la guerra de todos los días

5:37 am. me tapa la oscuridad pero igual, por las dudas, abro los ojos con la lentitud que usamos para desplegar la servilleta que mantiene cautivo el cadáver de un insecto. sigue ahí, diminuto y agobiante: el insecto y el día que arrancó sin mí. del otro lado de mi trinchera soñada y la barricada de cojines que me esconden del inspector de soledad, las obligaciones apremian. me asombra lo importantes que nos podemos sentir con solo llenar el día de encuentros y pactos y transacciones frías con otros que son parte del mismo engaño. todos los días, todo el día.

salgo porque tengo que salir, no porque quiera: la ciudad es un crucero tres estrellas del que no te podés bajar. hay de todo y todo se puede ir a la mierda en un segundo. me sentiría más cómoda si fuera como un avión, donde igual se puede ir todo a pique pero por lo menos está la ilusión de liviandad.

me preparo, me vendo las manos y tapo las uñas carcomidas para que no se me noten los nervios, para que mis defectos no hagan chillar el radar. me pongo el traje de superhéroe sin poderes pero con recursos: una armadura de ficciones necesarias para sobrevivir. impuestos y muerte, dicen los gringos, son los dos enemigos confirmados en el fixture, pero acá abajo sabemos que hay muchos más.

lo que te protege no te fortalece, no te equivoques, repito mientras trato de contraer cada músculo de mi cuerpo peso pluma pero no tan pluma como me gustaría, reconociendo en un solo movimiento las falencias de mis dos trajes.

¿a quién le voy a tirar mi primera granada? por lo pronto, a ningún hombre – suelen tener mejores armas, más presupuesto cerebral y menos neurosis. el macho alfa te coge o te mata, pero no te chicanea, no pierde el tiempo. y el macho beta no merece mi energía. a por las chicas, entonces. ¿por dónde empiezo? ¿por las que te miran mal, roban novios, copian ropa, mastican chicle haciendo ruido, chatean compulsivamente en el transporte público, te rozan con su pelo largo y no tan limpio, caminan desfilando y arrastran estelas de perfume imponiendo su elección en la atmósfera compartida? ¿o por las que se desarman para mostrarse como uno más, relajadas y libres de pecado y de traumas, esas que te hacen quedar en offside en el minuto en el que decís hola y sin posibilidad de remontar? también podría eliminar a las que no tienen códigos y llevan un vademécum de excusas en el bolso, o las que se regodean en su tristeza, o las que nunca se muestran afectadas, o las que hacen todo bien o las que hacen todo mal. podría empezar por las que se parecen a mí o por las que parecen de otro planeta.

podría crear una bomba atómica de ira precoz y juicios en baja definición y hacer que todas desaparezcan en un segundo. podría morirme con ellas. podría morirme sola, ya, y acabar con esto. pero la guerra está en otra parte.

la verdadera lucha –la que importa – va por adentro, se infiltra, ataca en silencio. todos los días, todo el día. no te confundas, no te distraigas, no antagonices los espejos. me quito la armadura y no queda nada y no distingo si estoy en la calle o en mi cama porque la oscuridad ganó una vez más. el conflicto es con ella.

declararle la guerra a la oscuridad es, paradójicamente, el principio de la paz. lo que nadie admite pero todos perciben con timidez después de una determinada cantidad de días sin lavarse el pelo o de insultos cobardes en alguna red social o de saludos entregados sin ganas ni sonrisas ni cortesía, es que hay cierta comodidad en las tinieblas. es mucho más fácil estar enojado, es mucho más barato el odio que el amor, es menos exclusivo, menos exigente; no paraliza, al menos no visiblemente. el desafío está en no enojarse, en estar triste con altura, en perdonar más, en preguntar más y catalogar menos, en buscar el traje que te haga menos impermeable. le declaro la guerra al miedo, a la angustia poco revisada, a los perdones que escatimé y a las reivindicaciones que retuve. lo que te protege no te fortalece, repito, y me entrego al piso, frágil y lista para pelear.

“hay un momento de la vida en el que te convertís en un ninja que ya no odia”, me dijeron. cuando termine la última batalla, espero que ese sea mi premio. y que me queden días para disfrutarlo.

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