Arriba

El viento frío le secaba las lágrimas. Lagrimas que no tenían un solo motivo. Lágrimas que tenían tantos motivos que se habían convertido en una masa oscura e insoportable. Y así como se secaban, otras llegaban a su cara a reemplazarlas.

– ¿Cómo hago para dejar de sentir esto?

Se preguntaba mientras se balanceaba. Mientras se aferraba. Varias imágenes se le habían cruzado por la cabeza en ese momento. Ninguna de ellas en movimiento. Todas eran fotos, hasta que una empezó a moverse. Por un momento la atención que le reclamaba esa película mental le trajo algo de calma. Y mientras se hundía en su mente desapareció por un momento de esa noche. Empezó a reconocer la escena. Se halló jugando en el piso con autitos. Reconoció su pijama con payasos. Recordó lo que odiaba ese pijama. Se encontró en la paz de su niñez. En la inocencia. Por un segundo volvió al balcón y vio una lagrima caer en el abismo. Volvió a la película. Recordó como jugaba con los autitos en la paz de esa casa que parecía ser enorme. Como en ese momento vio esa mano desplomarse por el costado de la cama. Ese sentimiento de ver por primera vez un ser humano inanimado. Recordó a su tío desesperado tratando de reanimar a su abuela. Recordó el momento en que su tío vió el frasquito de plástico vacío y como inmediatamente la cargó para llevársela. Recordó lo bien que se llevaba con su abuela. Que era la única que le hablaba como si fuera una persona y no un nene que no entiende nada. Recordó tener charlas serias sin haber llegado a cumplir los ocho. Recordó lo que tardó en entender lo que había pasado ese día. Años. Recordó todo el tiempo que no la pudo ver porque su mamá no lo llevó más a verla. Recordó el día que la volvió a ver después de muchos años y volvieron a ser compinches otra vez y como nunca volvió a verla sonreir. Recordó el día que se escapó un fin de semana a su casa buscando refugió de una pelea con su papá. Esa noche que le dijo “Querelo, porque un día no lo vas a tener y te vas a arrepentir”. Recordó la extensa charla que tuvieron ese día y como le retumbó la frase “Algún día lo vas a entender”. Quizás porque ya empezaba a entender algunas cosas y sabía que eventualmente iba a tener razón.

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