El viejo que comía alcauciles
El viejo se sienta todas las noches a la cabecera de la mesa de la cocina para cenar. Bueno, cuando no sale a comer afuera. Es ingeniero y está jubilado pero sigue trabajando en la misma empresa desde hace un montón de años. Su mujer es una turca medio gordita, sin ningún rastro de ama de casa, con aires cosmopolitas, que odia cocinar.
A pesar de que nació en la Argentina, la sangre italiana del viejo circula por sus venas y sale a flote con el carácter de mierda. Es chinchudo y resoplón.
El viejo es medio facho. Bueno, más que medio. No quiere a los judíos y los culpa de los grandes males de la humanidad, aunque nunca lo fundamenta. Detesta a los inmigrantes de países cercanos, dice que los peruanos son sucios, los bolivianos vagos y los paraguayos ladrones. Tampoco sabemos de dónde saca fuentes para esas afirmaciones. A veces dice que se quiere ir a vivir a Uruguay.
El viejo tuvo épocas de seminarista en su más temprana juventud. Todavía se peina con la raya al costado y muy prolijo, aunque hoy tiene el pelo casi blanco. Es petiso pero altanero. Por supuesto, detesta al gobierno, al peronismo, a la izquierda, a los sindicatos, a los radicales y a los tatuajes.
El viejo no tiene mucha idea de economía pero le encanta opinar en contra, leyendo los títulos que le convienen y sin prestar demasiada atención. También disfruta enojarse hasta el cansancio cuando maneja y darle lecciones que solo él escucha a los urbanistas de la ciudad. Porque, eso sí, el viejo sabe de todo y ojo con discutirle. Odia al metrobús y a las bicisendas.
El viejo es metódico, detallista, rutinario y carnívoro. Compra carne los sábados a la mañana en el mismo carnicero del Mercado del Progreso de Caballito. Compra huevos caseros en una dietética de Pringles y vinos caros en el chino del frente.
El viejo cocina rico, mucho más que su mujer. Disfruta de un buen vermouth antes de cenar, un vino o una cerveza cada vez que puede, y un whisky importado antes de ir a dormir. Todo a pesar de los retos de la mujer quejosa, mandona y metida. El viejo come carne casi todos los días de su vida, de cualquier forma. No le gustan los dulces, salvo el helado de limón.
Aunque parezca raro, el viejo es buen tipo. Putea y tiene ideas retorcidas pero no mata a una mosca, es generoso y cordial. Le gusta acumular porquerías y puede arreglar casi cualquier cosa electrónica. A veces revisa la basura para ver que la mujer no le tire cosas con las que se pueda divertir.
El viejo es atento y educado. No les gustan los animales, los gays, los hippies ni los zurdos, pero los respeta de lejos.
Cuando toma vino se pone colorado y empieza a hablar mucho. A veces es imposible callarlo. Le gusta que lo atiendan rápido y bien. Los domingos después de comer se suele quedar dormido en el sillón viendo fútbol, hasta que uno de los hijos le saca el vaso de la mano y la mujer lo manda a dormir a la cama. El viejo es hincha de Estudiantes porque nació y se crió en La Plata, aunque después del seminario vivió en Tucumán unos años, donde también se hizo hincha de Atlético. Siempre se acuerda de anécdotas y cosas raras de hace 40 años.
El viejo tiene casilla de mail en Yahoo pero las redes sociales le parecen un espanto, invasivas y nosequecosasmás. A veces comenta que la mujer tiene Whatsapp, como en los ‘80 alguien comentaba que una persona tenía teléfono fijo en la casa; no entiende en qué se diferencia de Facebook.
El viejo tiene un “muy buen pasar”. Le gusta viajar y escuchar música clásica. Es cabeza de termo pero no se desubica.
A veces compra alcauciles. Los come después de cenar mientras la mujer se desespera. Si se pone muy densa, él le hace la contra y abre una botella de vino. Llena un plato hondo con aceite de oliva, ahí moja de a una las hojitas del alcaucil y después las come con la mano hasta que lo termina entero. Le chupa un huevo la cara de orto de la mujer. Si sigue muy densa, se hace un vermouth con soda y limón y se sienta a ver tele en la pantalla enorme del living. O a jugar al Carta Blanca en una notebook Dell que no deja que nadie tire y usa solo para eso.
A veces pienso si será feliz.