Oirías la lluvia caer

Nueve lluvias pasadas de ocho renglones, casi todas con dolor de rodilla. Nada fuera de lo común. Va Si se callase el ruido de fondo. Todo muy cursi. My apologies.


“Va a llover”, pensó mientras miraba las nubes naranja que empezaban a tapar el cielo norteño. Le dolía la rodilla derecha. Y era enero, que es el mes de las lluvias infinitas. Apenas si podía recordar alguna noche de año nuevo sin lluvias en esa casa. Se quedó en el patio con el viento y vio pasar por la medianera a uno de los putos gatos vagabundos a los que su perro no espanta. Estaba cómoda sentada en el banco de madera y hierro, entre las plantas, con el caniche tirado al lado y medio dormido. A pesar del tiempo y de las idas y vueltas, ese patio no dejaba de ser un escondite perfecto.

“Va a llover”, pensó mientras subía las escalera del subte y salía de los túneles pegajosos. En la calle la humedad también aplastaba y casi no había nubes. Le dolía la rodilla derecha. Llevaban varios días de calor insoportable, pesado, aplastante. De esos días en los que no se puede caminar una cuadra sin quedar transpirada de pies a cabeza. Según la web de Weather Channel iba a llover esa noche. La semana había sido complicada, el Gobierno había devaluado el peso un 19%, la inflación iba a trepar por detrás y la gente tenía miedo. Un viento fresco le levantó la pollera mientras cruzaba Corrientes.

“Va a llover”, pensó mientras miraba por la ventanilla del avión antes de bajar. Parecía increíble que hacía un rato nada más volaba en un cielo completamente azul y por encima de las nubes blancas. No le dolió la rodilla. Cuando pisó tierra se dio cuenta de que había llovido. Ya casi empezaban a caer gotas de nuevo. El cielo estaba cubierto de gris por entero. Era bueno volver, aunque sea por dos días. Lo primero que vio desde el taxi fue un carro con porquerías tirado por un caballo escuálido y la basura que se quemaba al costado de la ruta. Y ya no estuvo tan segura.

“Va a llover”, pensó medio dormida mientras apagaba el despertador, “tormenta”. Parecía que el viento iba a reventar los vidrios de la ventana. Manchi le ladraba a la nada y algunos segundos después sonaba un trueno fortísimo. Se escondía asustada debajo de su cama a puro ladrido y llanto. Le tiene terror a las tormentas. “Es un poco de agua y ruido nomás, Manchu”, la trataba de calmar, al pedo y como si la perra le entendiera. Le hizo unos mimos, se tapó la cabeza con las mantas y se volvió a dormir. No pensaba mover un dedo hasta irse a trabajar a las puteadas en el subte inundado.

“Va a llover”, pensó mientras se fumaba el último pucho en el balcón antes de irse a dormir, “por fin”. Había cambiado el viento. Todavía tenía el pelo larguísimo. Estaba en bombacha y remera mirando la luna que se escondía entre las nubes en el pedazo de cielo que no le tapaban los edificios. Las plantas del balcón tenían carbonilla. La zafra ensuciaba el aire y ponía oscura la vida. Llovía solo carbonilla durante meses. Las alergias y la mugre no se iban más. Todos los años era igual. Todos los años se trataba de esperar la bendita lluvia que lavaría las veredas, el aire y las palabras de más.

“Va a llover”, pensó mientras las nubes oscuras se posaban sobre los edificios y las olas que se encrespaban. El viento les metió el olor a sal en las entrañas. La arena estaba fría y se metía en los ojos si no los entrecerraban un poco. Pero hasta con lluvia eran felices. Caminaban más tarde por el embarcadero al frente del club de fútbol. Abajo de un puente peatonal para cruzar avenidas, las parejas aprietan y las bicis pasan. No hay olor a pis y está lleno de grafitis. Unos chicos juegan a la pelota en la arena hasta que las olas empiezan a tapar la playa. Ellas sonríen abrazadas debajo del paraguas.

“Va a llover”, pensó mientras comían tirados en la cama y empezaba la película. Esa tormenta la asustaba un poco. Se chorreó coca encima y él la secó con un repasador limpio. Le hacía calor en los pies así que los sacó por la ventana para que la lluvia se los moje. Él le mordió el cachete y siguió con su sánguche de rúcula y jamón crudo. La película tenía que dar miedo. La noche era ideal. Se taparon hasta la cabeza. Ella seguía con un pie afuera pero se escondía en él de todo. La película era un bodrio. Se aburrieron sin miedo y se durmieron después de un polvo.

“Va a llover”, pensó cuando escuchaba la radio mientras desayunaba. Había sol. Por todos lados anunciaban un huracán. Salió con los lentes oscuros puestos y el paraguas en la cartera. Esa ciudad donde el clima es tan cambiante como el humor de una mujer*. Hubo viento escandaloso e histérico, evacuados por las dudas y políticos haciendo alharaca para que no se repita lo de la tormenta de abril que había sido terrible, con inundaciones y muertes. El huracán no llegó. Las obras para evitar una nueva catástrofe en la próxima tormenta, tampoco. La gente espera, en vano.

“¿Va a llover?”, pensó mientras miraba desde el balcón la luna en el cielo despejadísimo. No era posible pero le dolía la rodilla. Quería un cigarrillo pero ya no fumaba más. Quería dormir con él pero no había vuelvo a la otra ciudad. Quería un chocolate pero estaba a dieta. Quería una cerveza pero no tenía ganas de tomarla sola. Quería un abrazo pero no de cualquiera. Estaba con un gataflorismo insoportable. Y no estaba indispuesta. Pero quería medio kilo de helado de dulce de leche con brownie. Tenía sueño. Y no iba a llover. La rodilla la traicionaba o eran cuentos de abuela. O lo extrañaba.

*La comparación es de Adolfo Bioy Casares en la novela Dormir al sol.

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