Vulnerable

Conforme han pasado los años, me he dado cuenta de que hemos construido una cultura “ideal”.

Materialismo, apariencias y vanidad. Idolatramos a los millonarios, a los famosos, les llamamos “leyendas”, a los grandes talentosos, admiramos sus triunfos, y, sin ver su esfuerzo ni trabajo que han puesto detrás, nos apresuramos a destruirlos en el momento que se equivocan, como si nosotros fuésemos perfectos, nos dedicamos a juzgarlos, desde nuestra propia mediocridad.

Veo que nos afanamos por tener cosas, nos define nuestro trabajo, nuestra educación, y nos obsesionamos con tener la razón, sin importar la manera, quiero descalificar a los demás, ojalá queden en ridículo.

En lo secreto, luchamos con esto, como sociedad y/o como personas. Los actos de caridad se vuelven parte de esta ilusión, y es una pieza necesaria para que los demás vean lo bueno que soy; extrañamente convertimos un acto de bondad en egoísmo puro para tener un contrapeso moral para juzgar, mentir y engañar.

Ya no nos detenemos a conversar, estamos atrapados en el celular, en Netflix, en la computadora. Ensimismados, buscando siempre lucir bien. Dudamos de todos porque dudamos de nosotros mismos, buscamos complacer a todos sin amarnos primero, sin apreciar a la familia y defraudando amigos en el camino. No podemos pedir perdón, ni buscar un lugar de descanso, sino que pensamos en lo que sigue, en comparaciones, como si fuera una competencia el ser más rico, el que tiene más sellos en su pasaporte, quien tiene la figura con más likes o retweets, ser relevante se ha vuelto una cirugía plástica, una fachada social para aparentar.

No tenemos paciencia, ni tolerancia, no puedo aceptar que alguien sea diferente, o tenga fe en Dios, o fe en la ciencia, y lo último que pensamos en la noche, es en el “mañana”, en lo que nos falta, ansiosos y preocupados, y en el mejor de los casos, lo que nos deja dormir son unas pastillas, un trago o un cigarro.

Todo esto lo escribo porque lo vivo todos los días, es mi lucha interna olvidarme de estas cosas, y concentrarme en amar lo que se me ha dado, mucho o poco, y aprender de mis errores. A veces lo logro, a veces no, pero la idea es nunca dejar de luchar.

Una guerra interna que se apacigua cuando abrazo a mis amigos, a mi esposa, a mi madre. Cuando veo a mi sobrina jugar, cuando doy gracias por las bendiciones que tengo, por la salud, por un país de paz.

La libertad y el amor son la mejor medicina, pues traen esperanza y paz.

El valor de luchar por nuestros sueños se hace más grande cuando ayudamos a los demás a cumplir los suyos, desde lo secreto, ojalá que ni se den cuenta, darles un empujón cuando están solos, con una sonrisa. De repente te das cuenta de que el empujón te lo diste vos, y te acercaste a tu meta.

El reto más grande de mi vida ha sido ser vulnerable, derribar las paredes de apariencia y vanidad en mi mente y corazón, aún lo es. Se que todo esto es difícil, enfrentar nuestros miedos, luchar por las cosas que uno teme o cree imposibles de superar, y dejar atrás el pasado es algo en extremo difícil, pero la recompensa es inmensamente mayor a vivir en temor, decorando una prisión para engañarnos y creer que somos libres.

No nos engañemos más, seamos libres, vulnerables, dejémonos amar, y empecemos por nosotros mismos, que ya hay demasiado odio en nuestra sociedad como para ser uno más del montón.

Tal vez no voy a cambiar el mundo, pero si “mi mundo”, y al menos eso afectara a quienes me rodean, a quienes amo, ¿no es esto suficiente?.

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