De vacas y hombres

Cows running por Sondreaasan (commons.wikimedia.org)

Una escena de Hollywood: en una noche tormentosa el granjero intenta traer al mundo a un ternero en un establo que traga todos los vientos. El animal nace y al poco se pone a cuatro patas. Una pequeña historia con final feliz. Hollywood elude que meses después el animal será sacrificado para los esponsales de la hija mayor del granjero. (De lo que deducimos que la teoría de Orson Welles es cierta: «Para conseguir un final feliz hay que saber dónde cortar la historia»).

Los seis filetes de ternera en papel celofán en el hipermercado no cuentan una historia. Carne limpia. Sin rastro de sangre. Incluso sin olor. Preparada para que no recuerde que formó parte de un cuerpo caliente. El consumidor que la introduce en el carrito quizá rechace un conejo porque tiene la cabeza o se apena por el cochinillo lechal sacrificado antes de cumplir las tres semanas.

La cabeza de la ternera y del toro y del caballo no están expuestas para no desalentar la compra del urbanita que quizá firme cada año peticiones para prohibir la muerte de toros en festejos populares.

Cada año conocemos el nombre de la víctima de las picas del Toro de la Vega. «Salvemos a Rompesuelas» es una apelación a las emociones más efectiva que «paremos el Toro de la Vega». Que el toro tenga nombre le dota de una identidad y de una historia: es el protagonista-víctima de una narración para la que el público moderno demanda un final feliz: la salvación. (Por supuesto que hay otro público, el defensor de la tradición medieval, que ignora o desprecia la individualidad del toro. Público condicionado durante generaciones por lemas y miedo al pensamiento disidente y el pensamiento externo. El Toro de la Vega es una semana de odio orwelliana de la que los políticos locales obtienen réditos).

La etiqueta en el envase de los seis filetes de ternera no indica: «Esta carne fue de Rebeca, de 8 meses, que pastaba en…». Rebeca es un nombre que sugiere cercanía, como si fuera una vaca de Disney. Granja Equis, un lugar, un edificio que ofrece productos como los filetes limpios, sin sangre y sin olor.

Rebeca está cosificada, reducida (y por extensión sus hermanas) como si se tratara de un juguete mecánico que tiene como funciones dar carne y leche. No podemos identificarnos con la lucha de las cosas ni su deseos porque las cosas, cosas son.

La Naturaleza ha contribuido a la cosificación de Rebeca privándola de la comunicación con nosotros. John Berger escribió en el ensayo Por qué mirar a los animales: «En ausencia de un lenguaje común, el silencio del animal garantiza su distancia, su diferencia y su exclusión por el hombre». La Naturaleza lo previó para la supervivencia de la especie humana. ¿Cómo podría un hombre del Paleolítico comerse a una criatura con la que comparte un lenguaje? (El canibalismo se ha dado entre los enemigos con distintas lenguas y costumbres).

Más adelante, en el mismo texto, Berger indica que Descartes «al trazar un corte entre el cuerpo y el alma, abandonó el cuerpo a las leyes de la física y de la mecánica, reduciendo a los animales, dado que no poseen alma, al estricto modelo de una máquina». Berger asegura que Descartes fue superado, pero con frecuencia la historia de las ideas corre en una realidad paralela. Los antepasados de Rebeca y sus descendientes han sido etiquetados como cosas desde la Prehistoria.

El error de Descartes fue no mirar a las vacas. Guardando cama el filósofo por problemas de salud se preguntó si podría determinar la posición de una mosca en cada momento, y del mucho pensar creó las coordenadas al punto (las coordenadas cartesianas). Quizá si en otro momento hubiera mirado vacas hubiera descubierto que ellas se divierten correteando y saltando como cachorros de perro, que sienten euforia al reencontrar a una compañera que creían perdida y que lloran cuando presienten su propia muerte.

Vacas saltan en el campo tras dos años encerradas

Alegría, euforia, llanto… emociones impropias de una cuchara, de una silla o de un botón. Por el salto de una vaca tras abandonar cuatro paredes hubiera Descartes inferido la posibilidad de un alma en la vaca.

Sobrepasado Descartes, el común de los mortales podría considerar que una vaca podría hacerle compañía si tuviera espacio suficiente en casa. (En las explotaciones agrarias están hacinadas como máquinas guardadas hasta la siguiente jornada laboral). A falta de espacio en casa y de tiempo y oportunidad para ir a mirar vacas, internet pone al alcance de quien sienta curiosidad vídeos que muestran a las vacas actuando como personas. Son piezas visuales con cientos de miles de visitantes. Es posible que muchas de estas personas no se paren a pensar por qué las vacas se divierten y por qué lloran, y por qué las cosas ni sienten ni padecen.

Vacas se divierten con balas de heno
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