Un clásico

La flaca salió del laburo una hora antes. Se había quedado sin batería en el celular sin darse cuenta. Estaba rara.

Cruzó la calle para la plaza Independencia. Tenía un nudo en la garganta que no la dejaba respirar bien. Sintió de nuevo la voz gimiendo en el cuello y un escalofrío le recorrió la espalda.

Cerró los ojos y se sentó en un banco de la plaza con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas en la nuca. Quería vomitar. Esperó un poco, tomó aire y enfiló por Rivadavia — the new Virgen de la Merced — para su departamento.

Caminaba por inercia. Las imágenes de lo que acababa de pasar se amontonaban en su cabeza como flashbacks de una película que había visto alguna vez, pero los olores que tenía impregnados en el pelo, el cuerpo y la ropa la ahogaban con una asfixia placentera.

Entró en el departamento a oscuras. El aire húmedo del día se había acomodado entre las paredes y hacía un calor insoportable. Los olores de su propio cuerpo se hicieron más fuertes en el encierro y se mareó.
Prendió la luz, tanteó el control remoto de la mesita, prendió el aire acondicionado y se sentó en el piso bruscamente. Quería reírse a carcajadas. Sabía que lo que había pasado era heavy y que estaba todo mal, pero no podía evitar que le causara satisfacción.
La flaca estiró las piernas en el suelo y se las miró. Tenía el vestido floreado recogido arriba de las rodillas y un zapato a punto de abandonar el pie. Se frotó los muslos y la atacó la sensación de su mano grande y pesada apretándolos con fuerza. Se sintió envuelta en el olor de su perfume Tommy H., el aliento a alcohol y el olor de sus manos después de haberla pajeado.

La flaca giró la cabeza, vomitó en el suelo y empezó a llorar. Lo sentía respirar en su nuca y cogerla desde atrás mientras ella lloraba de bronca, de miedo y de placer también, y gemía casi sin querer al compás de las embestidas del viejo.

La flaca trabajaba en una oficina de la casa de Gobierno como su asistente personal. Al gancho se lo había conseguido un amigo de su tío Claudio que era Ministro de Educación. La flaca era pendeja, estaba buena y lo sabía; el viejo le agarró confianza al mes de haber empezado a laburar. Casado, 6 hijos, dos apellidos. Vivía en Yerba Buena, era alto y enorme. Ex rugbista del equipo verde y negro, iba a misa los domingos y se calentaba en la intimidad de la ducha con pendejas de piernas largas y tetas grandes. A la flaca le gustaba apoyarse disimuladamente en su escritorio a mostrarle las tetas, mirarle la entrepierna y los ojos, y salir de su oficina moviendo el culo como Leticia Brédice en Nueve Reinas.

La flaca no tenía alma de gato ni un historial de cama memorable: solo un par de novios, otros tantos despechos y algún chongo que no la quiso. Pero calentar a un viejo conservador, católico, formal y engominado, le copaba.

A él, la pendeja lo ponía loco. La miraba caminar con el pantalón blanco que le marcaba el culo, le espiaba el escote cuando se agachaba, olía disimuladamente su cuello cuando la saludaba con un beso en la mejilla. Las pocas veces que cogía con su mujer se calentaba pensando en sentir gozar a la pendeja, y en huir del misionero del que habían resultado sus seis hijos y de las pajas que eran iguales desde hacía más de treinta años.

Pero a la flaca el viejo le gustaba. Era amable, le enseñaba un montón de cosas, tenían largas conversaciones y ella consideraba que, más allá de la pantomima histérica, la relación tenía un dejo de amistad. La flaca es mina y es boluda, y fantaseaba con que, en alguna cena formal o viaje oficial, se iban a emborrachar, iban a terminar enredados, el viejo se iba a enamorar de ella y — ya deliraba — iba a dejar a la mujer. Todo eso en su cabeza de pendeja, porque el jefe — estaba segura — era correctísimo: incluso lo había visto rechazar coimas a los gritos. Y ella no se iba a meter con un tipo casado.

Seguía sentada en el piso al lado del vómito. Se levantó, lo limpió y se metió en la ducha. Lloraba mientras el agua le caía por el cuerpo y se acordaba de lo que había pasado. Del viejo que había llegado, la había llamado a su escritorio y le había hablado de una novela que estaba leyendo y sucedía en París. De ella que se había prendido en la conversación. Del viejo que había trabado la puerta mientras ella le contaba una anécdota en el parque des Grès. De ella que se había dejado hacer masajes que presumió inocentes. Del viejo que la había agarrado de la cintura con fuerza para besarla mientras la puteaba al oído — vas a hacer lo que yo te diga, ¿entendés? — . Se vio intentando separarse de él que era más fuerte y estaba decidido a cogerla. Lo vio levantando su vestido de flores, sentándola en el escritorio y bajándole la bombacha. Se acordó de cómo se había puesto cuando la vio depilada. Sintió de nuevo el miedo y los gritos ahogados y, en el medio de su infierno, la lengua del viejo que la volvía a calentar — ahhhh, que linda conchita que tenés — . Lo vio bajarse el pantalón y darla vuelta, cogerla de parado, pajeándola, mordiéndole el hombro, gimiendo con un animal, golpeándole las piernas contra el borde del escritorio — te gusta putita, te gusta como te cojo, tanto que me mostrabas las tetas, tanto que querías — . Lo vio obligarla a que se trague su pija entera — ayyy, chiquita, cómo no te agarré antes — , mientras la flaca lagrimeaba y se atragantaba.
La flaca había estado ajena a ella. Había deseado que caiga una bomba nuclear y, al mismo tiempo, su cuerpo se había contraído con los estímulos de las manos, la boca y la pija grande del viejo. Él había acabado con gemidos que la habían hecho temblar y le había vuelto a chupar el clítoris, hasta verla estremecerse de placer con los puños apretados.
La flaca se veía tirada en el piso. Respiraba agitada y lo miraba con los ojos muy abiertos. Él tenía la espalda apoyada contra la pared, el pelo engominado despeinado, la camisa medio abierta, el cuerpo cuidado pero con la flacidez de los años, el pantalón en los tobillos. Seguía transpirado y respiraba fuerte. Le acariciaba el pelo — ¿estuvo lindo, flaquita? — . La flaca no se movía. Las lágrimas le caían por las sienes y se mezclaban con el pelo. Se sentía triunfal.
El viejo se había ido a buscar whisky al bar oculto en una puertita del mueble de madera — ¿tan callada te quedaste? — . Ni la miraba cuando le ofreció su vaso mientras ella trataba de vestirse. Se había tomado el scotch de un trago. Él se había acomodado la ropa y le había dicho que se vayan a la mierda, que mucho por el día.
Habían salido juntos de la Casa de Gobierno por la calle San Martín. No le había ofrecido llevarla.

Salió de la ducha y se hizo un bollo desnuda en la cama, con la sensación en el cuerpo del sexo brutal, prohibido, placentero y forzado; con algo roto en el alma. Triunfal. Golpeada, dolorida, descompuesta, espantada. Extrañamente, feliz.

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