El desapego a las imágenes

Interior with Portraits, 1865. Thomas Le Clear

El fuego destruyó la casa de madera. En un rincón entre cenizas una fotografía medio quemada, descolorida, de un hombre y una mujer. Ella tiene por cabeza un agujero con los bordes entre negro y marrón. El cine adora escenas como esta.
 
Las películas intentan forzar la tristeza con planos retratos fotográficos dentro del caos y la destrucción. Fotografías como contenedores de tiempos felices. El retrato de una joven en manos del soldado asediado; el de una dama en el reloj de bolsillo de un pistolero moribundo; el de un aventurero ausente en el broche de una solterona; la instantánea Polaroid que recuerda al policía que una vez tuvo esposa e hijos.

Lo espíritus analógicos reconocen la melancolía de los personajes de ficción ante las fotografías destruidas. El resultado de confiar los recuerdos a los objetos — las fotografías, sobre todo — más que a la memoria.

Uno se pregunta si el apego a las imágenes ha decrecido en el siglo XXI. La acumulación de imágenes, ahora digitales, se ha convertido en una acción en gran parte involuntaria. Llegan al correo electrónico o la mensajería instantánea imágenes que los aparatos y las aplicaciones archivan. Imágenes que rara vez son etiquetadas. La fotografías de helados ocupan un espacio que no podemos ubicar junto a memes, gatos, sobrinos, pies… Imágenes que permanecen hasta que llega un aviso de límite excedido. Puede que por esta falta de voluntad en capturar y almacenar imágenes no roban más atención que un par de segundos. ¿Quién las ve luego?

Nuestros padres, abuelos y quienes los precedieron tenían las fotografías como tesoros. Las imágenes como placebo de la ausencia ajena. El correo electrónico, las redes sociales, los móviles crean una sensación de omnipresencia de los demás. Los amantes no necesitan concentrarse en una fotografía borrosa. Las imágenes han perdido parte de la magia. Un retrato no contiene el alma sino que el alma de cada persona está desperdigada por la nube.

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