Un mes

Foto: Notimex

Estos últimos 30 días han sido los más extraños de mi vida; el tiempo ha sido muy lento, pero al analizarlo bien, también ha volado.

Poco a poco la ciudad ha retomado su forma, su cotidianidad. Que ya no sé si eso sea bueno o malo tampoco, porque así como todos regresaron a la normalidad, hay para quienes su realidad es agredir al otro; de la manera en la que sea.

Creí que en eso tendríamos un cambio, pero de creencias no se vive.

A pesar de volver a la normalidad, la Ciudad de México es otra; como seguramente también fue otra tras el ’85.

Por lo menos a mí, no hay un día que no recuerde el momento. No hay una semana en que no deje de hablar del tema; incluso bromeo con mi novia porque en algún punto siempre terminamos hablando del sismo: “nunca dejaremos de hablar de ello, ¿verdad?”. Sonreímos a medias.

He recorrido varias colonias de la ciudad; mientras más camino, más edificios dañados o desalojados me encuentro. De hecho, ayer me encontré con uno nuevo en División del Norte casi llegando a la glorieta Mariscal Sucre.

A unos pasos de mi casa, en la Narvarte, las calles siguen cerradas y los edificios acordonados. Es una incertidumbre si los demolerán, los reforzarán o qué pasará.

Ayer también vi otro en el Parque México, que está de terror. Está prácticamente inclinado hacia adelante. Además, en los alrededores del parque hay un buen número de edificios acordonados.

En mi recorrido al trabajo usualmente pasaba por Ámsterdam y Cacahuamilpa. Hoy la zona sigue acordonada, porque a unos pasos cayó un edificio y otros tantos más están dañados. Sigo pasando por ahí porque quiero enfrentarlo, no quiero evadirlo.

Pero quizá en este mes, lo que más me impacto fue estar frente a un edificio derrumbado; no me refiero a literal estar al pie del mismo, pero por lo menos una cuadra atrás.

Este es el de Álvaro Obregón 286. Mi trabajo está cerca, por lo que me tocó ver la movilización en la zona. También, por un instante, me quedé frente a él, sin palabras, mientras la maquinaria realizaba su trabajo.

Otro lugar que me sigue causando escalofríos y trato de evitar la zona, es Gabriel Mancera y Escocia. Un día pasé por ahí porque ya habían reabierto la calle.

TREMENDO ERROR. Justo cuando pasé por la esquina de estas calles, sentí un hueco en el estómago. No recordaba que el edificio fuera tan grande; y verlo a medio derrumbe (porque todavía había escombros), te deja sin palabras. Sin ganas de nada. Sólo se te cristalizan los ojos.

Tras un mes, es imposible decir que vivo sin miedo a que algo así vuelva a suceder; miedo a ver edificios caer, a quedar atrapado o peor aún, que alguien cercano pase por lo mismo.

Sin embargo, entre los múltiples retos que te pone esta ciudad, se encuentra el salir adelante con ese miedo.

La música de los restaurantes y bares suena de nuevo; las risas escandalosas no dejan de escucharse los fines de semana; los cláxones de los automóviles no paran en horas pico; las mentadas de madre están al por mayor; los empujones en el metrobús siguen causando enojos. Y a pesar de todo esto, siempre hay un punto en la madrugada de completo silencio; como el que vivimos días posteriores al sismo.

Sé que los mexicanos tenemos altibajos, momentos de coraje y odio hacia nosotros mismos; supongo que en todos lados es igual. No puedes vivir tranquilo todo el tiempo en un país tan caótico.

Pero también sé que en momentos de emergencia, dejamos de hacernos los graciosos “que le ven el lado divertido a las cosas” y ponemos manos a la obra.

Sé que si algún día me miento la madre con un desconocido en la calle, en algún momento de urgencia puede ser él mismo quien me ayude o yo lo haga.

He pensado en tatuarme algo para nunca olvidar ese día; para nunca olvidar la solidaridad que tuvimos absolutamente todos; para nunca olvidar lo frágiles y vulnerables que somos. Pero por otro lado, lo único que quisiera hacer es poder olvidarlo todo. Que nunca hubiera sucedido.

Un mes después, mi vida, como seguramente también la tuya, cambió. Hoy sí veo a la Ciudad de México con ojos distintos. Quisiera salir huyendo, pero a la par estoy seguro que nunca la abandonaría. Sentimientos encontrados.

Espero que esto sea lo último que escribo sobre el temblor; vendrán tiempos mejores.

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