Entender a Lynch, amar a Lynch

Una noche de verano miramos las estrellas, con permiso de la contaminación lumínica, respiramos hondo y, por un momento, sentimos que una cierta paz nos llena.

Ignoramos los nombres de las constelaciones, cuántas estrellas tiene el universo, su composición y a qué distancia están. Nuestra ignorancia ni choca ni estropea el gozo. Con este espíritu deberíamos acercarnos todos a la obra de un artista como David Lynch.

Aparcad el análisis, dejadlo para el crítico sesudo, para el artista que con ingeniería inversa busca las entrañas de la creatividad. Es su obligación. (Ante Lynch me coloco a propósito en modo espectador. Acallo mi yo crítico hasta que los créditos desaparecen).

¿Acaso, como público, necesitas conocer la simbología bíblica para admirar El jardín de las delicias del Bosco? Si como muchos, no tienes ni oído ni memoria para los idiomas, ¿deberías abstenerte de escuchar canciones en inglés o francés? ¿Qué impide el deleite con una pieza breve de ópera en alemán o italiano?

Si aceptamos nuestra ignorancia y la ajena ante la música y la pintura, ignorancia placentera, ¿por qué fingir entender a Lynch? Quizá porque el cine y la televisión son medios de masas. Nadie se burla de quien no entiende a Miró.

Es triste que una parte de la crítica y de los seguidores de Lynch sugieran que Carretera Perdida o Twin Peaks son obras para la inteligencia. Triste porque crean una barrera entre el público y el artista. Lynch es pintor. Poeta plástico. Y como todo poeta usa la metáfora. Pretende que la emoción cale en los sentidos y la mente de la audiencia mucho antes de que aparezca la lógica. A su manera, Lynch sigue al olvidado Robert Bresson:

Que los sentimientos causen los acontecimientos. No a la inversa.

Hay pocas películas contemporáneas (las de Wong Kar Wai, la de Wes Anderson, las de Jarmusch) y series en las que la emoción camine unos pasos por delante de la lógica secuencial. Ha calado la fórmula de Robert Mckee:

Empuja al personaje al abismo. Se conoce a los personajes en las situaciones de crisis.

Por esto las bombas, los alienígenas, las catástrofes… Por esto, al policía, al médico y al abogado de ficción se le amontonan obligaciones y contratiempos en apenas dos o tres días de ficción. La detective persigue al criminal a la vez que cuida a su madre con Alzheimer, batalla con una adolescente difícil y sortea una relación sentimental difícil. Acumulaciones que, más que emocionar, agobian al público. Apenas hay diferencias entre la ficción y la vida.

Lynch y Frost — al que olvidamos con frecuencia — no arrojan sobre cada personaje de Twin Peaks una tonelada de situaciones extremas. Realmente, las tramas son sencillas. Cada personaje se enfrenta a un problema, y solo uno, poderoso. Lynch quiere que la poesía cale en la audiencia. No quiere interferencias. Busca que sintamos antes que entendamos. Nos quiere niños.

Somos un saco de ignorancia y emociones al llegar al mundo. La leche materna nos alimenta y reconforta, que también importa, mucho antes que descubramos el nombre. Crecemos aprendiendo Lengua y Matemáticas, Historia y Geografía, Física y Química. Conocimientos sin sentimientos. Sin embargo, ignoramos la composición de lo que produce placer: las patatas fritas, un roce fortuito, el chocolate, un beso a escondidas…

Es posible amar y entender a Lynch. De la misma manera que podemos entender la poesía, pero como dijo el profesor Keating (Robin Williams):

No hacemos poesía para reducirlas a fórmulas, hacemos [escuchamos, leemos] poesía para saborear las palabras.

Entre amar y entender a Lynch, elijo amarlo, saborear las imágenes.

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