Tenía un hermano.


Bueno. Debo comenzar de alguna forma:

Estaba solo, en un café. Ya saben, solo solo, sin nadie con quien platicar o a quién mirar. Y el café callado, sólo sonaban las cafeteras. Faltaba poco para que llegara mi hermano, y el cielo afuera estaba de un color naranja muy agradable, muy raro para ser un jueves sin quincena cerca, y más en diciembre.

Mi hermano es gringo. Se llama “Estanli”, pero él dice que se escribe Stanley.

Nuestro padre, único lazo que teníamos, nos abandonó a ambos como a los quince. Bueno, conmigo se fue después de que los cumpliera, pero eso no es importante. Lo importante es que teníamos un familiar fuera de nuestras madres; al parecer al cabrón le gustaban huérfanas, qué inteligente hijo de puta ¿verdad?

Lo encontré un día husmeando en una página gringa. Estaba buscando algo sobre el cabrón. No recuerdo si lo estaba buscando porque había tenido una recaída el día del padre o porque estuviera cerca mi cumpleaños. El chiste es que, cuando por fin di con su nombre, encontré que se había casado allá el muy hijo de puta y que había tenido un hijo. Como no hallé su dirección ni ninguna información acerca de dónde ir a madreármelo, busqué a su hijo. Primero, para sacarle la sopa sobre dónde encontrar al susodicho, después, cuando me contestó el mensaje y me dijo que no sabía nada pero que sería buena idea conocernos, me entró el miedo. Obviamente no sabía cómo es tener un hermano, y mucho menos como es verlo por primera vez. No sabía si el cabrón se parecería a mi padre o si sería un “red neck” más, pero le dije que sí. Qué podía ser peor que estar sin familia en navidad.

Yo estaba volteando hacia el baño, por alguna razón supuse que si el cabrón entraba iría corriendo al baño. Y acerté. Un güero, medio pelado y alto, entró corriendo al baño quince minutos después de que llegué; sin voltear, sin avisar, sin importarle si pisaba a alguien. Me cayó bien.

Cuando salió, de inmediato me notó. Se secó las manos en los levi’s azules que traía, y me puso la mano enfrente. Me levanté, le devolví el saludo y le sonreí diciendo:

— ¡No estás tan feo, cabrón! Me llamo Carlos.

— Yo soy “Estanli”, qué bu-eno que nos conozcamos. ¿Podemos hablar en inglish, cierto? Me dijo en el peor español que he escuchado.

— Of course. How am I look?

— Pretty mexican. I noticed that you think yourself as a funny men, right? I am a pretty funny guy too.

Yo hablo un buen inglés, pero de repente tenía problemas para bromear como me gusta. Tuvimos una conversación muy divertida, el Estanli luego luego cachó que mi humor no era para ofenderlo si no que estaba muy nervioso. Él también andaba nervioso, me dijo que llegó tarde porque venía de cortarse el pelo y arreglarse el bigote, y que trató de comprar una camisa o algo así en alguna tienda a la pasada pero que sólo encontró una tishert blanca.

Saliendo del café, ya quitados de la pena, nos fuimos a un bar. Estuvimos platicando sobre nuestra vida, nuestra rutina y sobre cómo nos gustan las mujeres. A los dos nos gustaban las cervezas oscuras, las güeritas y el rial fútbol -ya saben, el que sí se juega con los pies-.

El Estanli estuvo casado tres años, y tuvo una hija; la mocosa estaba relinda, y se llamaba Margaret como su abuela.

Estanli era contratista para una empresa hotelera. Manejaba a los trabajadores, hacía planos y, alguna que otra vez, le tocó agarrar la herramienta y enseñarles cómo se hacía el trabajo. A penas lo conocía y ya estaba orgulloso del cabrón.

Ya borrachos, le preguntamos a una mesera que si nos parecíamos, y no supimos si dijo que sí para que pidiéramos más cerveza, pero los dos nos sentimos orgullosos; yo, de verme medio agringado, y él, de no tener la pinta entera de gringo.

Caminamos mareados tomándonos del hombro hasta el estacionamiento. Se nos había hecho de noche muy rápido. Lo dejé en su coche y con la boca apestosa le dije:

¡Te juego unas reicesitas, brother! ¿Va?

Y me fui corriendo a mi auto como pude sin darle chance a que me dijera algo. Saqué las llaves, se me cayeron, las levanté y se me volvieron a caer, así unas tres veces hasta que le atiné al hoyito.

Yo tenía un Camry negro del 2006, y él un Aveo blanco rentado con las letras “Thrifty” en los costados. Nos encontramos a la salida del estacionamiento. Lo miré y aceleré en neutral (ese gesto que es más universal que el amor y paz estando borracho). Me devolvió el ruidajo, y salimos disparados.

No avancé ni un kilómetro cuando me le quedé viendo a una foto de mi mamá que siempre dejaba en el tablero del coche, después vi a Estanli y me dieron ganas de abrazarlo. Sin querer, lo juro, aceleré y moví el volante hacia él.

Me da pena contar lo que sigue, ya se lo imaginarán. Pero, pasó más o menos así: Chocamos de costado, y los dos rebotamos, pero Estanli fue a parar hasta una valla de contención y yo contra un árbol.

Tuve más suerte. A mí sólo me llevaron de la mano y a la cárcel.