañeros y superiores hasta pasados muchos meses. Y, bueno, sobre la condescendencia y los prejuicios con “este tipo de trabajos” ya hablé en otra ocasión y es otro tema, pero obviando esto y teniendo en cuenta que un trabajo es un vínculo formal y serio aún partiendo de un contacto no presencial, ¿por qué una amistad virtual tiene menos valor? Ojalá no sea así para vosotros, ojalá no veáis más porción de la esclerótica de vuestro interlocutor cuando comentáis entre risas las bromas que os hacéis por Telegram o Twitter o cuando decís la palabra “amigo” en referencia a alguien que no está en su base de datos. Porque lamento deciros que pasa, aún pasa.

Internet ha provisto a la sociedad, con la ayuda de los desarrolladores y Zuckerbergs varios, de una vía rápida para encontrar a alguien con quien hablar del tiempo, de gatos o de la primavera en Sebastopol en cuestión de segundos. De toparnos con alguien afín como nadie lo había sido hasta ahora. A alguien con ganas de discutir. A maestros. También con elementos que puede que no busquemos como esos sujetos de necesidad eterna de abrazos y/o desahogos gonadotróficos. Internet ha acomodado la creación de una relación, lo ha agilizado. Nos ha dispuesto un buffet libre de interacciones para que elijamos lo que queramos, y que está ahí aunque no nos interese pasar la bandeja. El problema es la gente que a estas alturas no la quiere pasar porque menosprecia lo que ofrece, y que ve diferencias de calidad entre lo que hay en el buffet y lo que tiene en su plato presencial. Algo que en ocasiones se canaliza con miradas de ceño cóncavo que combinan incredulidad y cierta lástima, cuando lo verdaderamente lastimoso es que no se asuma esta realidad.

El mito del perfil de las apps sociales

Me hace mucha gracia que se asocie un perfil a una app o red social. Entiendo que la estadística es súper chuli y que la mayoría es la mayoría aquí y en China (sobre todo allí), pero hemos de tener clara la flexibilidad y la variabilidad que pueden tener los datos en referencia a servicios como las apps sociales considerando la velocidad que llega a tener la circulación de la información y la dependencia a las modas. Éstas, las modas, son un timón bipolar que puede girar a babor o a estribor sin esperarlo y lanzar al éxito o sepultar en el olvido en cuestión de horas, y los servicios sociales son tanto vehículo como vehiculados por ellas. Y a veces cuesta seguirles el ritmo incluso cuando tienes al menos una de tus pupilas casi constantemente en ellas.

A los adultos nos gustan cada vez más las apps sociales y las estamos colonizando

Me hace gracia también el estereotipo del adolescente enganchado a las redes sociales y a las autofotos. No digo que no exista, un cliché suele tener un origen y el de éste está por todas partes, pero es que resulta que no son sólo adolescentes. De hecho, lo que yo veo desde hace tiempo es que las apps sociales son un néctar ideal para las abejas que ya llevan muchos vuelos. Son una brisa de aire fresco cuando el ambiente está muy cargado o un haz de luz con emojis en un espacio ya apagado y lúgubre. A los adultos nos gustan cada vez más las apps sociales y las estamos colonizando.

Y aquí viene mi hipótesis (me pongo el sombrerito de socióloga y estadista).

> Por un lado, el móvil para el adolescente es la manera de tener entretenimiento y un contacto continuo con los amigos, que lo son casi todo en ese momento de la vida. Las apps de mensajería y redes sociales son las herramientas que proporcionan esta posibilidad de comunicación continua, y la ampliación del círculo social es un complemento (salvo en los crueles casos de marginación, en los que puede ser el uso principal).

>En los adultos es más probable que haya una curiosidad o una intención de entablar una conversación nueva, para escapar de la rutina o para tener una, una rutina social como consecuencia de la conformación de un nuevo círculo de amistades. Puede que ni lo busques, que por ejemplo te dé por despotricar porque tu equipo ha perdido creyendo que lo haces al aire y sin que nadie te tenga en cuenta pero resulta que alguien te lee y empieza una conversación. Las apps sociales son un megáfono, un púlpito, un hombro y/o un oído, la necesidad de cualquiera de estas cosas va in crescendo a medida que “maduramos” (a la vista de los hechos). Por eso creo que es normal que los adultos hayamos colonizado Facebook, Instagram, Twitter o Snapchat. Y el caso de esta última me fascina.

Snapchat: el memento de las apps sociales

Dicen que las películas de Christopher Nolan te encantan o las odias, y mucha gente se queda sin saberlo porque no las ve. Y creo que con Snapchat pasa un poco lo mismo.

A ti te dicen que Memento es una película rara y puede que justo por eso decidas no verla, sin comprobarlo. A mí con Snapchat me pasó eso más o menos: la entendía como moda adolescente parásita de tiempo y durante años la relegué a ese saco rancio mío de “Modas mainstream que no seguiré”. Con el tiempo vi que gente de mi timeline de Twitter empezaba a usarla con frecuencia y que parecían disfrutarlo (podéis creeros o no las reacciones de la gente de vuestro TL, yo del mío me las creo que para eso les sigo). Tras algunos intentos y una curva de aprendizaje que ha de ser similar a la del kazajo de pueblo, entendí qué se podía hacer y, sobre todo, qué uso hacía la gente a la que seguía. Y, personalmente, el Memento me gustó.

