El semáforo de via Monzambano
Otra historia inventada, que podría ser verdad. Esta vez en Italia.
Como cada noche empieza por encender todas lámparas que dan ese toque cálido al restaurante. Después, enciende su viejo discman (Antes no lo habría encontrado a la primera). Busca y reproduce la pista 9 — Valse Lamoryante.
Coloca los manteles, endereza las flores secas, aparta las sillas a su paso y se prepara para montar las mesas mientras se ata el delantal. Algo ha cambiado, esta vez no agita los cubiertos al sacarlos de los cajones.
6 Horas antes.
Carlo está parado frente al espejo. Iba a afeitarse pero parece que finalmente no lo hará. El baño huele a vainilla y el vapor de la ducha ha empapado su móvil. No hay llamadas perdidas.
Sale directo al armario. Como todos los viernes, camisa blanca y traje gris marengo, sin corbata. Hoy es día de business casual. Empieza por el lado derecho, y recorre toda su cintura hasta que la camisa queda metida por completo. No demasiado tensa, pero suficientemente estirada. Mirada al espejo.
Ella no está, y el no se sorprende. Lo pasaban bien juntos, pero viven a velocidades diferentes. Lya compra CD’s de oferta mientras Carlo reproduce su música en streaming.
El no deja de pensar en cuantas pecas rodeaban sus ojos. En cuantos colores reflejaban sus labios. En el dibujo que los lunares de su espalda dejaban intuir. Su olor a vainilla.
Ella recuerda perfectamente el tacto de sus manos. Su voz, suave por la noche y enérgica durante el día. Su manera de colocarse la camisa y de mirarse al espejo cada mañana.
Todo habría sido fantástico de no ser por aquel beso con Marie en el semáforo de via Monzambano.