Encubrimiento de una muerte desquiciada


El día que la iban a matar, Paulina Alejandra Lebbos se levantó temprano para ir a la facultad a rendir un examen y se sonrió en el espejo. Terminaba febrero y el calor y la humedad aplastantes se hacían sentir en Tucumán. La noche invitaba a salir a festejar que había aprobado. Paulina Lebbos tenía 23 años.

En febrero de 2006, cuando mataron a Paulina, en Tucumán se bailaba hasta varias horas después del amanecer. No era raro salir de un boliche a las 6 y meterse en otro que seguía abierto hasta las 10. El calor invitaba a otra cerveza y la ley de las 4 am que obligaba a cualquier evento público a cerrar a esa hora, todavía no existía*. Tampoco los controles a taxis y remises. Cualquier auto que parabas en la calle te llevaba; la mayoría ni siquiera se identificaba por un color en particular.

En las cuadras de la zona del ex Mercado de Abasto todavía no existía el Hotel Hilton; los bares y boliches crecían como hongos y había para todos los gustos. Era la meca nocturna de los estudiantes universitarios. En la esquina de las calles Miguel Lillo y San Lorenzo estaba Gitana, un boliche que todos los sábados se llenaba de gente bailando apretada. Ahí fue a festejar Paulina que había aprobado su examen.

Había cumplido años el 15 de enero. Era la más chica de cuatro hermanos y vivía con sus padres y su hijita Victoria en Alderetes, una ciudad pequeña al este del gran San Miguel. Era flaca y alta, tenía piernas larguísimas y el pelo castaño oscuro largo y abundante. Cuando la asesinaron, estudiaba Comunicación Social en la Universidad Nacional. Además trabajaba y se ocupaba de la casa que su mamá no podía cuidar porque estaba enferma. Desde hacía varios años tenía una relación de idas y vueltas con Víctor Cesar Soto, un chico que había sido su compañero de colegio. Paulina había terminado el secundario con la hija de los dos en la panza. Cuando la mataron, la nena tenía 5 años.

La noche antes de la madrugada en que desapareció, Paulina estaba en Gitana con su amiga Virgina Mercado, una chica salteña que había conocido en la facultad, y otros amigos. Ellas fueron las últimas del grupo en salir del boliche. Caminaron un par de cuadras y se subieron a un remis bordó, en la esquina de la Avenida Alem y pasaje Gutierrez. Eran más o menos las 6 de la mañana. Era de día. Virginia se bajó en su departamento en La Rioja al 400, casi pleno centro tucumano. Paulina siguió en el auto camino a la casa de su novio Cesar en Estados Unidos al 1200, a unas 40 cuadras de ahí.

Pero se la tragó la tierra. Nadie volvió a saber nada de ella hasta dos semanas después, cuando apareció al costado de la ruta 341 en Tapia, a 30 kilómetros de la ciudad. Asesinada, violada y mutilada.

Desde la madrugada en que se la tragó el asfalto, denuncia su papá, “se montó una estructura de encubrimiento desde el Gobierno”.

En febrero de 2006 Alberto Luis Lebbos, el papá de Paulina, era Secretario de la Juventud de la provincia. Renunció a este cargo cuando intentaron ofrecerle un “arreglo” por el asesinato. Ese domingo al mediodía, César Soto llamó a su casa preguntando por su hija y diciendo que nunca había llegado a dormir. “Apenas desapareció Paulina se armó una campaña de gente desconocida que ayudaba a buscarla por todas partes. La policía que decía que la buscaba, mentía. El ministro de Seguridad de entonces (Pablo Baillo) y el gobernador Alperovich me decían que habían pedido ayuda a la Federal, a Gendarmería, a las policías de las provincias vecinas, y era todo mentira.”

Alberto Lebbos tiene la mirada triste y un hablar pausado. Se acuerda del día en que apareció el cuerpo de Paulina. Era 11 de marzo. “Cuando llegué, estaban el fiscal, el jefe de policía, muchísimos policías y el ministro de Seguridad. Me dijeron que habían hecho un rastrillaje y la habían encontrado”.

Lo cierto sin embargo, es que al cuerpo lo encontraron por casualidad los hermanos Sergio y Marcelo Goitea, dos cuidadores de un campo de polo de la zona, alrededor de las dos de la tarde, y no en un rastrillaje de la policía a las 18:30, como le dijeron a Lebbos y como se documentó en el primer acta que redactaron en la comisaría de la zona. El cadáver estaba semidesnudo, boca abajo, mutilado y en avanzado estado de descomposición. Según los estudios forenses, por la penetración de los fluidos corporales en el suelo, llevaba ahí unos diez días.

