Marilyn: Déjame leer, por favor

Marilyn leyendo (1955), por Ed Feingersh

Cuando el azar me lleva a Marilyn Monroe con un libro entre las manos me distraigo en el retrato por un momento. ¿Por qué esta fijación en la comunión entre Marilyn Monroe y la letra impresa?

Hay una teoría de Billy Wilder sobre la fascinación que ejercía (y que aún ejerce) la actriz. Cuando Marilyn salía en pantalla, parecía posible tocarla, como si se hiciera carne, dice Wilder. Una cualidad que el director atribuía a no más de dos o tres actrices. Marilyn tridimensional sin gafas tricolor. De carne y celuloide. Al menos para los hombres.

Hay una Marilyn que se ajustaría con la descripción de Wilder. Ella con pantalones ajustados, piernas enroscadas, en un marmóreo blanco (y negro), como cincelada por Bernini.

Hay una teoría de un fotógrafo de Hollywood, cuyo nombre no recuerdo. Para el artista, el misterio de Marilyn estaba en el finísimo vello rubio que cubría su rostro y su cuerpo. Vello en el que rebotaba la luz de manera que su piel parecía brillar. Así de radiante aparece desnuda bajo las sábanas, como recién levantada, estirando un brazo hacia un guión, apenas rozándolo. Aquí el sol se ha detenido en ella.

Quizá se me acuse de un prejuicio: de confundir a la actriz con la rubia ingenua que a menudo representó en el cine. Y que, de esa confusión, nazca mi atracción por el binomio de la belleza tonta y los libros. Pero no ignoro que Marilyn era una actriz inteligente y poco valorada. Me sustraigo al icono devenido en motivo de cuadros y camisetas (como el Ché) cada vez más ajeno al siglo XXI. La recuerdo por su papel dramático en Bus Stop y no se me escapa sus ojos de derrota en La tentación vive arriba.

No me llaman la atención las imágenes acrobáticas en la que claramente posa para el ojo pervertido. Prefiero las imágenes que muestran a Marilyn en una postura cómoda para leer. Aunque finja, como pasa en cualquier sesión fotográfica, parece que la cámara la sorprende en un momento íntimo. Como si en ese instante fuera Norma Jean Baker, una chiquilla absorta en las palabras. Las manos acogiendo el papel. Rostro andrógino de muchachito desvalido y labios como a punto de reproche: «Déjame leer, por favor».

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