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Había escuchado que no duraría mucho más. Había escuchado eso y muchas otras cosas. En realidad no estaba muy seguro, quizá había sido producto de su imaginación. Quizá todo eso era producto de su imaginación. Respiró una vez más. O por lo menos fingió que podía respirar. Simplemente esperó que eso se moviera y llenara de aire sus pulmones.

No podía ver. Hacía ya un tiempo que sus ojos estaban cerrados. Distinguía luz y oscuridad de vez en cuando, pero trataba de no concentrarse en eso porque era bastante triste. Ponía más atención en la armonía de latidos que al menos lo hacía sentir un poco vivo.

Ya estaba cansado de que voces conocidas le dijeran cosas que jamás le habían dicho. Hipócritas. No les creía. Hubiera preferido que lo odiaran en voz alta a que le escupieran esas palabras vacías disfrazadas de lástima.

Generalmente sentía que la armonía de latidos era un alivio, un chubasco de abril que refresca el aire y las ganas de vivir. Sin embargo, durante estos últimos días no había sido así, había sido como un calor de enero que inspira estar enterrado tres metros bajo tierra hasta la llegada del invierno.

Pensó en cerrar los ojos, pero ya estaban cerrados. La armonía se convirtió de repente en una estridencia, en miles de caballos galopando a destiempo; luego en un mar justo antes de la tormenta; luego en una línea recta.

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