La tarde en que apareció el cuerpo de Paulina, Alejandro Noguera, el fiscal que estaba a cargo, demoró dos horas en recorrer los 30 km que lo separaban del lugar. Cuando llegó ordenó suspender todas las medidas policiales y de rigor hasta las 6 de la mañana del otro día, argumentando falta de luz. La preservación de la escena del crimen y del cuerpo durante esa noche fue tan incierta que las fotos de los peritos de la mañana siguiente muestran al cuerpo dado vuelta.

Pero antes de que se suspendieran las medidas, Alberto Lebbos pudo reconocer a su hija. “Cuando me acerqué lo primero que le vi fue el codo, y me di cuenta en el acto de que era Paulina”. Lebbos baja la mirada, se pasa las manos por la cabeza canosa, “y vi que no tenía nada de pelo. Ella tenía una cabellera impresionante; se la habían arrancado toda.”

Desde que su hija apareció muerta Alberto Lebbos está en la plaza Independencia todos los martes a las ocho de la noche reclamando justicia. Hubo días en que lo acompañó un pequeño grupo de personas, y otros en los que se congregaron multitudes.

Tres ministros de seguridad se sucedieron desde el asesinato y tres fiscales tuvieron la causa en sus manos. La investigación de la muerte de Paulina está documentada en un expediente de 26 cuerpos que tiene un montón hojas sin numerar, por lo que no hubiera sido difícil sacar o agregar páginas. Ninguno de los primeros dos fiscales tomó las medidas necesarias para preservar pruebas ni existen testimonios de funcionarios del Ministerio de Seguridad o de los policías involucrados en la causa. Carlos Albaca estuvo a cargo siete años y no es descabellado decir que se encargó de paralizar el expediente, mientras lo ocultaba bajo secreto de sumario.

Hoy está a cargo Diego López Ávila, que empezó por llamar a declarar de nuevo a los testigos. La primera fue Virginia Mercado, la última que la vio a Paulina con vida. Hoy están imputados por encubrimiento el ex jefe de policía Sanchez y el ex ministro de Seguridad DiLella.

La muerte de Paulina tiene varias hipótesis. La opinión pública tiene una preferida: que habría muerto en una fiesta en una cabaña del dique El Cadillal, en la que estaban el hijo del gobernador, Gabriel Alperovich, y el hijo de su secretario privado y supuesto dueño de la cabaña, Sergio Kaleñuk. Los jóvenes le habrían pedido al administrador del camping, Luis Daniel “el Gordo” Olivera que guardara el cuerpo en un frezzer y luego lo hiciera aparecer al costado de la ruta a cambio de mucho dinero.

La historia de la fiesta negra llegó a la causa con la declaración de un testigo que dijo haberla escuchado en un asado, directamente de boca del administrador del camping. “El Gordo” Olivera siempre negó cualquier relación con la causa; estuvo detenido y fue liberado por falta de pruebas. Los hijos de los funcionarios fueron imputados y sobreseídos por el mismo motivo.

La autopsia reveló que la chica murió estrangulada. Hay indicios de que fue abusada sexualmente, pero como le habían seccionado los órganos genitales no se pudo encontrar material orgánico con patrones genéticos, salvo unos cabellos humanos que había en la zona vaginal, en una mano y en las costillas de la chica. Esos pelos con el ADN de alguien que puede estar involucrado en el asesinato estuvieron guardados en sobres y sin analizar hasta abril de 2013, cuando el fiscal Carlos Albaca, siete años después de haber comenzado su investigación, los envió a analizar a la Universidad de La Plata para constatarlos con los de algunos de los posibles involucrados en el delito. El informe preliminar de estos estudios debería haber estado listo y a disposición del fiscal Diego López Ávila para fines de ese año. En febrero de 2015, aun no hay resultados contundentes.

Victoria hoy es una adolescente altísima y muy parecida a su mamá. “Al menos nos queda el consuelo de tenerla”, sonríe su abuelo, “pero nunca se llena esa silla vacía, falta esa alegría y esa risa con la que nos llenaba la casa Paulina. La gente cree que todo se arregla con plata, pero se arregla solo con Justicia”.

Victoria crece sin su mamá y a eso no hay vuelta que darle, tampoco al dolor de Alberto Lebbos. Pero si algún día se hace justicia, tal vez le devuelvan al menos un poco de paz a su vida.


* La ley de las 4 am fue instituida por el gobierno de José Alperovich “para preservar la seguridad de los jóvenes”. Estuvo vigente entre mayo de 2006 y febrero de 2014 y fue fuertemente resistida por la sociedad. Durante ese tiempo, la actividad nocturna legal terminaba a las 4 pero innumerables fiestas clandestinas, sin ningún tipo de seguridad, se desarrollaron en las narices y con la tolerancia de las autoridades.