Snapchat es una maravillosa fusión de elementos que consolidan un atractivo a nivel de entretenimiento y comunicación que puede encajarte perfectamente o no serte atractivo en ningún momento

Snapchat no es una red social, es un escaparate con contrato de exclusividad. Es una maravillosa fusión de elementos que consolidan un atractivo a nivel de entretenimiento y comunicación que puede encajarte perfectamente o no serte atractivo en ningún momento. Es un respiro tanto activo como pasivo, tanto si necesitas emitir algo como si necesitas distraerte y ver qué han emitido otros. Y resulta una manera muy amena de conocer a personas mucho mejor, siendo en algunos casos la guinda personal que complementa a redes sociales y mensajería. Puede que porque los componentes “oído” y “hombro” estén mejor aplicados por defecto y no de manera dependiente a una respuesta activa. Me explico.

A Snapchat no la considero red social porque es complicado formar una comunidad, no hay “compartir”, ni retweet ni sugerencias de a quién seguir. Y por esto mismo tienes cierto clima de “intimidad”, de confianza. Cuando empiezas a tener interacciones ves que en muchas ocasiones es un ritual, una compañía durante un trayecto, un monólogo o un resumen de una jornada. Empiezas a confraternizar unidireccionalmente sin darte cuenta y a dedicar uno o varios momentos del día a consultarla. Es tu serie de episodios fugaces diarios y reales en el móvil, y poco a poco ves cómo tus chorradas también van siendo la serie de otras personas. Spiegel y su equipo decidieron poner el pictograma de un ojo para representar las visualizaciones, pero en realidad es más bien un oído (el cerebral). Y esos dulces en forma de dosis de atención no parecen amargar a nadie, sino todo lo contrario.

¿Snapchat de adolescentes? Las risas.

La verdadera facebookización de Twitter

Que en vez de una estrella se ponga un corazón para los favoritos es lo menos de Facebook que tiene Twitter en la actualidad, al menos de aquel Facebook inocente y primigenio.

Hace unos años Facebook era un buen oído porque se componía básicamente de pensamientos y respuestas humanas, y se entraba a contar cualquier chorrada con la intención de compartir algo o desahogarse. Pero con la incorporación de nuevos elementos y las plagas de cartelitos en forma de abortos de Power Points reciclados fueron mermando esta función de oído, y con ello dejando de satisfacer la necesidad de expresión.

Twitter es la Nueva York de las redes sociales porque nunca duerme y siempre hay alguien

¿A quién pasó esta pelota? A Twitter. La red social del pajarito perdió su esencia de avisador en breve cuando sus usuarios empezaron a compartir ideas y pensamientos personales, pero lo que no se perdió (sino todo lo contrario) fue la frenética frecuencia de actualización de sus contenidos. El pájaro del icono no es un loro, sino un un colibrí. Un organismo de corazón incombustible de frecuencia imposible, y esto es un jugoso reclamo para quien necesita responder y ser respondido; Twitter es la Nueva York de las redes sociales porque nunca duerme y siempre hay alguien. Y está siendo la red de seguridad a la que caen muchos usuarios que no han sabido (o querido) seguir manteniéndose en el cable que en su día dispuso Zuckerberg y por el que muchos empezamos a hacer equilibrismo social.

¿Qué me lleva a pensar eso? Que incluso desde mi ignorante y ridículo lugar en esta red (y siguiendo a cuatro gatos) percibo que hay bastantes nuevos usuarios que buscan una conversación casi como sea y que no se tiene claro eso de mencionar, ni en cuanto a la intención ni en relación a cómo puede afectar al mencionado (justo haciendo aquellas mismas cosas que hacíamos en nuestros primeros tweets). También hay más #WTFavs y retweets de tweets añejos, y puede que por eso Dorsey y los suyos decidiesen ponernos unos FAVs más tontorrones.

¿Twitter de freakis? Las risas.

A veces no rompemos las cosas de tanto usarlas

El otro día planteaba que no estamos preparados para las apps sociales cuando ocurren timos y delitos aprovechando su función esencial de crear una comunicación. No lo estamos por ser inocentes ante el delincuente y éstos no lo están ni para las apps sociales ni para la sociedad en general porque son unos mal nacidos. E igual que nos falta madurar para llevarnos sustos nos falta madurar para entenderlas. Para comprender su plasticidad funcional y demográfica, y dejarnos de ideas preconcebidas. Encontrar el punto medio entre probar para opinar y no publicar hasta la etiqueta de los calzoncillos, algo que creo que no es demasiado difícil cuando nosotros los de neurona corta alcanzamos.

También encontrar ese punto medio que parece no existir siempre en la calidad de las amistades. Que las prioridades sean, como ha sido siempre, con respecto a la afinidad y que no se juzgue según la naturaleza de la comunicación o al origen de la misma. Que recurramos más a la empatía que a las miraditas, aunque haya que hurgar un poco más y no actuar a la primera de cambio.

Y, por favor, dejémonos de miedos. Estad más seguros de vosotros mismos con la información como arma y probas las cosas para saber de qué habláis. Las apps sociales son una herramienta y según cómo la usemos obtendremos un resultado u otro. El timón lo llevas tú con tu exposición, así que tú decides por dónde ir, a cuánto ir y cuándo echar el ancla.

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